PSICOLOGíA › PROBLEMAS CON ADOLESCENTES

Chica expuesta, joven desesperado, chico moribundo

A partir de tres impresionantes casos de adolescentes, la autora examina la angustia que puede afectar a los profesionales cuando están en juego la sexualidad y la función paterna y advierte sobre los riesgos de criminalizar, judicializar o medicalizar.

 Por Adriana Bugacoff *

Una chica de 13 años, en Estados Unidos, posó desnuda frente a un espejo, se sacó una foto con el celular y se la envió a su novio, un compañero de curso. Poco después cortaron la relación y él joven envió la foto a una ex amiga de la joven, que a su vez la envió a todos los contactos de su celular con el siguiente texto: “Si pensás que esta chica es una puta, mandá esto a tus amigos”. Muy pronto, miles de estudiantes tuvieron la foto en sus celulares (The New York Times, abril de 2011). El sexting (envío de fotos y videos de contenido sexual desde un celular a otro) no es ilegal, pero cuando el contenido incluye a menores es alcanzado por la ley de pornografía infantil. La historia continuó así: el ex novio, la ex amiga y otra chica más, que había ayudado en la difusión de la foto, fueron arrestados. Se los acusó de diseminación de pornografía infantil. Eran pasibles de ir a un centro de detención juvenil y quedarían registrados como delincuentes sexuales. El fiscal de la causa no había tenido la intención de que recibieran sentencias tan extremas. Y llegó a un arreglo judicial: se interpretó el delito no ya como pornografía infantil, sino como acoso telefónico; se les condenó a la probation, preparar material de servicio público sobre el peligro del sexting. Además, debían optar entre asistir a una sesión con la joven damnificada o bien no volver a tener contacto con ella nunca más. A partir del caso, en muchos distritos escolares de EE.UU. prohibieron el sexting y autorizaron a los directores a revisar los celulares de los estudiantes.

Trataremos de articular este caso con dos recortes de situaciones ocurridas con jóvenes en un hospital de niños. La primera se refiere a uno de 15 años que había ingresado por guardia externa tras haber amenazado a su madre con un cuchillo de cocina. Fue ella quien relató lo sucedido: él había llegado a casa muy alterado y discutió con la madre, acusándola de la reciente ruptura con su novia. Se evaluó estado de “violencia contenida” y se le indicó una medicación. Por considerárselo un paciente “peligroso para sí y para terceros” (esto sucedía antes de la sanción de la nueva Ley Nacional de Salud Mental) se dio aviso a la policía para que tramitara la judicialización del caso y el traslado a un hospital monovalente, que se demoró. Tras una noche de internación en la guardia, tuvimos una entrevista con la madre: cuando relató nuevamente lo sucedido, eso que el día anterior parecía un rapto de violencia incoercible tomó visos de crisis adolescente. El chico padecía una secuela de mielomeningocele que lo obliga a sondarse para orinar, además de sufrir incontinencia de esfínter anal. Sus compañeros de secundario lo cargaban por el olor que a veces despedía. Desde pequeño, su cuerpo era esclavo de esa enfermedad. Pero la adolescencia obliga, a quienes quieran salir airosos de ella, a elaborar nuevamente eso que el cuerpo es para el ser humano, y él debió enfrentarse nuevamente con su cuerpo. Es que, por primera vez, se había puesto de novio. En el hospital, él se negaba a hablar pero su madre contó que había vuelto a la casa gritando, lleno de dolor y de furia, que la había culpado por haberlo dejado nacer con esa enfermedad, gritando que él no había pedido nacer. Entonces, el equipo tratante empezó a pensar en un abordaje distinto, pero la derivación solicitada seguía su curso. ¿Cómo devolverle las palabras a aquella encrucijada silenciada por la presentación plena de criterios de internación? ¿Cómo frenar la maquinaria que comprometía al equipo profesional y lo ubicaba en un lugar pasible de sanción por omisión?

La segunda situación fue un pedido de interconsulta poco común. Una médica residente de cuarto año nos pidió conformar un grupo con los otros residentes de la sala para hablar de Martín, paciente de 15 años que padecía un osteosarcoma. El tumor había invadido el sacro y tenía al paciente postrado, sin posibilidades de deambular; sin control de esfínteres y, aunque él aún no lo sabía, sin un pronóstico favorable. De la cintura hacia arriba, Martín estaba intacto. Podía hablar e interactuar perfectamente, a condición de permanecer en cama. En esa unidad de clínica no era frecuente que hubiera adolescentes. Los padres de Martín eran de edad avanzada y él se las arreglaba bastante por sí solo. Esto no parecía ser un problema para él, aunque sí para sus pediatras. Armamos un espacio grupal donde pudieran desplegarse las inquietudes y conflictos que el caso generaba en el equipo de pediatras. Probablemente lo más difícil era el contraste entre su lucidez y el dramático estado de su salud. En directa relación con esto, por ser un joven acostumbrado a manejarse solo, se hacía necesario hablar con él sobre su enfermedad, transmitirle a él los diagnósticos y pronósticos y pactar con él las diferentes formas de abordar el tratamiento. Y la posición de Martín frente al pudor también era diferente a la de un niño: no tenía reparo en desnudarse para ser examinado, tampoco le importaba si era atendido por un médico o una médica. En médicos más habituados a trabajar con niños era fuerte el impacto de un cuerpo prácticamente adulto. Les resultaba difícil entender que no se generara en él la vergüenza que hubieran esperado.

