PSICOLOGíA › TRABAJO COMUNITARIO EN PREVENCION Y LUCHA CONTRA LA VIOLENCIA FAMILIAR

“¡A ese grupo no vas más!”

Una experiencia de abordaje colectivo de la violencia familiar pone de manifiesto el potencial de las mujeres organizadas como agentes de prevención: la puesta de límites a los hombres golpeadores se articula en la militancia política y se plasma en la construcción de redes comunitarias.

Por Norma Cabrera, Ana María Castagnari, María Conti y Silvia Romero*

Este trabajo es compartido entre la entidad Amas de Casa del País y las psicólogas sociales de la Primera Escuela Privada de Psicología Social fundada por Enrique Pichon-Rivière. Las mujeres de Amas de Casa del País detectaron un agravamiento de las situaciones de violencia en la familia y advirtieron la necesidad de la comunidad, particularmente de las mujeres y los niños/as, de organizarse para luchar contra esta violencia. El trabajo se desarrolla en el partido de La Matanza, provincia de Buenos Aires.
La organización Amas de Casa del País data de 1982: nació en la lucha contra la carestía y los aumentos de tarifas y siguió en estos años desarrollando actividades en relación con la problemática de las mujeres y sus familias: comedores comunitarios, guarderías y jardines de infantes, talleres de capacitación, planificación familiar, campañas de salud, etcétera.
Muchas de las mujeres han sido obreras industriales, de pequeños talleres, algunas incluso dueñas de pequeñas empresas; también muchas fueron o son trabajadoras en el servicio doméstico. Hoy la mayoría están desocupadas y son beneficiarias de planes de empleo. El fenómeno nuevo es la gran cantidad de mujeres cabeza de familia, aunque no necesariamente por ausencia del hombre sino por su condición de desocupado. Las mujeres salen a encontrar alguna solución a las necesidades familiares –ollas populares, clubes de trueque, ventas de productos de elaboración propia– mientras que algunos hombres, desocupados, se quiebran emocionalmente: depresiones, alcoholismo, violencia, abandono.
La mayoría de las mujeres son parte de un movimiento que inició su actuación con la expropiación de las tierras que ocupaban en los inicios de la década del 80 en el Barrio María Elena. Hoy integran un gran movimiento de desocupados que nuclea 120 barrios del partido de La Matanza.
La lucha por trabajo y alimentos para sus hijos las alejaba de la casa muchas horas, quedando así fuera del control del marido. Comenzaron a ser protagonistas de acontecimientos que hubieron de caracterizar la política nacional de estos últimos años.
Conmovidas por el padecimiento de algunas de sus compañeras víctimas de violencia familiar, decidieron reunirse para hablar, ayudarse mutuamente y entre todas encontrar una solución.
Al enterarse otras mujeres de que este grupo se estaba reuniendo, comenzaron a acercarse. Un día apareció una vecina muy golpeada pidiendo albergue y se quedó con sus hijos; pero tenía miedo de que su marido le vendiera su casa y sus pocas pertenencias. Un grupo de mujeres fue a hablar con los vecinos y además pintó en la casa: “Esta casa no se puede vender, está bajo juez”: la casa no se vendió.
Se presentaban distintos obstáculos. No era fácil que las mujeres víctimas de la violencia asistieran a los grupos que se empezaban a armar. Aparecían siempre distintas mujeres, y otras no volvían. A éstas, las iban a buscar en otro momento. Entre las más activas empezaban a surgir debates: si una mujer a quien habían ayudado volvía con el marido golpeador, entonces, “¿a ésa no hay que ayudarla más?”. Tendrían que aprender a aceptar que la decisión de poner fin a la violencia de que se es víctima puede requerir un largo proceso de avances y retrocesos.
La dificultad de sostener el grupo y sistematizar la tarea llevó al encuentro de las mujeres del barrio con las psicólogas sociales.
Durante el primer período se inició un trabajo articulado, que continúa, con el equipo de salud de la sala del barrio, integrado por médicos, enfermeras, agentes de salud, psicóloga/o y psicólogas/os sociales, que llevaba varios años atendiendo las necesidades básicas de salud de la gente. También se acercaron dos abogadas que ayudaron a conocer y trabajar los temas legales.
A partir del encuentro de este grupo de mujeres con las abogadas y psicólogas sociales se empieza a legitimizar el espacio que se había abierto como un lugar de trabajo específico, a visibilizar el problema de la violencia en la familia que estaba oculto y a poner en palabras el padecimiento que hasta ahora sólo se reflejaba en las miradas y en el profundo malestar físico y psíquico de las mujeres.
Nuestro equipo comenzó a atender casos, a acompañar algunas mujeres al juzgado, a ayudarlas a salir de sus casas en el momento de la golpiza. Se les propuso la formación de grupos de agentes de prevención en violencia, que se desarrollaron y se han multiplicado en distintos barrios.
