PSICOLOGIA › AUN SIN PAREJA, ELEGIR LA MATERNIDAD

Mujeres sin hombre

Cada vez más mujeres, que “invierten el orden tradicional de los eventos familiares y reproductivos”, se plantean “tener un hijo en soledad, para intentar formar posteriormente una pareja”. La autora propone examinar, desde una perspectiva libre de prejuicios, esta opción.

 Por Irene Meler *

En las sociedades tradicionales era prudente que toda mujer estuviera tutelada por algún hombre. De otro modo corría el riesgo de ser objeto de abusos y, a la vez, de sanciones morales. Todavía hoy, si se viaja por el cercano Oriente, se percibe que el libre desplazamiento de una mujer sin compañía causa sorpresa y algún recelo en los países islámicos. En el Occidente desarrollado, por el contrario, ya ha pasado el tiempo gozoso de romper las cadenas: el sofoco de la tutela ha dado paso, para las mujeres jóvenes modernizadas, al escalofrío del desamparo y la soledad.
El malestar cultural del Antiguo Régimen se relacionaba con el estricto control comunitario de la conducta de los sujetos. En la Modernidad que Zygmunt Bauman (Modernidad líquida, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2002) gusta llamar “sólida” o pesada, los compromisos con el ámbito de trabajo y con la familia monogámica indisoluble resultaron opresivos para muchas personas. En la modernidad “líquida”, o posmodernidad, la existencia es precaria e imprevisible. Este es el malestar contemporáneo, que es padecido aun por los sectores sociales privilegiados.
Resulta difícil planificar una carrera laboral, ya que la oferta de trabajo está sometida a inesperados remezones que derivan de los avatares del capital trasnacional concentrado. Las alternativas suelen pasar por integrarse a una elite capacitada, flexible y nómade o quedar en un estatuto de exclusión con respecto al culto actual del consumo. Sin embargo, la inclusión, que se logra al precio del sobreempleo, es siempre precaria, y la amenaza de quedar afuera confiere a la existencia cotidiana un matiz latente de ansiedad y fatalismo.
Mujeres y varones se parecen más entre sí que en otros tiempos, porque la división sexual del trabajo es menos estricta y más flexible, excepto en la cima de las pirámides ocupacionales. Sin embargo, las prescripciones y representaciones modernas acerca del género no han perdido toda su eficacia para plasmar subjetividades, y la maternidad como práctica social marca una divisoria de aguas que no es posible ignorar.
Gilles Lipovetszky (La era del vacío, Barcelona, Anagrama, 1986) considera que las sociedades avanzadas han elaborado nuevos dispositivos de regulación que se caracterizan por minimizar la coacción y enfatizar las posibilidades de elecciones privadas. El individuo libre sería entonces el valor cardinal. Pero el sueño, o tal vez sea más exacto decir, la ilusión de la individualidad autónoma, es una imaginería masculina, a la que algunas mujeres educadas se han asimilado. En el caso de las mujeres jóvenes, el deseo de tener hijos, que hasta hace poco era en realidad un imperativo, conmueve este imaginario ante la constatación del inexorable paso del tiempo. La gestación y la crianza echan por tierra cualquier ilusión de autonomía.
