EL PAíS › OPINION

Con un matafuego, antes de que se arrebate el asado

 Por Raúl Dellatorre

El consorcio de frigoríficos exportadores creía haber recuperado su poder de presión sobre el Gobierno. En las últimas horas dejó correr la versión de que el Gobierno cedería a su reclamo de reducción de las retenciones a las ventas externas de carnes frescas y congeladas, que Lavagna había elevado pocos días antes de dejar el cargo de 5 al 15 por ciento. Incluso, estas mismas versiones pusieron en duda la continuidad de Miguel Campos, secretario de Agricultura, a quien algunos interesados ya daban por “renunciado”. “Las retenciones no se sacan”, ordenó Felisa Miceli a sus colaboradores, cuando la negociación parecía arrebatarse, como el asado cuando el fuego levanta llamas. No iba a ser la última palabra: todavía faltaba el contraataque a la política de presión de los grandes exportadores, que se decidiría minutos después en el despacho presidencial.
Entre los frigoríficos exportadores y los que faenan para el mercado interno no hay una comunidad de intereses sino un conflicto. Con dólar alto y mercados externos demandantes, los primeros tienen excelente rentabilidad, que traducen en demanda interna de más y mejores animales vivos, lo que eleva los precios y resta oferta de hacienda para los establecimientos que trabajan para el mercado interno. Las retenciones, que les quitan rentabilidad a los primeros, son repudiadas por éstos pero celebradas por los frigoríficos del mercado doméstico, porque obliga a los exportadores a bajar el precio que pagan por la hacienda y a comprar menos.
En Economía sostienen que la suba a las retenciones aplicada por Lavagna antes de irse comenzarán a rendir frutos en las próximas semanas, bajando el precio en mostrador de la carne. Salvo que hubiera maniobras de los principales grupos exportadores para provocar un efecto contrario. Por ello, la decisión de ayer –todavía no escrita– de volver a subir las retenciones es tanto un mensaje político como una definición técnica. Creen en ese instrumento, pero además hay decisión de enfrentar cualquier presión corporativa.
¿Por qué la flamante ministra se juega tan a fondo en la lucha para bajar los precios, al punto de haberlo convertido en el asunto excluyente de su primera semana de gestión? Porque no sólo ella sino también Néstor Kirchner están convencidos de que se ha instalado ese fantasma en los últimos meses y, si no se logran desarmar esas expectativas, la remarcación de precios volverá a ser una práctica constante.
“Hay desfasajes que importan más que otros y el del último mes no es cualquier desfasaje: es la canasta básica la que subió 3,3 por ciento”, señala un estrecho colaborador de Miceli en el ministerio. Según la interpretación de los actuales habitantes del Palacio de Hacienda, ninguna de las condiciones actuales en materia macroeconómica convalida la existencia de un proceso inflacionario. Sin embargo, las subas en las materias primas e insumos que se produjo durante el 2002 y parte del 2003 en respuesta a la devaluación recién ahora se traslada a los fabricantes de productos finales, “porque hay más demanda y más salida de productos”, según entienden.
En Economía no creen que la solución sea esperar a que los precios se reacomoden a un nivel más elevado para que vuelvan a estabilizarse. “O tomamos partido a favor de la distribución del ingreso, o el beneficio del crecimiento económico vuelve a quedar en manos de sectores monopólicos”, se la escuchó arengar a Miceli a los suyos varias veces esta semana. La receta es clara: trabajar sobre todos los sectores desagregando costos, revisar la cadena de valor y actuar sobre aquellos mercados que no tienen competencia. “La idea es generar abastecimiento a precios que no tienen por qué ser los que vienen del mercado mundial”, sintetiza un alto funcionario de Economía. ¿Cómo piensan lograrlo? “Todos los instrumentos son aplicables”, sentencia el estrecho colaborador de la ministra. “Seguiremos el ejemplo de la nafta, en la que en base a retenciones se logró planchar el precio interno, incluso cuando el barril de petróleo llegó a 70 dólares”, recuerda. La industria frigorífica parece ser ahora el banco de prueba. Felisa Miceli se juega en él algo más que una rebaja en las pizarras de las carnicerías. Y bien lo sabe.

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