PSICOLOGíA › EL PODER DE LA TRANSFERENCIA, EN UNA ANECDOTA DESOPILANTE

“No te vayas así, José”, dijo el psicoanalista

La verídica historia del paciente que para poder finalizar su tratamiento huyó literalmente de la sesión, mientras el psicoanalista le gritaba interpretaciones desde el séptimo piso, sirve para presentar la noción de un “poder transferencial”.

 Por Eduardo Pavlovsky

Voy a relatar un ejemplo del “poder transferencial”. En la década del 70, un psicoanalista me comentó la siguiente anécdota. El analista no era amigo mío, era simplemente conocido y pertenecíamos a ideologías muy diferentes. Yo me estaba yendo de la APA con el Grupo Plataforma. Creo que intentaba sincerarse conmigo porque anhelaba analizarse con mi analista de ese momento y pensaba que su relato podía “afectarme” como para recomendarlo. Finalmente, mi analista lo tomó en análisis años después. José (así llamaré al psicoanalista) me comentó que, después de veinte años de análisis continuados a razón de cuatro sesiones semanales, se peleó con su analista didáctico por “causas morales”. No me explicó de qué se trataban esas causas morales, yo no le pregunté nada; sólo intentaba escucharlo. Contó que un día se sentó en el diván y le dijo a Raúl (su analista didáctico), luego de una breve explicación no muy clara: “Raúl, mi análisis con vos termina en este momento. No soporto más estar aquí”. Salió corriendo por una puerta que daba a la cocina de la casa de Raúl y, abriendo otra puerta, se encontró huyendo por las escaleras a toda velocidad.

El consultorio estaba en el séptimo piso. Al llegar al quinto piso, comenzó a escuchar la voz de Raúl que, desde el séptimo, hacía sonar sus interpretaciones por el hueco de la escalera: “No te vayas así, José, esto es un acting out. No puedes huir. Huir es quedar a expensas de Tanatos. Ven, sube y conversamos”.

Según José, los gritos de Raúl eran ensordecedores. El, ya en pleno ataque de pánico, seguía bajando a toda velocidad las escaleras ante la mirada atónita de la gente de los otros departamentos, que se agolpaba. Alguno incluso pensó que era un ladrón circunstancial y fue a llamar a la policía.

José: (ya en el quinto piso) –Déjame tranquilo, Raúl, no me interpretes más.

Raúl: (gritando cada vez más fuerte a medida que José se alejaba) –Te estás dañando, hijo. Tu cuerpo no va a aguantar. Son muchos años para terminar así. ¡Cuidado con tus arterias! ¡Cuidado! ¡Cuidado!

Llegando al tercer piso, José tuvo que detenerse porque sintió un fuerte dolor en el pecho y tuvo miedo de hacer un infarto; se sentó en la escalera a descansar.

Raúl: –Muy bien José, muy bien. Has detenido tu huida. Descansa un poco. Respira hondo en la escalera.

Aquí los gritos de Raúl, según José, sonaban dentro de su cuerpo, como si estuviera poseído por Raúl. ¡Insight! ¡Insight!, gritó Raúl con todas sus fuerzas en su última intervención transferencial.

Me cuenta José que, sentado en uno de los escalones del tercer piso, sintió un aumento del dolor precordial; su pulso tenía todo tipo de arritmias y la situación lo asustó mucho. Temía morirse allí.

La gente seguía agolpada en las escaleras.

José se levantó lentamente y comenzó a subir, tomándose de la baranda, hasta el séptimo piso. Mientras subía, en condiciones casi miserables, comenzó a notar que su dolor precordial iba disminuyendo y que su pulso se iba normalizando. Lo que más le llamó la atención es que en ese, para él, largo camino, un coro de aplausos provenientes de todos los pisos lo acompañaba, situación que, según sus palabras, lo reconfortó mucho.

