ESPECTáCULOS › ENTREVISTA A LEONARDO SBARAGLIA, AHORA EN “LA PUTA Y LA BALLENA”, LA PELICULA DE LUIS PUENZO

“El cine de bajo presupuesto es políticamente correcto”

El actor argentino no para de filmar en España, pero repiensa dónde y cómo continuar su carrera. Sobre la película que lo trajo esta vez, La puta y la ballena, dice que valora el método de trabajo de Puenzo y que desea que le vaya bien, pero que “películas más modestas a veces son más apoyadas”.

 Por Mariano Blejman

Dice que quiere volver a vivir en la Argentina. Acaba de mudarse a un departamento, intentando hacer base en el país que tuvo que dejar allá por el 2000, cuando las ofertas en el extranjero lo invitaron a buscar otro horizonte. Leonardo Sbaraglia, uno de los protagonistas de La puta y la ballena, de Luis Puenzo, todavía se debate sobre el lugar en el que quiere seguir desarrollando su carrera. “Ahora puedo trabajar en cualquier lado”, dice en la entrevista con Página/12. No ha sido fácil: durante tres años no pudo volver a la Argentina y es la tercera vez que intentaba un proyecto junto a Puenzo, ganador del Oscar con La historia oficial. Envuelto en su personaje –un fotógrafo de los años ‘30, enamorado de una prostituta que lo acompaña en un viaje al sur–, Sbaraglia se envuelve también en los olores de Buenos Aires, junto a las españolas Aitana Sánchez-Gijón, Mercé Llorens, Miguel Angel Solá y Belén Blanco. Pero Sbaraglia sabe que volver al país implica volver a no poder tomar un café “por ahí”, sin ser reconocido.
–¿Cuándo supo que no podía tomar un café sin ser reconocido?
–Empezó con La noche de los lápices, la primera película que hice con Héctor Olivera. Después con Clave de sol sucedió entre cierto público. Pero con Caballos salvajes fue otro paso, ingresé a otro nivel de reconocimiento. Allí empecé a sentir que cuando me sentaba en un bar todo el mundo me miraba raro.
–¿Y cómo se lleva con su popularidad?
–Creo que por un lado está la cosa de ser famoso... porque en esta profesión hay muchas clases de actuación, y hay muchos tipos de gente famosa. Un corredor de coches, un político, pueden estar o no en el jet set, como dice Gustavo Cerati. Una cosa es la profesión, otra es ser famoso. A mí me interesa esta profesión, este oficio. No es que padezca la fama, sé que para promocionar una película tengo que hacer entrevistas. Pero hay muchas cosas sobre las cuales no reflexionaría si no fuese por un periodista: “¿Cuándo se fue?”, “¿cuándo empezó?”, “¿cómo ve su carrera?”. Los medios, como una cosa inercial, necesitan poner títulos. En un estrato, en un lugar, “el actor que tal”, “el tipo que pum”. Pero eso inevitablemente es un acto de ficción que no tiene que ver con uno.
–¿Le parece insoportable o le divierte?
–En ese sentido trato de no creerme este personaje, de no perderme lo que soy, lo que pienso. Y no quedar preso.
–¿Cree que la gente se desdibuja en los medios?
–Me pasa con otra gente que veo frente a los medios. Hay algo de la esencia o la personalidad, algo intrínseco que se ve descontextualizado. Cuando volvés a mirar de cerca a una persona, ves que era más normal de lo que parecía. Me pasa mucho en España ahora que conocí actores en la intimidad. Los veo haciendo una entrevista... porque uno está haciendo una foto y el fotógrafo dice “sonreí”, entonces uno se ríe o intenta. O dicen “saltá” o “mirame con cara de tal cosa”, eso establece un acto de ficción, de un personaje. Pero es así, lo tengo asumido. Yo siento que no hay tanta distancia entre ese personaje y lo que soy.
–¿Por qué cree que en todas las sociedades se sacraliza a “los famosos”?
–La verdad que no tengo mucha idea, pero siento que hay una necesidad de identificación con algo, con modelos. Y parece que hay gente que reúne las condiciones expresivas, que se ponen en ese lugar arquetípico de modelo. Y cuando digo no quedar preso de esa imagen es que uno tiene que empezar a cagarse en eso. Porque no se puede estar pendiente de las millones de opiniones sobre uno. En determinado momento se empieza a asumir que hay gente a quien le gusta y gente que no. Pero la referencia tiene que ser uno. El entorno es importante, en ese entorno uno se protege, pero no se puede tener un eco sobre lo que piensan todos. Porque uno termina con el rol que los demás quieren que uno tenga. Eso les pasa a los políticos. Si lo miran a George Bush, van a ver que está muerto por dentro. La mirada es su rol, él dejó de ser persona. No se sabe qué piensa. Está manejado por intereses, en este caso, nefastos, pero los cumple. Los políticos se montan sobre esas expectativas...