Pero sucede que las relaciones de pareja son difíciles de establecer y de sostener con continuidad en los sectores posmodernos. Muchas jóvenes que se han construido a sí mismas en el contexto de la ilusión de paridad absoluta comprueban con sorpresa que, a pesar de su belleza trabajada en los gimnasios y no obstante su capacidad intelectual cultivada en las universidades, no es fácil para ellas encontrar un compañero con quien formar una familia. Si utilizamos metáforas mercantiles para estar a tono con los tiempos, diremos que las dificultades aparecen tanto desde la perspectiva de la oferta como de la demanda. Ocurre que la relación entre los géneros se sustenta, en el aspecto amoroso, sobre pautas codificadas a lo largo de las generaciones. Esos patrones eróticos constituyen el aspecto más resistente al cambio y llevan consigo la inercia de representaciones y valores que pocos defenderían en estado de lucidez, pero que, sin embargo, habitan los sueños diurnos donde se expresa el deseo. En las fantasías que buscan la realización de deseos, el amor y la sexualidad todavía conservan un vínculo estrecho con situaciones de dominación, de protección y con los dones con que un varón exitoso expresaba y en algunos (pocos) casos aún expresa, el valor inestimable que asigna a su objeto de amor.
Los logros educativos y laborales de las mujeres pertenecientes a los sectores medios altos educados y la considerable autonomía social y económica que han logrado vienen a trastocar esos libretos que pautaban las reglas del cortejo. En ocasiones ellos encuentran algún resto de brillo fálico con el cual conquistar y, otras veces, ellas despliegan una performance de feminidad tradicional que sólo servirá a los fines de cimentar la ilusión inicial del encuentro.
Una joven bonita y brillante, con un posgrado universitario, pactó con su grupo de amigas que, cuando fueran a bailar y conocieran varones atractivos, dirían que trabajaban vendiendo ropa. Este juego de impostura tendía a evitar espantar a los posibles candidatos, que podrían inhibirse ante los logros femeninos.
Mientras las mujeres comienzan a ocultar sus avances en el ámbito social, los varones atraviesan por una grave crisis de la masculinidad. Elizabeth Badinter (XY La identidad masculina, Madrid, Alianza, 1993) considera que la masculinidad, en tanto representación colectiva, experimenta crisis periódicas de variada intensidad. No es sorprendente, ya que el ideal masculino representó, hasta ahora, la esperanza colectiva de encontrar fortaleza para evitar el desamparo.
Como piensa David Gilmore (Manhood in the Making, New Haven, Yale University Press, 1990), la masculinidad social es una respuesta ante la adversidad. Pero si el trabajo y la provisión económica han sido los emblemas identificatorios de la masculinidad de la modernidad sólida, en la actual “liquidez” estos rasgos identitarios han sufrido un colapso. El empleo masculino, o sea formal, con seguridad social y de tiempo completo, está pasando a mejor vida para dar paso a una variedad de formas de administrar la precariedad. A las carencias de recursos y la incertidumbre vital se suman ansiedades de perder la masculinidad, aspecto de la representación del sujeto que, como sabemos, es muy sensible a la angustia. Estos varones fragilizados son renuentes a construir un vínculo con proyecto, ya que temen, y con razón, no poder afrontar los compromisos que contraigan. Su socialización primaria ha estimulado el desarrollo del individualismo, y se refugian entonces en una actitud de inmediatez, postergando para más adelante el proyecto de familia, para el cual ni el tiempo biológico ni las costumbres sexuales plantean hoy día ninguna clase de urgencia.

