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Asamblea y plano corto

Una reflexión sobre el uso del plano corto en las transmisiones televisivas.

 Por Mariana Moyano *

¡Uy, nena! ¡Qué despiole eso! ¿Vos estás bien?–fue lo primero que me dijo una amiga y compañera especializada en trabajar en y con los medios cuando la llamé desde el Colegio Nacional de Buenos Aires el viernes 17 mientras transcurría la Asamblea Universitaria.

–Sí, claro... Pero... ¿Por qué me decís...? Ya sé. ¡Apagá la tele y escuchame que te cuento!

Le respondí cuando entendí que estaba en su oficina con la televisión encendida y había sido víctima del plano corto, al que tan cotidianamente la Argentina asistió como nunca en su historia mediática durante el conflicto por la 125.

Unos 15 minutos antes del llamado, los estudiantes que estaban fuera del Colegio habían intentado mover la valla que les impedía ingresar y todos los cronistas que estaban cubriendo el desarrollo de la Asamblea corrieron escaleras abajo para registrar la batalla campal que –intuyeron– estaba a punto de iniciarse. La imagen no era agradable: uniformados de la Federal con chaleco naranja, los de uniforme completamente negro que cargan además casco y escudo, vallas y militantes de agrupaciones estudiantiles. Pero una cosa era lamentar que la UBA tuviera que discutir a puertas cerradas y otra bien distinta suponer que aquello se parecía en algo a un escenario de caos.

Minutos después y mientras contaba este episodio tan de época que hace que incluso los menos inocentes caigan en la trampa de la edición, una periodista de un medio gráfico se acercó y el relato le empezó a salir a borbotones: “Callate que me acaba de pasar lo mismo. Llamé a la redacción para contar cómo venía todo y mi editor me dice: ‘Sí, ya vi todo, hacemos una nota con lo que resuelvan, otra con el enfrentamiento con la policía... ¿Sabés si van a suspender la Asamblea?’ ‘Pero si acá está todo bien’, le contesté. ‘Estoy viendo la tele’, me dijo él. ‘Por eso te digo. Yo estoy acá y te digo que está todo bien... ¡no lo podía creer!”. La periodista no daba crédito, pero por las dudas por la tarde les pregunté a mis alumnos qué información tenían sobre lo que había pasado con el debate del estatuto universitario y los que algo sabían hicieron mención a las vallas, a los militantes y a la policía. Recorte, edición y plano corto mediante, una discusión de 9 horas y el debate sobre más de 80 artículos había quedado reducido a eso.

Nada de esto es nuevo, pero no por carecer de novedad deja de ser crudo, incluso cruel: la política parece no tener manera de sortear la construcción. Como si se tratara de la imagen que Linda Hamilton imagina en Terminator II, todo parece haber sido arrasado por un escenario mediático ante el cual quedamos a la intemperie.

El enorme Nicolás Casullo dejó escritas enormes páginas y reflexiones y en el también enorme Las cuestiones dice (sí, dice. No se habla en pasado del Casullo autor que deja un libro que está más vivo que cuando se publicó): “El mercado global mass mediático va instalando la idea de que su lógica no contiene derechas ni izquierdas, ni contenido sustancial (...) La prédica política nace en el factor ser: repetición, acumulación, ‘continuará’, lenguaje de cámaras rectoras, primeros planos, construcción cotidiana de una nota que admite ‘toda’ deriva, cualquier enunciación, cualquier exabrupto, cualquier referencia impactante, muchas vueltas de tuerca siempre sobre lo mismo: armado y edición”.

¿Cómo le pelea la política al recorte televisivo? ¿Cómo se hace para dar cuenta del siempre existente fuera de campo que –las más de las veces– da cuenta de lo importante/verdadero que está ocurriendo en esa escena?

Hay líneas de continuidad en la operatoria mediática y de eso no sólo se dan cuenta los que piensan en permanente código de conspiración y los paranoicos que –bien por ellos– andan a la defensiva de la edición. A veces las cosas son lo que parecen y están ahí, como la carta a la vista de todos de Edgar Allan Poe. Ese recorte es parte de la lógica mediática: ninguna cámara podría tomar “la totalidad”. Pero estas líneas no intentan declararles la guerra a los mecanismos propios del hacer periodístico, sino que tratan de fortalecer un poco la pregunta por lo invisibilizado. En eso que no se ve, no se dice, no se oye ¿qué está pasando? ¿Hay algo más allá?

En mayo de este año se escribió que “La amplitud y riqueza de la comunicación está garantizada solamente por la debida rendición de cuentas del Ejecutivo sobre las cuestiones de interés público, y no, a la inversa, por el control de Estado sobre lo que se publica o lo que se dice en los canales y en las radios” (las bastardillas son mías). Si bien esta noción puede no ser más que un alarde de liberalismo, este párrafo me vino ese viernes cuando me pregunté ¿y quién cuida a mi amiga para que no se preocupe por mi integridad física cuando está viendo la televisión? ¿Quién le rinde cuentas a ella?

Susana Murillo es una profesora universitaria y ella conspira. Me gusta por eso. Se lo he dicho y se ríe cómplice por causar esa sensación. En su tesis de doctorado ella explica algo que puede ser una casualidad, pero los conspiradores ven relaciones íntimas donde las hay y donde no también. Conspiremos, pues. En su libro, Murillo explica que uno de los documentos del Banco Mundial habla de la “estrategia de rendición de cuentas” cuya puesta en acción plantea que los medios cumplen un rol fundamental en la construcción de una sociedad civil que audite a “los políticos” desde la participación atomizada y concebida para un reclamo específico. Nada de partidos, de organizaciones ni de militancia. Que ni se nos vaya a ocurrir.

Edurne Uriarte, en la revista Leviatán, de Madrid, escribió: “Los conceptos clásicos de independencia respecto del control del gobierno o de los monopolios ya no nos permiten comprender la acción de los medios de comunicación, que de ser víctimas de la ferocidad del poder político han pasado a ser un actor importante que más bien está en posición de conseguir que la víctima sea el poder político”.

De algo de eso se queja Evo Morales. Hugo Chávez anduvo esgrimiendo por todos lados argumentos similares cuando en 2002 fue víctima del golpe de Estado. Juan Gelman dio cuenta hace poco en Página/12 de cómo los medios silencian las voces que sospechan de las versiones oficiales sobre lo ocurrido el 11 de septiembre de 2001. Rafael Correa asiente con la cabeza cuando en alguna cumbre de presidentes un colega suyo cuestiona el accionar de algunos medios. Y mi amiga, mi pobre amiga que temió por mí este 17 de octubre, se quedó preocupada. Ella, por supuesto, no está en condiciones de decir que los medios intentaron desestabilizarla. Pero se quedó pensando en lo que son capaces de hacer algunas imágenes con su cabeza. Y no es de paranoica que lo piensa. Es que conoce la memorable máxima del ex secretario de Estado de los Estados Unidos Edward Barret, que afirmó que “en la contienda por ganar las mentes de los hombres una hábil e importante campaña es tan indispensable como una fuerza aérea”.

* Docente de la carrera de Ciencias de la Comunicación (UBA).

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