PSICOLOGíA › DOS DECADAS DEL FRENTE DE ARTISTAS DEL BORDA

El dolor manicomial

En el vigésimo aniversario del Frente, sus impulsores plantean que “lo manicomial es una actitud frente al otro y frente al conocimiento” y recuerdan que los pacientes “son la voz acallada del hospital”.

Por Alejandro Lipcovich

“Lo manicomial es una actitud frente al conocimiento, frente al otro: una actitud que nos dice que el otro, si piensa diferente, no tiene posibilidad de tomar la palabra.” De esta manera se refirió José Grandinetti al “espíritu manicomial” durante el debate “Arte, derechos humanos y desmanicomialización”, en el marco de las actividades por los 20 años del Frente de Artistas del Borda. El Frente –cuya perspectiva permanente es el cierre definitivo de los hospitales psiquiátricos– fue fundado en 1984 con la intención de ser lugar de encuentro de un conjunto de actividades artísticas que desarrollarían los pacientes-talleristas. La culminación del proceso es el ir “tras los muros” por parte de los talleristas para mostrar su producción. En el debate, que tuvo lugar el 26 de noviembre en el Hospital Borda, se hizo evidente el sentido político de la locura: Nora Cortiñas, titular de Madres de Plaza de Mayo-Línea Fundadora, recordó que “los que pedimos, los que reclamamos la verdad, la justicia, la libertad, somos llamados locos”, y señaló, mediante un ejemplo concreto, cómo “a mucha gente a quien quieren eliminar de alguna situación conflictiva la mandan al manicomio”.
“Discúlpenme si mi voz se quiebra al recordar estos veinte años, que han sido de mucho y muy duro trabajo para poder alterar en algo este sitio de tanto dolor”, pidió Grandinetti, titular del servicio de atención psicológica y psicoanalítica del Hospital Borda, y observó que “el hecho mismo de recordar la historia es un gesto antimanicomial. Es fundamental recordar que tenemos historia, que nos la han querido robar, pero no pudieron, porque la historia por algún lugar vuelve. El Frente de Artistas del Borda es la vuelta de la historia de aquel Servicio de Psicología Social Doctor Enrique Pichon-Rivière, que funcionó en este hospital y que tuvo sus antecedentes en diversos talleres de periodismo, poesía, cine y otras cosas que se hacían acá”.
El Frente de Artistas del Borda nació en 1984, en el marco de un plan de desmanicomialización proyectado desde el gobierno central para tres lugares: la provincia de Córdoba, la de Río Negro y el Hospital Borda. Este proyecto se basaba en el cierre del hospital en forma progresiva, ubicando a los pacientes con las familias, o en casas, en grupos de cuatro o cinco personas. La atención pasaría a ser ambulatoria, generalmente en centros de salud mental, o en hospitales generales. Al mismo tiempo, se debían crear cooperativas de trabajo, en donde los pacientes realizarían básicamente las mismas actividades que tenían antes de ingresar al manicomio. Por otra parte, las internaciones serían muy cortas: la media en las experiencias de desmanicomialización no supera los doce días. No obstante, este plan no se llevó a cabo; se cerró únicamente el Hospital Allen, de Río Negro.
En ese clima surgió una invitación de José Grandinetti a Alberto Sava, quien venía del campo del mimo y del teatro participativo, con la intención de integrar el arte en ese proyecto de cierre del manicomio. Sava recordó que “muchos pacientes hacían diversas cosas como guitarreadas, graffitis o poesías que se vendían en los pasillos. El 15 de noviembre de 1984 se hizo una reunión con unos cincuenta pacientes en el teatro del Borda, donde propuse la creación de un grupo de artistas. El nombre ‘Frente’ surgió porque un paciente dijo: ‘Vamos a formar un frente de varias disciplinas artísticas y con eso vamos a ir al frente, a enfrentar la realidad nuestra y del hospital, y a cambiarla; vamos a ser los revolucionarios del Borda’”.
El Frente de Artistas del Borda plantea, a nivel organizativo, una experiencia horizontal, “en la que todos participen, desde la compra de cualquier objeto hasta la creación de los Festivales Latinoamericanos de Internados en Hospitales Psiquiátricos, que tendrán su octava edición en abril de 2005 en Mar del Plata”, contó Sava. Las actividades están dirigidas a que los talleristas salgan con sus producciones artísticas, con la convicción de que “en la medida en que se sale, se producen tres efectos: a nivel personal, institucional y social. El primero se debe a que el arte tiene un efecto clínico, terapéutico, en esas personas que, a causa de estar internadas, tienen minados sus deseos, su voluntad, sus vínculos sociales. En cuanto a lo institucional, estas salidas permiten que los pacientes, que son la voz acallada del hospital, puedan denunciar todo lo que sucede en el manicomio. Por último está lo social, que se da a partir del cambio en la recepción tan siniestra que se tiene de la locura. La gente comienza a darse cuenta de que los ‘locos’ son personas con tanta capacidad de hacer y sentir como cualquiera, si es que tienen condiciones afectivas y sociales adecuadas”, aseguró Sava.
