PSICOLOGíA › TALLERES EN LA APDH, DESDE 1996 HASTA HOY

Un mejor trabajar

El equipo de Salud Mental de la APDH hace un balance del recorrido de sus talleres para desocupados, trabajadores y “dis-trabajadores”: desde 1996 –cuando se llamaban “Capacitación para la búsqueda de trabajo”– hasta 2009, cuando se llaman “¿Resignarse con lo que hay o protagonizar una transformación?”.

 Por el Equipo de Salud Mental de la APDH *

El equipo de Salud Mental de la APDH (Asamblea Permanente por los Derechos Humanos) se dedica desde 1984 a trabajar los efectos de la “violencia simbólica” sobre la subjetividad. Al comienzo, fue sobre las consecuencias psicosociales del terrorismo de Estado al comenzar la democracia; luego sobre la violencia institucionalizada hacia los jóvenes; y, desde 1996 hasta la actualidad, estamos evaluando que el derecho al trabajo viene siendo violado sistemáticamente sin ser significado como tal.

La desesperación y la desilusión ante la caída de un Estado supuestamente protector, la ausencia de “tercero de apelación” (véase Ulloa, Fernando: “Notas para una clínica de la crueldad”, en revista Clínica y Análisis Grupal, Nº 80, 1999, Madrid), están muy presentes en las personas que concurren a los talleres que ofrece la APDH, en búsqueda de trabajo o de un mejor trabajar. Paulatinamente se dejó de esperar de ese Estado y se empezó a poner el énfasis en la acción de grupos organizados de la comunidad. Esto trajo tropiezos y desilusiones, pero también aprendizajes y la apertura de nuevos horizontes.

Ante la ausencia de trabajo y la precariedad laboral, aparece la necesidad de reclamo. Como no hay ante quién hacerlo, la comunidad empieza a organizarse para situaciones específicas. Lo que antes se le pedía al Estado se traslada a la posibilidad conjunta de construcción colectiva: organizaciones en red como asambleas barriales, comedores comunitarios, trueque, salas de primeros auxilios, cooperativas barriales, revistas de personas desocupadas, bolsas comunitarias de trabajo, etcétera. Estos modos de organización, espontáneos y puntuales, pueden ser vistos –desde una posición estereotipada– como adoleciendo de una falta de continuidad, propia de la posmodernidad. En cambio, abordados desde una mirada libre de preconceptos, pueden visualizarse como una nueva posibilidad de resolución de situaciones específicas, mediante agrupaciones espontáneas que constituyen estrategias de defensa ante la caída del Estado y la vulnerabilidad social.

Por el modo en que se han medido y se siguen midiendo los índices de desocupación, se camuflan tanto la desocupación como el trabajo en condiciones precarias (distrabajo). La sociedad fue significando como mentirosos los índices de desocupación y pobreza y la llamada canasta básica, mentira que todos conocen y que gracias a la conciencia colectiva disminuye sus efectos como “violencia simbólica”, con las consabidas consecuencias de anonadamiento y paralización. Según Pierre Bourdieu (La reproducción, Ed. Laia, Madrid, 1974), “violencia simbólica” es aquella violencia verbal que, ejercida desde el poder, tiende a producir un modo de percibir el mundo de acuerdo con los intereses de ese poder, cambiando las categorías de percepción de las personas.

En la actualidad, el capitalismo está en crisis. Ya no aparecen como confiables el Estado capitalista ni el capital internacional. No hay rincón donde resguardarse para estar a salvo. La brecha social continúa en aumento, haciendo que el pánico de pasar a quedar excluido se incremente, como efecto de esta “crisis actual de los incluidos” (“Las crisis reales y las crisis canallas”, por Sandra Russo, en Página/12, 7 de marzo de 2009). Hoy los desocupados se multiplican, así como también los “dis-trabajadores”; llamamos distrabajadores a las personas que trabajan en condiciones insuficientes y no dignas para su sostén emocional y económico, incluido el trabajo en negro (Aguiar, E., y Vinitsky, M.: “No puedo porque mi marido está sin trabajo...”, en Página/12, 17 de abril de 2008). Todas estas variables hacen que la necesidad de organizarse en una comunidad de pares se vuelva imperiosa.

