PSICOLOGíA › PROBLEMAS INTERGENERACIONALES QUE
PUEDEN PRESENTARSE EN LAS “FAMILIAS ENSAMBLADAS”

“Mi hijo me recuerda a una persona que yo odio”

Las “familias ensambladas”, formadas por uniones posteriores a divorcios, presentan dificultades específicas. Algunos de éstas se plantean en relación con los hijos de matrimonios anteriores, y, si no son bien resueltas, pueden llevar a la disolución de la nueva pareja o a la expulsión del hijo.

Por Irene Meler *

La parentalidad en las familias ensambladas es un tema crucial para la comprensión de las relaciones de género en estas parejas. Los hijos de uniones anteriores tienen un estatuto difícil en uno o ambos hogares, el materno y el paterno. Son niños o adolescentes que a la pareja actual del progenitor le recuerdan la existencia de una relación previa, hacia la cual suele experimentar celos. A su vez, la madre o el padre ven en ellos el parecido físico e identificatorio con la pareja anterior, a quien amaron, pero respecto de la cual experimentaron una decepción o un conflicto muchas veces no elaborado. La ambivalencia emocional es elevada y los niños o adolescentes, que culpan a los padres de la desestructuración de la familia originaria, ven en las nuevas parejas figuras rivales, que amenazan su sueño no renunciado de reconstitución familiar. Ellos participan activamente en el drama, aunque, desde ya, en situación de mayor vulnerabilidad que los adultos.
He observado en varios casos que uno de los hijos de la pareja divorciada pasa a representar en el nuevo hogar al padre o a la madre ausentes. La situación más frecuente es que los hijos vivan con su madre y en esos casos la relación con el marido de la madre implica, además de los celos, una mayor asimetría de poder, porque es habitual que él detente mayor poder económico derivado de su inserción laboral. Por ese motivo, sumado al prestigio que se asigna al hombre, la confrontación con el mismo se hace más dura y difícil de remontar que en los casos, menos frecuentes, donde los hijos conviven con el padre y con su nueva compañera.
La madre, que a veces rechaza de modo no consciente a sus propios hijos, sin embargo sufre al comprobar la discriminación de que son objeto, y con frecuencia se encuentra en desventaja en la lucha de poderes dentro de la familia, debido a que, en la mayor parte de los casos, su inserción laboral es frágil y menos exitosa que la de su compañero. Si a esto se suma la deserción habitual del padre de los hijos respecto de sus obligaciones económicas, vemos que tanto la mujer como los hijos se encuentran en una situación de vulnerabilidad.
En los casos a los que me refiero, uno de los hijos presenta dificultades cuando comienza la adolescencia. Las más frecuentes se refieren a problemas de aprendizaje, desafío a la autoridad, adicciones y conductas delictivas menores. Puede tratarse de un hijo que se parece físicamente a su padre y que sobre ésta u otra base se identifica con el mismo. La pérdida de la convivencia con el progenitor estimula las identificaciones melancólicas, donde se retiene al objeto amado a través de modificar el yo a su imagen. Estos procesos se intensifican y agravan en la adolescencia, y el o la joven que está en esta situación familiar no sólo se identifica sino que también es objeto de una depositación de ese rol por parte de la nueva pareja conyugal. La malignidad del problema se potencia cuando el padre no es una figura respetada sino que, por razones objetivas o por causa del conflicto, ha sufrido una denigración en el ámbito de la nueva unión. Comprobamos entonces que el personaje rechazado salió por la puerta para entrar por la ventana.
El clima del hogar es muy tenso porque está siempre latente la amenaza de enfrentar una disyuntiva dolorosa: optar por la ruptura de la pareja conyugal o por la exclusión del hijo problemático. Con frecuencia es el adolescente quien debe irse, y es posible que esta solución, si se cuenta con condiciones adecuadas para la atención y el seguimiento del joven, sea, dentro de lo malo, la mejor, para evitarle la culpa adicional de provocar una nueva ruptura en la vida de su madre. Françoise Dolto acuerda con que ésta puede ser una salida viable a conflictos de elevada intensidad. Sin embargo, es el o la joven quienes repiten la exclusión del hogar que antes protagonizó el padre, y habrá que encontrar formas de cuidado y atención que permitan que, con el paso del tiempo, acepten el amor que existe pese al conflicto y no se divorcien de uno de sus padres. Madres e hijos son quienes sufren más profundamente esta situación. Enmuchos casos, el padre fogonea el enfrentamiento desde fuera del hogar, y el actual marido, que difícilmente haya desarrollado afectos profundos en la relación con un adolescente conflictivo, se siente francamente aliviado.
Respecto de este problema, se comprueba de qué modo las relaciones entre los géneros pocas veces alcanzan a establecer una verdadera reciprocidad, un auténtico reconocimiento intersubjetivo. De otro modo no se comprendería cómo los varones que integran segundos matrimonios pueden expresar alivio ante una eventualidad que desgarra a la mujer que aman.
Cuando se convive con hijos del primer matrimonio del esposo, es más difícil que la expresión de rechazo de la nueva mujer hacia los hijos del marido sea igualmente intensa, aunque en algún caso eso puede ocurrir. Existen para esto diversos motivos, que van desde las tendencias maternales y tiernas cultivadas en las mujeres hasta su menor poder social y económico, que las obliga a aceptar situaciones que no se atreven a desafiar. Otro factor que influye se refiere al hecho de que los hijos que crecen con su padre, en los casos donde es la madre la que se aleja y no se hace cargo de su crianza, suelen ser niños y adolescentes más adaptados, debido a que los padres varones, cuando conviven con el hijo, imponen más límites y ejercen la autoridad de un modo más convincente de lo que la mayor parte de las mujeres logra hacer. Esto resulta comprensible si tenemos en cuenta que la función paterna se ha relacionado con la interdicción, hasta tal punto que este observable fue incorporado en el pensamiento psicoanalítico y de ese modo resultó naturalizado.
He discutido anteriormente la naturalización de las categorías de función paterna y materna, pero es necesario reconocer que en el nivel de las prácticas existe una fuerte tendencia a que, mientras las madres brindan ternura y protección, o al menos se lo proponen como ideal organizador de su maternidad, los padres imponen disciplina con mayor facilidad. Por lo tanto, a pesar de que se tiende a creer que la carencia de una figura materna es más grave para los hijos que la falta de convivencia y de presencia del padre, he podido observar varios casos donde por lo menos la sintomatología relacionada con la transgresión, tan frecuente en los adolescentes cuyos padres se han divorciado, no aparece en hijos criados por sus padres varones, mientras que se registra con frecuencia en hijos criados por su madre. Conviene aclarar que no estoy suponiendo que la salud mental de los hijos con carencias maternas sea mejor sino que considero que, en muchos casos, su adaptación social es más adecuada.

* Coordinadora docente del Programa de Estudios de Género y Subjetividad (UCES). Directora del Programa de Actualización en Psicoanálisis y Género de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires (APBA). El texto forma parte de un trabajo presentado en las VI Jornadas de Actualización del Foro de Psicoanálisis y Género de APBA.

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