Grandinetti rescató el papel del arte como “algo que hace a la posibilidad de conmover el dolor: allí donde hay arte el dolor disminuye. Allí donde hay poesía, la institución se quiebra”. Grandinetti sostuvo que el manicomio no se reduce “a una geografía, ya que, a veces, los manicomios están donde menos se los espera”. Y aclaró para Página/12 que “lo manicomial es una actitud, un acartonamiento del pensamiento, una rigidez en relación con los intercambios, a las diferencias. Es una actitud de defensa ante los pensamientos del otro, y a veces de los propios, cuando no están en la red de lo tradicional, de lo esperable. Excede a este tipo de instituciones; la podemos encontrar en las clínicas privadas, aunque también en la actitud que tiene alguien para con los otros, en su familia, en el marco social. Al otro, por pensar diferente, se lo priva de esa condición fundamental y fundante que es la toma de la palabra. No hay nada más doloroso que la exclusión a la que se somete al otro cuando no se lo deja hablar, aun por las vías de su delirio, que es un modo legítimo de manifestación. No nos oponemos al delirio, porque el delirio permite una expresión. Nos oponemos a la momificación, a dejar congelados a los pacientes en sus vidas”.
Por otra parte, Grandinetti hizo alusión al “gran fantasma en todas las luchas antimanicomiales, el de la pérdida del empleo. No se trata de que se asusten nuestros colegas, los administrativos, los empleados o los enfermeros, porque van a perder su fuente de trabajo si luchamos contra los manicomios. No van a perder nada, van a ganar dignidad en su trabajo. Porque hay que ver bajo qué condiciones trabajan algunos de nuestros enfermeros: indignas. Tenemos casi un 70 por ciento de personal trabajando ad honorem y padecen también de esta indignidad”. Hizo hincapié en que “el Frente, como cualquier frente antimanicomial, no está en contra del sistema de salud pública; todo lo contrario, queremos instituciones públicas que alberguen el dolor psíquico, que le den respuesta, y que sean públicas y dignas”. Asimismo, abogó porque estas instituciones retomen “viejos preceptos de nuestra tradición; por ejemplo, las ideas de Enrique Pichon-Rivière, que en 1949 era jefe de servicio aquí en el Hospital Borda, y que organizó grupos con pacientes pero también con los enfermeros y profesionales que trabajaban con ellos, porque también padecemos en ese encuentro con el dolor del otro”.
“Estas instituciones –concluyó Grandinetti– no pueden seguir funcionando solamente como centros de alojamiento, para el paciente que no tiene donde vivir porque la familia no puede hacerse cargo. Tienen que ser lugares de intervención: centros psicoasistenciales de intercambio, que no sólo alberguen a quienes necesiten una internación, de dos o tres meses como máximo, sino que también puedan contener a la familia, a los niños. Necesitamos instituciones para la salud mental que sean capaces de escuchar. De la capacidad de escuchar que tengan los profesionales de la salud mental depende que la crisis del paciente se transforme en condición de posibilidad.”
Nora Cortiñas, titular de Madres de Plaza de Mayo-Línea Fundadora, recordó que “a nosotras nos llamaron locas por pedir lo que correspondía durante la dictadura. Los que pedimos, los que reclamamos la verdad, la justicia, la libertad, somos locos, porque ¿cómo pedimos eso? La etiqueta de loco es muchas veces un modo de exclusión de personas que reclaman lo que corresponde al Estado”. Además, “a mucha gente que quieren eliminar de alguna situación conflictiva la mandan al manicomio. Hace poco, nosotras vivimos el caso de un joven preso, que fue torturado en una comisaría de Comodoro Rivadavia luego de negarse a hacer falso testimonio. Le destruyeron los testículos y le cortaron el cuello, tratando de hacer pasar el hecho como un intento de suicidio. Luego de que el chico se repuso, fue mandado por el juez a la unidad 20 del Borda. Era una manera de excluir toda posibilidad de que el chico denunciara lo que había pasado. Gracias a la intervención de las Madres, junto con otras organizaciones como el Observatorio Internacional sobre Prisiones, obtuvimos una pericia para este joven. Se demostró entonces que el muchacho no estaba esquizofrénico”.
Los talleristas Rubén Chiodini y Carlos Moretti hablaron de sus experiencias personales: “Nosotros mismos en el hospital, al estar en un ámbito represivo, nos reprimimos para actuar, como una forma de salvaguardarnos, de protegernos –contó Chiodini–. Ahí aparece el Frente, donde uno puede desarrollar una acción creativa. Es un lugar de lucha, que nos permite salir del hospital y conectarnos con el afuera, con la gente, con el ámbito común, del cual uno fue excluido o autoexcluido”. Moretti ejemplificó: “Así como se puede estar internado por una cardiopatía, uno estuvo internado por un accidente de la vida, y después la retoma. Nosotros salimos con nuestra producción artística y el que la ve dice: ‘Ah, ¿y usted estuvo ahí?’. ‘Sí, ¿y qué?’”

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