Como equipo, nos pusimos a reflexionar acerca del modo en que convocamos a participar de nuestros talleres a lo largo de estos años. La primera convocatoria (1996) fue ofrecer talleres de “Capacitación para la búsqueda de trabajo”. Notamos que tanto los participantes como nosotros mismos nominábamos a quienes concurrían como “desocupados”. Muchos de ellos se presentaban diciendo “Soy desocupado”, categorizando una situación transitoria con una nominación identitaria.

Luego comenzamos a convocar a “trabajadores sin trabajo” (1999), y, más tarde, empezamos a incluir a los “distrabajadores” sin haberlos todavía conceptualizado como tales. Lo hicimos mediante las siguientes preguntas: “¿Tenés trabajo?”, “¿Estás conforme con tu trabajo?”, “¿Te sentís reconocido, valorado, bien remunerado y con posibilidades de desarrollo?” (2004).

En 2006 la convocatoria fue: “¿Es posible trabajar y disfrutar trabajando?”

Hoy estamos convocando del siguiente modo: “¿Cómo tener un mejor trabajar y buscar trabajo en esta crisis?”, “¿Resignarse con lo que hay o protagonizar una transformación?” (2009). Estos cambios dan cuenta de que, a partir de nuestro trabajo y de los aportes de los participantes, se fue produciendo una mutua transformación subjetiva.

“Soy invisible”

Los siguientes comentarios con los que llegaban los participantes en las distintas etapas de nuestros talleres testimonian esa trasformación:

En 1996: predominio de culpabilización. “¿Qué hice para quedarme sin trabajo?”, “¿Es porque perdí el tren, no me capacité, me dejé estar con el inglés y la computación?”, “¿Necesito formarme más, hacer algún curso?”, “Necesito trabajar, no me importa de qué”.

En 2001: predominio de perplejidad. “Nunca pensé que esto me podía pasar a mí”, “¿Es porque soy demasiado viejo que ya no me toman en ningún lado?”, “¿Volveré a trabajar algún día?”, “¿Y ahora qué hago, si no sé hacer otra cosa que lo que he hecho toda mi vida?”, “¿A quién recurro?”, “Denme una respuesta”.

En 2004: predominio de resignación y parálisis. “Yo creo que no vale la pena que pretenda conseguir trabajo. Vengo acá porque me manda mi mujer”, “A mi edad ya no me toma nadie”, “No soy joven, ni viejo ni nada..., ni siquiera tengo derecho a ir a la plaza como los jubilados” (Comisión de Salud Mental de APDH, “Sobre la problemática de las personas sin trabajo. De recurso humano a ser humano”, Página/12, 14 de julio de 2005), “Soy invisible para los demás, nadie me ve. ¿Será porque a nadie le intereso, porque paso pálidas? Me tratan como leproso, tienen miedo de contagiarse”, “Me consideran un discapacitado porque no hago nada: me ocupo de las cosas de la casa”.

A lo largo de estos años, hemos observado que se produjo un pasaje de la autoculpabilización a la desresponsabilización, que conduce a la inacción y a la pasividad: “Yo no tengo nada que ver, la crisis es global, nosotros no podemos hacer nada”.

El proceso de desautoculpabilización que hemos ido observando en estos últimos años está asociado a la posibilidad de llamar a las cosas por su nombre. Se habla de la situación general y de la falta de trabajo, no como excusa para la inacción, sino como un dato a partir del cual vienen para ponerse en movimiento. En este sentido, pasan de la esperanza mesiánica, mágica, de que les consigamos un trabajo, a la validación del grupotaller como coproductor. Asimismo, hemos observado un pasaje de la vivencia de desamparo a la confianza en la producción conjunta, pudiendo reconocer, validar y apropiarse de sus capacidades y recursos. “Necesito trabajar en algo que me guste”, “Arrancar de nuevo”, “El taller me sirvió para pensar”, “Se me alivió un poco todo este padecimiento”, “Me dio mucha fuerza el grupo”, “No es tan sencillo no hacer nada cuando uno quiere hacer algo”, “Pude quebrar mi inercia”.

