ESPECTáCULOS › “REENCARNACION”, CON NICOLE KIDMAN

La trasmigración del alma como un desafío a la razón

El segundo largo de Jonathan Glazer, una superestrella del cine publicitario, se interna en la frontera que divide a la realidad de lo sobrenatural y se apoya en un gran trabajo de Nicole Kidman.

“Soy un hombre de ciencia, no creo en esas supersticiones”, dice la voz en off de un hombre, refiriéndose a la posibilidad de la reencarnación, en la primera escena del segundo largometraje del director británico Jonathan Glazer. A partir de allí, toda la película se dedicará no tanto a contradecir esa afirmación sino, en todo caso, a poner en tensión esos dos elementos antagónicos: la lucha entre la razón y lo sobrenatural, entre la realidad empírica y la probabilidad de la trasmigración del alma.
Han pasado diez años desde que Anna (Nicole Kidman) perdió al gran amor de su vida y quedó viuda. Después de ese largo duelo está a punto de volver a casarse, sin demasiado entusiasmo, cuando de pronto, en una reunión familiar, en el amplio y lujoso dúplex de Manhattan en el que Anna y los suyos se aíslan del mundanal ruido, se introduce subrepticiamente un niño de diez años y le dice, muy seriamente: “Soy Sean, tu marido, no vuelvas a casarte”. Primero, reina la sorpresa, luego el desconcierto y la incredulidad. ¿Quién es ese chico? ¿De dónde salió?
Nadie se lo toma demasiado en serio. La madre de Anna (Lauren Bacall), con un gesto de desdén patricio, le ofrece una porción de torta, con la que cree poder sacárselo rápidamente de encima, como si fuera un mendigo. El prometido (Danny Huston), en un esfuerzo de buenas maneras, trata de contener su desagrado e intenta que los padres de Sean (Cameron Bright) lo aparten de su futura esposa. Pero Sean, con una obstinación que trasciende la posibilidad de un perverso juego infantil, sigue insistiendo que no es ese niño –a la vez común y siniestro– que expresa su cuerpo sino el adulto que supo compartir la vida de Anna y que ahora vuelve de la muerte, a reclamarla.
¿Y si fuera verdad? A pesar de lo que le dictan la razón y el sentido común, Anna comienza a tambalear. Ese chico sabe cosas de su intimidad que no debería saber si no fuera el auténtico Sean. Un magnífico plano secuencia, tres interminables minutos con la cámara posada solamente en el rostro de Anna, abstraída en sus pensamientos en medio de un concierto sinfónico (Wagner, nada menos), deja ver no sólo cómo el personaje pasa de la duda a la turbación y finalmente a la certeza, sino también la enorme calidad de actriz de Nicole Kidman, nunca del todo reconocida, o quizás opacada detrás de su gélida belleza.
La astucia inicial del guión, escrito por el propio Glazer, en colaboración con Milo Addica y el francés Jean-Claude Carrière (legendario colaborador de Luis Buñuel), radica en que esa convicción que va ganando el corazón de Anna no necesariamente se corresponde con la percepción que tiene su entorno, que sigue pensando en la posibilidad de una impostura. Al fin y al cabo, Anna es más frágil de lo que ella misma cree y quizá nunca elaboró aquel duelo y está dispuesta a creer en lo imposible. Esa ambigüedad esencial que maneja el film tiene algunos momentos de bravura. Uno es cuando el niño Sean se desnuda y se mete en la tina en la que Anna se está bañando, estableciendo una relación de miradas que puede ser tanto la de una pareja de amantes como la de una madre con su hijo. La otra, cuando el prometido de Anna, en una elegante reunión social, rompe de pronto el protocolo y ataca salvajemente a Sean como si fuera un adulto, arrasando todo a su paso, incluido un piano de cola, en un ataque de ira muy buñueliano.
De la misma manera en que conviven en Reencarnación influencias varias, a veces demasiado pesadas y contradictorias –la frialdad clínica de la puesta en escena parece calcada de las de Stanley Kubrick; el pelo al ras de Kidman sugiere el de la Falconetti en La pasión de Juana de Arco, como si la certeza de Anna fuera una cuestión de fe–, el guión también parece contradecirse a sí mismo. Hacia el final, la película de Glazer (una superestrella del cine publicitario y los videoclips, que tanto aquí como en su ópera prima Sexy Beast hace todo lo posible por evitar los tics formales de ese origen) toma varios caminos simultáneos y no se decide por ninguno, como si los tres guionistas se hubieran peleado entre sí. Hay una culminación en la que triunfa la razón, otra de inspiración romántica y una tercera (la peor) que es de manual, un típico recurso de guión que da la impresión de haber sido pensado para aclarar las cosas y que lo único que logra es confundirlas.

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A Kidman se le aparece un niño que dice ser su marido muerto.
 
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