Procuremos enlazar las tres situaciones. Con relación al sexting, una investigadora de la Universidad de Harvard señaló que, si bien los varones y las chicas mandan fotos en la misma proporción, “mientras que un varón, pescado mandando una foto de sí mismo, puede ser considerado un tonto fanfarrón, las chicas, más allá de la audacia, son castigadas como prostitutas”. De esto concluye que las fotos de las chicas son más virales porque se las utiliza con el objetivo de avergonzarlas. De este modo, el episodio –aunque está atravesado por las coordenadas actuales de la tecnología, la inmediatez y la entronización de la imagen, cuyo uso bordea la pornografía–, presentifica ese resto imposible de eliminar que hace a la diferencia sexual.

La conocida fórmula de Lacan, “no hay relación sexual”, puede leerse en la perspectiva de que, para los seres hablantes, la no complementariedad entre varón y mujer trae aparejada la imposibilidad de eliminar la diferencia. En esta época, en que se intenta eliminar diferencias a través de discursos que se presentan como niveladores, es importante subrayar que, bajo la forma de anuncios escatológicos de decadencias, se superpone atropelladamente la noción de padre con la de autoridad. Se liga al padre casi exclusivamente con aspectos éticos y jurídicos. Pero ya Freud situaba otros aspectos del padre, que no atañen a su autoridad sino a su lugar en el Edipo, referido a la orientación fálica. El padre del que Freud se ocupa es aquel que, dividido por la angustia, transmite, a partir de la impotencia, la posibilidad de que el hijo desee, entendiendo por deseo algo que se vincula con la falta y no con algún contenido particular.

Por el contrario, se trata de algo cuya condición es, tal como la plantea Lacan, la de poder ser cualquier cosa como tal. El falo es el nombre de esa “otra cosa como tal”. El padre freudiano es aquel que, afectado por la inconsistencia de la ley, transmite algo del orden de la castración. Es el personaje kafkiano perdido en la búsqueda de la ley.

Ese padre freudiano, el de Malestar en la cultura, no está en vías de extinción. Quizá podemos hablar de caída de autoridad, y allí es donde las instituciones escolares, jurídicas y de salud toman un lugar más protagónico que el que tenían. Cada vez nos encontramos con padres más desorientados y afectados por la escisión vinculada con la dificultad de apoyarse en la autoridad. Padres que delegan. Educadores y profesionales de la salud que recurren a policías y a jueces. Y, dicho sea de paso, en el trato con jóvenes también se pone en juego otra forma que adquiere la diferencia, aquella que se conoce como diferencia generacional.

Estas cuestiones que hacen a lo irreductible de la diferencia, ¿cómo se ponen en juego en una institución ligada a la salud? En la primera situación clínica, los profesionales, interrogados por la dimensión ética de su práctica, se encuentran con la dificultad de la irrupción de la sexualidad en el cuerpo. Pero no sólo la del adolescente, sino la de cada uno. En la segunda situación clínica, el punto de dificultad se sitúa en el impacto que les produce a los profesionales el cuerpo casi adulto del adolescente enfermo, impacto que desemboca en una pregunta: ¿cómo es que al joven no le da vergüenza que lo vean? Se trata del punto donde lo que irrumpe es la sexualidad de quien atiende, tocando puntos de angustia. Y a veces, cuando la angustia aparece, se echa mano de la medicalizacióno de la criminalización o de la judicialización. Pero otras veces, como en ambas situaciones clínicas comentadas, es posible intervenir dándole espacio a la interpretación.

La criminalización, tematizada en la primera situación, conduce a la pregunta por la maquinaria jurídica que afecta a las intervenciones de los profesionales. La amenaza ligada a los juicios por mala praxis acecha. Pero, si para protegerse de la ley se recurre a la ley –desconociendo su inconsistencia–, la situación llega a tornarse kafkiana.

* Psicoanalista. Docente en la Facultad de Psicología de la UBA; supervisora de residentes de los hospitales Tobar García y Ramos Mejía. Texto extractado de un artículo incluido en la revista Psicoanálisis y el Hospital, Nº40, noviembre de 2011.

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