SOCIEDAD

Había una vez un circo social

El proyecto nació hace 13 años en la villa 24, de Barracas. Hoy son 320 los pibes de 8 a 23 años que estudian y juegan en el Circo Social del Sur, una iniciativa que apunta a la “integración y educación de jóvenes en situación de riesgo”.

 Por Carlos Rodríguez

“El circo es solidaridad, es trabajo en equipo, es asumir la responsabilidad por el otro. En la pirámide humana, los que están en la base tienen que ser responsables por los demás, lo mismo que el que camina con zancos sobre el escenario.” Las metáforas de Mariana Rufolo tienen vuelo de trapecio, se elevan como los estudiantes o egresados del Circo Social del Sur cuando trepan por las telas buscando el techo. Para muchos chicos, como es el caso de Sergio “Pitu” Ferro, que hoy tiene 21 años y que empezó a columpiarse siendo un niño, cuando tenía 9, la acción de “elevarse” va mucho más allá de la metáfora o la pirueta circense. A él, como a los 320 pibes de 8 a 23 años que estudian y juegan en el circo, se les abrió la puerta a un mundo antes inaccesible para cualquier chico de la villa 24 de Barracas o de cualquier otro barrio pobre. Pitu trabaja ahora como ayudante de cocina, pero como artista y profesor de circo aspira a vivir de la profesión que ama. Rufolo afirma que el objetivo de esta asociación civil, que viene trabajando desde comienzos de la década del noventa, es “utilizar el circo como herramienta de integración y educación de jóvenes en situación de riesgo”.

El Circo Social del Sur, como tal, fue fundado en 1995, pero desde antes Mariana Rufolo, una de sus creadoras, venía trabajando en las villas con talleres de malabarismo y de zancos, para niños y jóvenes. “El circo es un arte milenario. En los barrios pobres, los chicos tienen poco acceso a la cultura, pero todos algunas vez vieron un circo o saben lo que hace el malabarista o el payaso. Por eso el circo les resulta muy atractivo. Ese fue y es nuestro punto de partida”, sostiene Mariana, que sigue al frente de un proyecto que está conectado, a nivel mundial, con otras iniciativas similares, como el Circo del Mundo-Chile (ver nota aparte) o el famosísimo Cirque du Soleil, del que reciben apoyo en forma permanente.

La charla con Mariana, mientras los chicos hacen piruetas en las alturas o sobre las colchonetas, transcurre en una enorme sala que alguna vez albergó a los trabajadores y a las máquinas de una fábrica de artículos de goma ubicada en Iguazú 451, en el barrio porteño de Parque de los Patricios, zona fabril porteña por excelencia cuando la palabra desempleo era ajena al léxico de los argentinos. La fábrica Bruno y Compañía, nombre que todavía está inscripto en la parte más visible de la enorme y blanca pared de la fachada, ahora es propiedad de la Comunidad Hipermediática Experimental Latinoamericana (Chela), cuyos dueños le concedieron un espacio al Circo Social del Sur, en comodato, por un plazo de seis años.

“El trabajo que realizamos es de formación en las técnicas del circo, a través de una propuesta donde el entrenamiento, la destreza y la expresividad tienen un objetivo social, el de preparar en la vida a los chicos y a las chicas para que puedan desarrollar conciencia en cosas importantes como la salud psicofísica.” De esa manera, sostiene Mariana, intentan contribuir “a la prevención de situaciones de riesgo social”. Los talleres de circo se realizan en la sede de Parque de los Patricios, pero los instructores –la mayoría de ellos ex alumnos de la escuela– también se trasladan a la villa 21.24 de Barracas, a la de Ciudad Oculta o a la villa 31 de Retiro, como también a una serie de comedores comunitarios o asociaciones barriales de la Capital Federal, el Gran Buenos Aires e incluso a ciudades de otras provincias argentinas.

Desde hace un tiempo vienen realizando una experiencia en la estación Constitución, en colaboración con voluntarios del Servicio Paz y Justicia (Serpaj), organismo presidido por el premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel. “Lo que hacemos es recorrer la zona en la búsqueda de chicos en situación de calle, para decirles si quieren aprender las técnicas de malabarismo, acrobacia y otras disciplinas. A veces tenemos apenas dos aspirantes y otras veces logramos que vengan diez, en algunos casos acompañados por sus madres o hermanos”, cuenta Mariana. El resultado puede variar: “Hay chicos que vienen una o dos veces y otros que se enganchan y después siguen viniendo a los talleres para continuar con el aprendizaje”. Las “funciones” en Constitución se hacen los jueves, a las 18, en el hall donde se venden las tarjetas para el subte.

Sergio “Pitu” Ferro estudió en el Circo Social del Sur desde los 9 hasta los 18 años. “Yo vivía con mi familia en la villa 24 de Barracas y fui uno de los primeros alumnos de la escuela de circo. A mí me gustaba andar por los aires, el trapecio, la tela. También hacía malabarismo y acrobacia. En los primeros tiempos, para mí era sólo un juego, pero el circo te va atrapando y ahora soy un profesional que quiere vivir de lo que más le gusta.” A los 21 años, Pitu trabaja como ayudante de cocina y es instructor en el Circo Social del Sur, al que volvió el año pasado. Hace 15 días, con el circo, estuvo dando funciones en la provincia de Córdoba, en el festival Yo me Río Cuarto, que se realizó en esa ciudad.

Pitu ya no vive en la villa, pero sigue cerca de los chicos que están en la calle. “En Constitución buscamos entre los que están pidiendo monedas en las boleterías del tren o del subte. Lo que se busca es acompañar a los chicos hasta que se hagan adultos”, explica el joven. El Circo Social del Sur desarrolla su acción “en contextos de marginalidad” para promover “un modelo alternativo de prevención, educación y construcción comunitaria”. En un marco de juego, también se transmiten “reglas, puntos de referencia y valores que favorecen una mejor integración social y que facilitan el trabajo grupal”, dice Mariana.

Después de estudiar danza y expresión corporal, Mariana se dedicó de lleno al circo, como trapecista, y ahora también como coreógrafa de los espectáculos que hacen los alumnos avanzados o los que ya egresaron. “El circo es muy importante para los chicos que llegan porque es una escuela de autodisciplina. Para subir al trapecio tenés que aprender a protegerte y a proteger a tus compañeros. El aprendizaje en el circo es duro y muy exigente en lo físico. Eso permite canalizar la energía de una manera creativa. La hiperactividad que desarrollan acá podría desviarse en agresividad, pero el circo los contiene y los ayuda dándoles satisfacción y gratificación inmediata en el mismo momento del aprendizaje.” Mariana Rufolo concluye diciendo que el circo es para los chicos que llegan “una herramienta de convivencia consigo mismos y con los demás”.

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Imagen: Marisela Mengochea
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