Consideramos que las protagonistas necesarias para resolver esta problemática son las mismas mujeres que padecen la violencia; que, así como han tomado en sus manos la lucha por trabajo, por la tierra, por la salud y contra el hambre, se hagan cargo de abordar la violencia que sufren en las familias. Este ha sido y es el motor del proceso realizado por este grupo de mujeres. Desde la psicología social, en un rol de pensar junto con ellas, pusimos a su disposición un dispositivo que les facilitara comprender las múltiples causas de este problema sin obstaculizar el proceso que empezaba a gestarse.
Partimos de la definición de psicología social, según Pichon-Rivière, como crítica de la vida cotidiana: esto requiere el análisis de las condiciones concretas de existencia, lo cual implica conocer las causas que las generan. Planteamos un recorrido que nos llevó y las llevó a generar una mirada crítica de sus condiciones actuales, partiendo de su historia y la de sus familias, poniendo en cuestión lo que durante tanto tiempo aparecía como un escenario “natural”, como algo que les había marcado el destino. En este proceso, empezaron a conceptualizar distintos aspectos de su condición de mujeres y de oprimidas, incluyendo la mirada desde una perspectiva de género.
Y este protagonismo de la mujer, que alteró los roles familiares tradicionales, trajo también como consecuencia, en un primer momento, cierta agudización de los conflictos en la familia y también un agravamiento de violencias. Por ejemplo, maridos que decían: “¡Vos a ese grupo no vas más!”. Incluso, vecinas o familiares mujeres que trataban de desalentarlas. En algunos casos esto se resolvió cuando las mujeres del grupo fueron a hablar con el marido, lo invitaron a alguna reunión. El criterio era tratar de unir lo que se había resquebrajado.
Claro que, en los casos de maridos golpeadores, donde la violencia se repetía y se agravaba, se procuraba que la mujer se fuera a casa de alguna amiga, por ejemplo, o bien que el juzgado dispusiera para el golpeador la exclusión del hogar. También se empezaron a formar grupos de hombres: todavía no tienen mucho éxito, pero estimamos muy importante que el género masculino se incluya en la solución del problema.
“Ninguna mujer...”
Fue así saliendo a la luz uno de los aspectos más ocultos de la opresión que sufren las mujeres: el maltrato constante, la humillación permanente, la desvalorización como persona, el aislamiento. Y se generaron así mejores condiciones para abordarlo.
Fue muy importante el hecho de que muchas de estas mujeres ya habían salido de sus casas para desarrollar actividades políticas. Salir de la casa representó para ellas otra visión del mundo, de su barrio, del país, de los acontecimientos cotidianos; nuevas responsabilidades. Ellas participan en hechos que jamás hubieran imaginado las tuvieran como protagonistas: cortan rutas, ocupan edificios públicos, intervienen en grandes marchas y movilizaciones, hablan en asambleas y ante los medios periodísticos. En las marchas, son parte de la autodefensa y la seguridad. En muchos casos se asumen como dirigentes. Esas mujeres sumisas, calladas, que aceptaban resignadas su condición, ya no son las mismas de antes. Entonces, ¿cómo podrían mantenerse sin cambios las relaciones en las familias, que algunas veces acompañan pero otras, la mayoría, ponen grandes trabas?
Abordar la problemática de la violencia en la familia ayuda así a articular, en cada mujer y en el propio movimiento, la lucha contra las dos grandes cadenas que oprimen a la mayoría de las mujeres: la explotación social como trabajadora y la opresión de género como mujer. El abordaje correcto de esta relación, que es dialéctica, ha potenciado sus luchas.
Los grupos de formación de agentes de prevención de violencia en la familia están integrados por beneficiarias de planes de empleo. El curso se realiza en dos turnos de 4 horas, mañana y tarde. Los ejes temáticos son: el orden histórico-social, concepto de vida cotidiana, concepto de familia, concepto de prevención, la violencia en la familia, concepto de género, doble opresión de la mujer, el trabajo doméstico, la relación entre el trabajo y la familia, el rol de la mujer, mitos y prejuicios, violencia conyugal, ciclos de la violencia, síndrome de la mujer maltratada, perfil del hombre violento, tipos de abuso, modelos de abordaje, legislación vigente.
Se trabaja con clases teóricas y se incluyen docentes invitados. Utilizamos videos, textos cortos de literatura, artículos de revistas y diarios. Se realizan prácticas en sus propios barrios indagando el conocimiento y opiniones que tienen los vecinos sobre la violencia, lo que permite difundir la existencia de este espacio de trabajo. Se lleva un registro sistemático de las noticias periodísticas relacionadas con la temática.
El grupo operativo nos permite construir un escenario donde pueden instalarse con confianza para ser escuchadas, exponer sus conflictos y expresar en el espacio grupal lo que en sus casas es silenciado y censurado porque “rompería la armonía” de las relaciones familiares cuya responsabilidad “naturalmente” se les ha asignado. Es un instrumento eficaz en términos de aprendizaje: permite modificar actitudes, recuperar el derecho a aprender, pensar en posibilidades y analizar críticamente los vínculos familiares: pensar cómo fueron, cómo son y cómo querrían que fueran.
