SOCIEDAD › OPINION

La expansión transnacional del Apocalipsis

 Por Julián Gorodischer

¿Vivimos un tiempo en que el relato de actualidad imita a la ficción? ¿Es por azar que las series de tevé tienden a opacar los sucesos noticiosos, contando lo mismo pero antes? “228 desaparecidos” tituló Los Angeles Times desplegando la tipografía de Lost en su doble central, acompañando con las fotos de los aludidos como si se tratara del afiche promocional de una continuación anticipada de la quinta temporada, que terminó, en los Estados Unidos, el mes pasado. No hay azar en el parecido de la noticia a la ficción para masas, que lidera rankings universales de consumo de entretenimiento y le marca el pulso narrativo a la ficción y no ficción de mayorías.

Las motivaciones de consumo son la mismas en los órdenes de la ficción y la realidad: se necesita interpretar el hecho puntual desde una perspectiva existencial, cargando las tintas (así se trate del Oceanic 815 o el Air France 447) en la Babel, que se sintetiza en el pasaje de un avión, sellando una fase de expansión transnacional de la mitología del Apocalipsis (así se manifieste como parte noticioso sobre la caída bursátil en Bloomberg TV o como programa más visto del canal National Geographic: May day, catástrofes aéreas).

La sensibilidad narrativa, en tanto relato de carácter masivo, está tan condicionada por el estatuto de las ficciones hegemónicas de nuestra época (series que ya son llamadas “futuros clásicos”) que la catástrofe de Air France imita a Lost no por un complot del universo para igualar el relato ficcional, sino por el esfuerzo en construir ficcionalmente un relato que se adecue a la estructura narrativa que le capte el pulso al imaginario colectivo de una época.

Se lee en La Nación de ayer: “Entran en colisión poderosas masas de aire de los hemisferios Norte y Sur...”. No es de viento, de huracanes de lo que se está hablando, sino de fuerzas poderosas de origen desconocido.... las poderosas masas de aire de los hemisferios...: el escenario adquiere visos monumentales; la noticia se contagia, de la ficción fantástica, el tono encendido; lo desconocido es causa de fenómenos tangibles. Mientras la evidencia se siga postergando, no decaerá el interés del relato; todo lo contrario: el enigma se exacerba, el medio ambiente se intensifica; hay margen para imaginar un desenlace de ciencia ficción (una desmaterialización conservando la vida); se alimenta el parecido con el enigma ficcional hasta habilitar la referencia a la serie de tevé en las tapas de los diarios. “Lost”, tituló Página/12.

Sigue La Nación: “Se hallaba a bordo Pedro Luis de Orléans e Bragança, cuarto en la línea sucesoria del trono imperial brasileño...”. Las ficciones le marcan, aquí también, el pulso al relato hecho de personajes fuertemente singularizados. Por eso se elige recalcar la condición de heredero del trono imperial brasileño del pobre de Pedro Luis de Orléans, aun aclarándose luego que el imperio fue abolido en 1889: hacía falta jerarquizar su linaje extemporáneo para lograr aquello que la ficción determina como privativo de un buen casting: que se represente a públicos tan diversos como universales, atemporales, con atributos excepcionales recordables que, a falta de flash backs oportunos que ilustren (aunque posiblemente, en breve, empiecen a aparecer los videos biográficos caseros del pasaje), aporten un personaje digno de la noticia mitificada. El relato de la tragedia está modelizado por la industria del entertainment; se narra todavía sin muertos, retomando otra clave hegemónica en el relato universal de las noticias contemporáneas: para narrar el acontecimiento transnacional en la era del Apocalipsis no tiene que haber sangre, ni cadáveres, así ocurra en un centro urbano como Manhattan o en el fondo del mar; las famosas bombas como fuegos artificiales de la invasión a Irak, la “censura” de una transmisión sin rojo por la llamada “responsabilidad empresarial” (en la cobertura del 11/S de la CNN) son excusas para seguir imaginando, para concebir un mundo como se narran los grandes relatos masivos del siglo: la Historia avanza y marca hitos de manera espasmódica, estentórea, repentina y limpia. Que ocurra “a lo grande” no es propiedad ni cualidad del acontecimiento; son préstamos de un modo enfático de narrar.

Otra clave imprescindible para impactar a grandes públicos es que haya valor local. Entonces, la azafata argentina asigna el valor emotivo que en Lost se condensa en el romance (múltiple y multiforme). Aquí, la reconstrucción biográfica de “nuestra” azafata, aunque hubiera vivido en Córdoba apenas unos años, aporta la carga afectiva que le falta a las teorías sobre el gran factor conspirativo, que podría –según la hipótesis del día– provenir de una organización terrorista o la furia natural a través de un rayo. Lo importante, como en Lost, es estirar el enigma por unos capítulos más, alimentar la intriga narrativa, echar a rodar hipótesis racionales y absurdas que trasciendan al hecho en sí y hablen de una fase de la Historia, revisar viejas mitologías ficcionales, pero de inspiración vaga (como el triángulo de las Bermudas o el agujero negro), anclando en una ficción puntual determinante que las condense y poetice en una fórmula a la moda (el choque de fuerzas de ambos hemisferios, por caso) para interpelar al sujeto hiperadrenalínico contemporáneo. Y justificar la presencia en el prime time.

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