Al llegar al séptimo piso, donde Raúl atendía, se encontró con la cama, que lo esperaba con un vaso de naranjada en la mano mientras le decía: “Dice el doctor Raúl que tome el vaso de naranjada y que lo está esperando en el consultorio”.

José tomó su vaso de naranjada y lentamente se encaminó hacia el consultorio de Raúl, a quien encontró sentado en su sillón. Raúl, dirigiéndose a José, le dijo: “Ven hijo, acuéstate en el diván y comienza a asociar”.

El análisis de José duró tres años más. Después de que, con el consentimiento de ambos, terminó, fue cuando José se acercó a mí para contarme esta preciosa anécdota, que lamentablemente no es un relato de ficción, sino la pura realidad del acontecimiento.

Quisiera agregar que yo conocía personalmente a Raúl y que era un hombre de una ética excepcional. Raúl actuó de absoluta buena fe con José. Si hoy me animara a hacerle alguna crítica diría que era un apóstol del psicoanálisis. El inconsciente era Dios y él construía un mundo de religiosidad con el psicoanálisis y con su vida, que fue un verdadero apostolado.

Hoy, muertos los dos, me animo a relatar la anécdota porque, en esa época kleiniana, la transferencia tenía una mística muy especial, y la anécdota es una simple ilustración de esa época. Raúl era un religioso del psicoanálisis, un convencido de que el inconsciente liberado era más importante que la lucha de clases.

Una de las genialidades de Freud fue transformar el proceso de la transferencia, como resistencia en los tratamientos psicoanalíticos, en la transferencia como motor de la cura. Richard Sterba nos decía en la APA, en 1966, que, en su análisis con Freud, el maestro le había comentado que, en el comienzo de sus tratamientos psicoanalíticos, había percibido que sus pacientes femeninos se “enamoraban” de él, y que Freud comenzó a observar que estos “enamoramientos” intensos se oponían al tratamiento de la asociación libre. Nos comentó además que a Freud le llamaba la atención su “éxito”, porque él no se consideraba hombre capaz de despertar tantos amores y desvelos.

Esta resistencia transferencial fue transformada, entonces, paulatinamente, en el análisis de la transferencia y en el motor y eje del tratamiento psicoanalítico y de la cura.

El genio de Freud puede ser evaluado sólo por este descubrimiento, que requiere de una ética y de un rigor científico excepcional. Lacan dice que el psicoanálisis es una ética. Y creo que esta ética se juega en la transferencia como lugar primordial. La transferencia es la textura intrínseca donde se juega la ética del análisis. Nosotros conocemos que, de no ser así, pueden aparecer los acting sexuales, o los analistas como gestores de las reservas económicas de sus pacientes, bajo pretexto de mantener los ahorros de los pacientes a resguardo. En nuestro país hubo dos analistas que, utilizando el poder de la transferencia, sustrajeron dinero de sus pacientes. También el mal uso de la transferencia se utiliza a veces como factor de poder en las instituciones. El analizado se transforma en gestor de la política institucional del analista. En estos casos no fue usado como motor de la cura, sino como perversión, abuso del poder transferencial con fines espurios.

Pienso que la mayoría de los psicoanalistas argentinos intentan seguir la línea del viejo maestro austríaco. Pero no es fácil ser psicoanalista.

A mí hoy también me parece que la anécdota de José y Raúl –contada por José– tiene un valor estético excepcional. En cine, Vittorio Gassman y Marcello Mastroianni nos hubieran hecho destornillar de risa frente a una escena tan singular. Pero, conociendo a los protagonistas, debo agregar que la estética de la escena involucraba a los dos actores en un manto de verdad stanislavskiana. Había mucho dolor en ambos. No es fácil hacer la escena sin caer en caricatura. Yo no me animaría a realizar ninguno de los dos papeles. Tampoco sabría, como director de cine, darles indicaciones “verdaderas” a los protagonistas.

Maravilla misteriosa de la transferencia.

Maravilla estética del poder transferencial.

Aquí la realidad supera a la ficción.

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