Algunas de las predominancias mencionadas en los distintos momentos se han mantenido con diferente intensidad a lo largo de los años, hasta el presente, pero en las diferentes etapas se destacan unas más que otras.

Otro aspecto a pensar son los efectos de la desocupación sobre familias y parejas. También observamos que los estereotipos de género se han mantenido a lo largo de estos años. La violencia social que implica la desocupación y su amenaza borra las fronteras entre lo público y lo privado, con lo cual las familias y parejas pasan de la vulnerabilidad social a la labilidad vincular, trayendo situaciones de descalificaciones, agresiones y desconocimientos mutuos.

Los mandatos sociales de género sobre la significación del trabajo para el hombre y la mujer refuerzan las violencias ejercidas sobre los vínculos. Aun en las parejas cuestionadoras de tales mandatos se nota una diferencia entre el “puertas afuera de su casa” y el “puertas adentro”. Parejas que antes de la situación de desocupación o subocupación eran aparentemente críticas de los estereotipos de género, al ser conmocionadas por la violencia social vuelven a un estadio anterior del pensamiento y necesitan de certezas, verdades únicas, universales, despertadas por el temor a la amenaza de exclusión. Al quedar el marido sin trabajo, la pareja se descompensa y se produce una regresión al modelo tradicional, según el cual el varón “debe tener” el rol de proveedor. La regresión en el pensar es simultánea a la regresión al estado de reproche.

Con respecto a la búsqueda de trabajo de las mujeres, entre las participantes de los grupos aparecían mujeres de edad mediana con hijos adolescentes que dejaron sus trabajos para dedicarse a la crianza de los hijos. Hoy encuentran que no tienen un lugar en el mundo del trabajo. Entonces la vivencia es que durante esos años “no hicieron nada”, como un tiempo inutilizado laboralmente, con una sensación de blanco, de vacío, de algo no inscripto como valor durante esa etapa. Es decir, que los recursos y habilidades que pusieron en juego para hacerse cargo de la casa y de la crianza de los hijos no son capitalizados, encarnando ellas mismas lo que marca la cultura con respecto a que las tareas realizadas en el interior del hogar no son valorizadas y ni siquiera registradas como trabajo.

Así vemos que consideran que no tienen nada que poner en el curriculum porque –según lo marcado por el imaginario social y los preceptos de género– las tareas que realizaron “no son tareas” o “no tienen nada que ver” con el trabajo.

Otro cambio aparece en la diferencia entre jóvenes y viejos. Hasta ahora predominó la tendencia de que los trabajos eran ocupados por los más jóvenes, mientras los mayores quedaban afuera. Ahora esto comienza lentamente a modificarse y los viejos van reposicionándose a partir de la valoración de su formación, experiencia y estabilidad.

Asimismo, en los talleres que hacíamos a fines de los años ’90, concurrían muchos jóvenes con dificultad para conseguir sus primeros trabajos, aunque tuvieran formación de posgrado. Luego recibíamos sobre todo a personas en la mitad de la vida, fundamentalmente mujeres que habían dejado sus trabajos para dedicarse a criar a los hijos y se encontraban con que no podían volver a trabajar. También llegaban aquellos que habían sido despedidos y que ya llevaban varios años buscando trabajar.

Hoy en día llegan a nuestros talleres, sobre todo, personas insatisfechas con su trabajo, “distrabajadores” y personas subocupadas, en las que predomina como variable la precarización.

Estamos hoy en día ante un “injusto social” que nos puede fragmentar y paralizar. Es nuestra experiencia que, a partir de nuestro trabajo y el de los participantes, podemos ir produciendo una mutua transformación subjetiva, donde el grupo aparece como la herramienta privilegiada para hacer de esta crisis una posibilidad de reconstrucción de la trama social violentada.

* Aguiar, Elina (coordinadora); Gremes, Rosa; Idone, Olga; Moreno, Norma; Noriega, M. Elena; Paulotsky, Graciela; Rosario, Mariana; Satne, Martha; Sicardi, Leonel.

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Imagen: AFP
 
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