Hijo en soledad
Es así como comienza a aparecer un tipo de consulta psicológica, donde una mujer que promedia su treintena plantea que desea reflexionar acerca de un proyecto individual de maternidad. Se trata de jóvenes que en ese momento no tienen una pareja con quien hacer un proyecto en común, y se proponen invertir el orden tradicional de los eventos familiares y reproductivos. Si en la era de la solidez el noviazgo precedía al matrimonio y a éste seguían los hijos, hoy aparece como una alternativa posible tener un hijo en soledad, para intentar formar posteriormente una pareja.
Para los terapeutas existe el riesgo del prejuicio. En muchas ocasiones se han elaborado hipótesis explicativas que respondían, más que a la teoría psicoanalítica, al sentido común consensual de una clase y de una época, con el agravante de que fueron presentados como un discurso de saber. En las cuestiones vinculadas con la feminidad y la sexualidad femenina, este sesgo ha sido considerable. Así fue como estos aspectos de la teoría se han convertido en su costado más vulnerable.
Veamos algunos argumentos que patologizan esta opción reproductiva desde una óptica anclada en la modernidad temprana.
Si tomamos el modelo edípico como el camino por el cual debe transitar el desarrollo psicosexual para alcanzar un estatuto de adultez, la monoparentalidad se percibe como una falla evolutiva. Cuando esta situación no es padecida por causa de los avatares de lo inconsciente y del encuentro con el otro, sino que constituye una alternativa buscada de modo deliberado, es frecuente suponer que se trataría de una mujer fijada en una posición pregenital, o sea que desea la reedición de una relación de apego temprano entre madre e hijo, sin que ese hijo sea percibido como fruto o resultado del amor heterosexual de pareja. La representación de un hijo podría referirse al que las niñas desean tener con la madre, tal como lo ha descrito Freud (“Sobre la sexualidad femenina”).
A esto se agrega el supuesto de que ella está en una posición subjetiva de omnipotencia, que le impide evaluar las dificultades inherentes a la crianza de un niño. De este modo, sobreestima sus propios recursos materiales y psíquicos y pone en riesgo al menor. El fantasma del incesto sobrevuela la escena: el hijo/a podría ser considerado de modo imaginario como resultado de la unión virtual endogámica con uno o ambos progenitores. La diferencia entre las generaciones podría estar en entredicho y, para una cierta normativa del desarrollo psíquico, el establecimiento de las diferencias sexuales y generacionales habilita el acceso a un estado saludable.
Como consecuencia de esas características consideradas como patológicas, el chico/a estaría en posición de pareja virtual de su madre, con lo que el círculo del incesto se cerraría. Para ese niño se augura un destino de soledad o de homosexualidad.
Es posible discutir estos supuestos a la luz de modelos alternativos del desarrollo, que abrevan en la observación clínica contemporánea realizada sobre la base de un marco teórico psicoanalítico intersubjetivo, con perspectiva de género.
En muchos casos, las relaciones conyugales están signadas por necesidades infantiles de apego y cuidados y la sexualidad adulta desempeña en ellas un papel secundario. Es frecuente que la sexualidad conyugal se arruine cuando nacen los hijos. La unión, sin embargo, se mantiene, lo que revelaría una prioridad del apego por sobre la sexualidad como motivación principal para sostener el vínculo de pareja y la unión de la familia (ver Avances en psicoterapia psicoanalítica, Barcelona, Paidós, 1997, de Hugo Bleichmar).
Paralelamente, puede darse el caso de que una mujer valore en grado elevado la unión de pareja y no la haya constituido en el momento de decidir tener un hijo, ya sea por adopción, inseminación o a través de una relación no comprometida, debido a que sus expectativas responden a la especificidad que deriva de la individuación posmoderna. Esa actitud no implicaría forzosamente una falta de deseo heterosexual, sino que sería un indicador de selectividad, que resulta previsible en sujetos muy individualizados.
En cuanto a la omnipotencia que impide una adecuada evaluación de las responsabilidades a asumir, veremos que las parejas conyugales no están a salvo de esta dificultad. En muchos casos se disuelven y es la madre quien queda a cargo de la crianza cotidiana. Cuando el padre claudica y desempeña su rol de un modo escaso y discontinuo, es la madre quien se enfrenta con la necesidad de desempeñar las diversas funciones que deben cumplir los adultos para humanizar a un niño. Es posible conjeturar que una mujer deliberadamente “omnipotente” está mejor preparada para una situación que ha elegido, en comparación con quien padece de un modo traumático la asunción de la monoparentalidad que no ha sido prevista en su proyecto de vida. Por otra parte, ser progenitor único no implica carecer de una red de contención y colaboración, formada por parientes y amigos.
