ESPECTáCULOS › “LA MARCA DE LA BESTIA”, DE LA DUPLA WES
CRAVEN/KEVIN WILLIAMSON, EXPERTA EN TERROR

Un hombre lobo de colmillos poco afilados

Por M. P.

“¿Qué es lo que huele tan bien?”, pregunta en voz alta Ellie apenas entra a su oficina. Recién llegada a su trabajo como productora de un programa de televisión, un compañero acaba de elogiar su decisión de llevar el pelo suelto, pero ella apenas si lo escucha. Trastornada por su olfato, el aroma de un manjar exquisito parece llamarla desde el final del pasillo. Hacia ahí va Ellie, caminando lentamente, olisqueando al aire, como un animal al acecho. Así llega hasta la cocina, a la que se asoma triunfal al ver a una de sus compañeras agazapada al lado de la pileta. Pero cuando ella se da vuelta, se da cuenta de que el aroma que la atrajo hasta ahí desde tan lejos... ¡es el olor de la sangre! “No es nada”, dice su compañera mientras se saca el algodón con el que tapa su nariz. Y agrega, al ver la cara de susto de Ellie: “Enseguida se me pasa”. Pero lo que la asusta a Ellie es recordar lo que le dijo su hermano antes de salir de su casa para el trabajo, que la bestia que los atacó a ambos la noche anterior podría haber sido un hombre lobo. Y que los dos están en proceso de convertirse en una bestia similar, con seducción animal, alergia a la plata... y necesidad de sangre.
Con tres largos años de desarrollo, y toda clase de problemas de producción, La marca de la bestia no deja de ser la película que vuelve a reunir al director y al guionista de Scream, Wes Craven y Kevin Williamson, respectivamente. Claro que, con tantas idas y vueltas, ambos se han terminado distanciando del producto final, con el que intentaban retomar el mito del hombre lobo dentro del mundo contemporáneo (y adolescente) que habían creado en su película anterior. Y, al mismo tiempo, dejar de lado la pátina de ironía autoconsciente en la que habían envuelto el género, e intentar volverse a tomarse en serio eso de asustarse viendo una de terror. Pero todos sus intentos han quedado a mitad de camino, siendo difícil de saber a esta altura si por errores propios o de quienes decidieron reeditar la película y guardarla hasta encontrar el momento de estrenarla sin que nadie se diese demasiado cuenta, al menos en los Estados Unidos (se exhibió allá sin privadas para prensa, algo dedicado sólo a las películas condenadas al fracaso según la industria).
Más allá de los pergaminos tanto de Craven como de Williamson, La marca... es una película que funciona mejor cuando se centra en lo cotidiano de sus principales protagonistas, pero que termina trastabillando cuando pretende burlarse de Hollywood y del mundo de apariencias que los rodea. Con Christina Ricci encarnando a una Ellie que no se sabe hasta último momento –como señaló acertadamente un crítico estadounidense– si va a comer o a ser comida, y un Jesse Eisemberg haciendo casi del mismo adolescente inseguro que interpretó en Cosas de hombres (que toda mujer quiere saber), su historia comienza cuando esta pareja de huérfanos atropella con su auto a un extraño animal. A partir de allí, la vida cambiará para ambos. Especialmente para Jimmy, que de ser un tímido recalcitrante y raquítico pasará a anotarse para combatir en un torneo de lucha libre. Si el mejor Williamson demostró tener un gran talento para observar la vida escolar (tanto en Scream como en ese tesoro oculto generacional llamado Aulas peligrosas), ese capítulo en La marca... apenas se destaca a la hora de darle una literal vuelta de tuerca a la homosexualidad reprimida de los matones de secundario. Pero las bromas de ironía autoconsciente no funcionan jamás (“Con un hombre lobo no existe el sexo seguro”, dirá una de las víctimas devenida en asesina), y los risibles efectos especiales hacen que el hombre lobo en realidad se parezca a El Grinch. Lo que realmente funciona en La marca..., y lo que ayuda a que su devenir sea soportable, son las vicisitudes de la transformación de Ellie y Jimmy, y finalmente parece como si la industria les hubiese tirado encima a los autores de la película justamente esa ironía de la que querían despegarse para poder seguir asustando.

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