–...y dejan de ser ellos.
–Pasan a ser roles, el peligro es que se deshumanizan.
–Bueno, al fin pudo filmar con Luis Puenzo...
–Era una relación interrupta. Habíamos intentado filmar dos veces. Me gustó mucho trabajar con él en La puta y la ballena porque después de 11 años de filmar, cuando lo hizo, no aflojó nunca. Mientras Puenzo filma no suelta nunca su objetivo, su necesidad, su deseo de contar lo que quiere contar. Confía mucho en eso. Está filmando una película con la misma libertad con que alguien puede filmar un corto. A pesar de ser una producción grande, con un guión complejo, él se toma su tiempo. Muchas veces hacía algo durante varios días, pero, ¿qué es mejor, hacerla en un día o en el tiempo que se necesite? El se jugó a fondo.
–De hecho, hipotecó su casa cuando hizo La historia oficial.
–Espero que vaya bien con el film... como decía uno de los productores, si no va bien no importa, la película ya está. No sé si en la Argentina, pero va a tener un buen recorrido a pesar de no reunir las condiciones de cine independiente que son las más políticamente correctas para la prensa en general. Opino que las películas son buenas o malas, hay algunas independientes pésimas y otras de buena producción también pésimas.
–¿Hay un preconcepto sobre le cine industrial, dice?
–Creo que hay una intención de que es políticamente correcta una película de bajo presupuesto: tiene más garantías de gustar y de ser apoyada. Pero hay buenas y malas películas: La ciénaga, de Lucrecia Martel, es una de las mejores de los últimos años. Las de Caetano, las de Trapero, son excelentes. Pero también hay otros directores que están haciendo buenas cosas que por suerte tienen más presupuesto. Esta película tiene 3 millones de dólares, tal vez alguien se enoja por eso.
–¿Cree que los directores más experimentados ven el cine de otro modo?
–Seguramente es diferente. No sé si podría hacer un factor común entre Mignogna, Puenzo, Aristarain... Me parece que en los últimos años surgieron nuevos directores con una cámara muy viva, muy libre. Con otros temas, porque también son tiempos distintos. Una cosa son los tiempos post-dictadura y éste es un momento diferente.
–Cambia el país, cambian las miradas...
–Hay cada vez más elementos para leer la realidad. No sólo en el cine: lo que hizo Adrián Caetano con Tumberos tenía una calidad impresionante. Con la libertad que hizo ese programa, me saco el sombrero. Vi menos Los Simuladores, que también era de un director de cine. No me gusta hacer comparaciones entre directores, hay mucha gente filmando. En Estados Unidos no van a comparar a Coppola con Anderson. El Padrino es una de las mejores películas de todos los tiempos.
–¿Y a dónde va Puenzo con La puta y la ballena?
–No tengo idea. Es una película rara, con un lenguaje muy ambicioso, muy simbólico. Tiene dos tiempos y dos relatos distintos, uno del pasado, donde interpreto al fotógrafo que viaja a la Patagonia en busca de unas fotos, y otro del presente, protagonizado por Aitana. Incluso desde la actuación, hay cosas más exacerbadas, más exageradas en el pasado.
–¿A qué se refiere?
–Varios de sus personajes son máscaras, mi personaje está exacerbado en la sonrisa. Luis me pedía que pusiera “la máscara”. Estaba buscando la película muda. En Miguel Angel Solá y en Belén Blanco hay algo de eso. Eso está adrede: en los momentos grotescos, se cruzan los dos tiempos, esas caras guasónicas están buscadas. El personaje de Aitana es más realista, está apoyado en la solidez de su trabajo.
–A veces para justificar las co-producciones con España, los directores hacen firuletes con los guiones...
–En este caso fue al revés. En el caso de otras cosas, como Nowhere, no se entiende bien cuál es la intención. Pero en el caso de Novecento es una gran megacoproducción de no se cuántos países, y uno agradece una película con Robert De Niro, Gérard Depardieu, Donald Sutherland, Dominique Chandal, el dream team de Bertolucci. En ésta es al revés, acá Luis siempre pensó en dos españolas y él encontró el equilibrio.
–Hay una vuelta al lenguaje metafísico.
–Luis tiene un gran dominio técnico. Tiene muchísima experiencia expresiva y se propone algo superambicioso. Está aspirando a hablar de un lugar del alma muy subjetivo. Quiere hablar del proceso evolutivo. Le gusta la palabra sanación. Pero cómo fue que Luis se entusiasmó con esto, no tengo idea. Supongo que en algún lugar estará hablando de él.

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