El aislamiento de la díada madre-hijo favorece la intensificación del vínculo y, efectivamente, es recomendable nutrirlo mediante la búsqueda de relaciones con amigos y parientes, así como con otros niños. Sin embargo, al igual que en otras situaciones, el carácter incestuoso del vínculo puede estar presente en hogares con dos progenitores, donde uno de ellos no es reconocido subjetivamente por el otro. Los casos de abuso sexual consumado se dan generalmente en parejas conyugales que conviven, y son los padres o padrastros quienes perpetran el incesto, al menos en una abrumadora mayoría de los casos conocidos.
Por otra parte, un progenitor sin pareja puede desearla, buscarla y eventualmente encontrarla, con lo que el niño tendrá problemas parecidos a los que padecen los chicos hijos de familias ensambladas, con la diferencia de que no cuenta con un progenitor biológico no conviviente, lo que implica inconvenientes pero también ventajas.
Finalmente, debemos recordar que los hijos pueden parentalizarse y ocupar un lugar imaginario de pareja de sus madres o eventualmente, de sus padres, tanto en las familias nucleares como en las ensambladas o las monoparentales. No hay que buscar una correspondencia lineal entre la estructura manifiesta de una familia y las relaciones intersubjetivas que se desarrollan en su interior. La índole de los vínculos depende de aspectos psíquicos de quienes integran la red vincular, no sólo de los aspectos formales de la familia.
Resulta pertinente realizar una reflexión acerca del nexo que existe entre estas formas contemporáneas de familiarización y el estado actual de los lazos sociales. El capitalismo tardío promueve la individuación (El nacimiento de la familia moderna, de Edward Shorter, Buenos Aires, Crea, 1977), pero también un individualismo aislado que constituye una exacerbación y de algún modo una perversión del proceso evolutivo de discriminación y establecimiento de un sí mismo peculiar e irrepetible. Libres del control comunitario, suspiramos por un poco de sociabilidad, que no se halla en los espacios donde circulamos de modo solitario, entre multitudes que constituyen agregados y no forman grupalidad.
¿Cómo volver a tejer lazos con los semejantes en este contexto? En los contactos virtuales se prefiere la imago al objeto externo, y cada uno se comunica con un otro que es a medias existente y a medias imaginarizado. Esta situación se asemeja a una versión contemporánea del espacio intermedio que Winnicott describió como una zona de ilusión que permite al infante tolerar la alteridad, con la diferencia de que ahora se ha instituido como espacio de la sociabilidad adolescente y adulta.
Los relatos conjeturales de Freud (Tótem y Tabú, Psicología de las masas y análisis del yo, El malestar en la cultura) acerca del modo en que el lazo social fue construido, enfatizan la ausencia del estro en la especie humana y el modo en que esto hizo posible la continuidad de la pareja heterosexual. Pero el creador del psicoanálisis también considera que la sociabilidad deriva de la libido homosexual masculina sublimada. Con esto sugiere que la sociabilidad se ha establecido entre varones (“La familia. Antecedentes históricos y perspectivas futuras”, de Irene Meler, en Género y familia, de Mabel Burin e Irene Meler, Buenos Aires, Paidós, 1998), y el amor sublimado entre ellos es lo que morigera el odio narcisista, lo cual ha permitido suscribir un contrato social que permita convivir de modo cooperativo.
Un relato alternativo surge desde un enfoque psicoanalítico intersubjetivo, donde se asigna importancia primordial al vínculo temprano entre la madre y el infante. Desde esta perspectiva, consideramos que la sociabilidad nace del desamparo infantil y del imperativo de asistirlo. Es entonces en la relación madre-hijo donde debemos buscar la génesis del lazo social. Nuestra especie, que adviene al mundo en estado de prematuración, está destinada a la sociabilidad.
Tal vez estas madres que optan por criar de modo individual parezcan omnipotentes desde una perspectiva normativa anclada en los tiempos del Edipo. Pero, en una cultura narcisista e insolidaria, es posible pensar que están al menos luchando por transmitir la vida, cuidando ese germen primordial de vincularidad que titila, sin extinguirse, a la espera de tiempos mejores.

* Coordinadora del Foro de Psicoanálisis y Género (APBA) y coordinadora docente del Diplomado Interdisciplinario de Estudios de Género (UCES). Trabajo presentado en el Foro de Psicoanálisis y Género (APBA), noviembre de 2005.

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