Este espacio fue tornándose propio y facilitador de la reflexión acerca de sus roles de madre, esposa, hija, trabajadora, despertando una conciencia de género y transformando el “yo” en “nosotras”, porque las experiencias que eran traídas en forma individual fueron temas de indagación como tarea del grupo.
El proceso de aprendizaje en el grupo generó profundas movilizaciones en sus integrantes. Se produjeron situaciones difíciles al sacar a la luz parte de la historia de cada una, donde casi la mayoría había sufrido, o sufre, situaciones de violencia. Hubo un clima de contención que permitió este trabajo que las va preparando para contener a otras. Pueden empezar a cuestionar e intentar modificar sus propios modelos para, así, mirar de una manera distinta a otras que vienen a pedir ayuda, pueden empezar a pensar con criterios de prevención en su propio barrio y tomar medidas en ese sentido. Su propia transformación les permitirá así ser agentes transformadores.
La inclusión del abordaje jurídico de esta problemática develó un gran desconocimiento sobre los derechos adquiridos por las mujeres en años de lucha: “El dice que si me voy me va a sacar los hijos...”. Se realizaron talleres con el título: “Las mujeres y nuestros derechos” y eso permitió advertir que la ley también mencionaba los derechos a la salud, a la vivienda, al trabajo.
Se destina un módulo de trabajo para que las abogadas expliquen las características de la ley, recientemente aprobada en la provincia de Buenos Aires, de exclusión del hogar al golpeador, según la cual, una vez hecha la denuncia, en 48 horas se excluye al golpeador del hogar. Pero cuando se hace la denuncia en la comisaría, sucede que los policías se niegan a recibir denuncias, incluso de mujeres ensangrentadas por la violencia, que así son sometidas a una doble victimización.
Estas mujeres decidieron no hacer la denuncia en la comisaría por considerarlo inútil y porque “no entregamos a los nuestros a quienes nos reprimen”. Prefirieron hacer el pedido de exclusión del hogar en el juzgado, con mejores resultados.
Las mujeres decidieron hacer prevención en los barrios a partir de los grupos formados; crear redes que permitan auxiliar en el momento de la golpiza, tener lugares de refugio para sacar a la mujer de la casa, hablar con el golpeador y, especialmente si él forma parte de un movimiento político, exponer el problema ante ese movimiento y así pedir una sanción social para el golpeador. Mantienen grupos permanentes o de funcionamiento semanal (que suele ser el mismo que está formándose en prevención) para sostener a las mujeres que demandan ayuda.
También acompañan a la mujer que va a efectuar ante el juzgado el pedido de exclusión del hogar del golpeador. Esto suele ser complicado porque hace falta dinero para el transporte, el trámite se vuelve engorroso por la complejidad de la gestión y porque deben enfrentar la presión y el acoso del marido, lo cual muchas veces las lleva a arrepentirse.
Como esta Justicia no considera la importancia vital de este problema y no garantiza la ejecución de la medida que ella misma ha resuelto, adquiere una gran relevancia la función de sostén y acompañamiento que ejerzan vecinas y amigas.
La estructura de la familia patriarcal, su organización y la distribución de los roles en la sociedad actual implica que en su seno mismo se ensayen, se aprendan y practiquen las relaciones de poder y de dominación. El varón es el depositario de la dominación y por ello podrá ser golpeador en tanto su concepción de la autoridad y el poder pasa por el rigor, el castigo corporal y el abuso psicológico; por supuesto que esta situación se une a condiciones internas de sus propias matrices históricas de aprendizaje: no todos los varones son golpeadores.
Apuntamos al abordaje de la violencia desde la prevención, abordando sus causas, reconociendo y apropiándonos de la infinita capacidad de las mujeres para analizar, comprender y transformar-se. Cada hecho, pequeño o grande, apunta a este objetivo. En la cabecera de una asamblea del movimiento de desocupados ellas fijaron un cartel que dice: “Ninguna mujer debe ser golpeada”. El cartel permanece allí y cumple un efecto multiplicador. La reproducción ampliada en carteleras de la ley de exclusión del hogar del golpeador, la participación de las mujeres de los cursos en reuniones abiertas y asambleas, la denuncia pública del golpeador, la difusión de los casos abordados directamente con los golpeadores, todo esto tiene como propósito despertar y crear otras condiciones para que las mujeres que sufren esta situación comiencen a reaccionar, y también sirven para “parar la mano” de los golpeadores, en la medida en que el movimiento, el barrio, las mujeres, los hombres, los jóvenes, tomen el problema, lo reconozcan como tal y lo incorporen a la reflexión y a su lucha diaria.

* Extractado de un trabajo publicado en octubre de 2003 en Temas de Psicología Social, publicación de la Primera Escuela Privada de Psicología Social fundada por Enrique Pichon-Rivière.

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“¡Casas para las mujeres golpeadas!” fue reclamo principal en esta movilización del año pasado.
 
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