SOCIEDAD › ARGENTINOS QUE PRACTICAN SUMO, EL DEPORTE NACIONAL JAPONES

La lucha continúa

La disciplina gana adeptos en el país. Y no sólo entre hombres: ya hay mujeres que engordan para poder pelear. Sus promotores dicen que “se puede ser flaco y practicar”.

 Por Sonia Santoro

Un círculo verde encierra a los contrincantes: ella 1,56 metro, 54 kilos, pelo negro y ojos afilados. El, casi dos metros montados sobre unos 100 kilos. En cuclillas, con los dos puños apoyados por delante del cuerpo, se miran detrás de dos líneas amarillas. El árbitro da la orden: ¡Hanoi! Y ella se lanza sobre una pierna del contrario. Forcejean, él no logra sacársela de encima, como si se tratara de una garrapata que no pudiera arrancarse. Cinco segundos más tarde, ella lo hace trastabillar y lo saca fuera del círculo. Fin de la lucha. No hay grandes festejos, como ocurre en todos los combates de sumo. Una disciplina amateur en el país que intenta sumar cada vez más adeptos y también adeptas, de todas las edades y pesos, a fuerza de desmitificar en la Argentina al deporte nacional del Japón.

Ella se llama Maximiliana Villarreal, tiene 22 años y un amor por las artes marciales que comenzó por el judo cuando tenía 15. En el 2007, la invitaron a sumarse al sumo y no lo dudó. Había un campeonato sudamericano por delante y eso la tentó. El grupo de mujeres argentinas salió tercero y era la primera vez que participaba.

Para eso tuvo que aumentar de peso porque la categoría en la que entraba era de hasta 62 kilos y con los 50 de entonces corría en desventaja. En contra de los prejuicios sociales, no titubeó en agrandarse cuatro kilos para acercarse un poco a sus contrincantes. “Es todo o nada en segundos, eso me gusta”, dice, a un lado de la clase abierta que dan semanalmente en el Centro Okinawense de San Cristóbal, en San Juan y Jujuy.

“Es muy buena, muy buena”, repite una señora, admirada y sorprendida de que pueda contra ese grupo de varones corpulentos. “Influye mucho tener la mente fría y la técnica. No importa que sea el doble o triple que vos, tenés que salir para adelante y con técnica y experiencia podés ganar”, explica Villarreal.

El sumo es el deporte nacional de Japón y está rodeado de ceremonias que convierten a sus luchadores en semidioses, gordos personajes que son cuidados y alimentados, mientras viven en una especie de colegio y siguen un exigente entrenamiento. El que se practica en la Argentina, y fuera de Japón, es amateur. Es decir que fue despojado de todos esos ritos ancestrales para dar paso a un deporte accesible a la población, y en el que la única exigencia posible es “tener poca vergüenza” para poder vestir el mawashi (esa especie de chiripá, que aquí usan sobre calzoncillos o calzas) y “ganas de practicarlo”, dice Rodrigo Menehem, contador y luchador, de 27 años, que hace seis descubrió esta pasión, después de practicar judo y rugby. “Me invitaron. A los rellenitos de judo se los separa para sumo”, dice riendo. Le atrajeron “la filosofía, que se basa en el respeto al prójimo, la cordialidad... No hay mala intención en la lucha; por ejemplo, si ganás no podés festejar dentro del círculo”, dice. También le gustó que fuera un deporte de potencia. Lo mismo que a Juan Ignacio Loizaga, que hace dos meses dejó el rugby por el sumo. “Todos deportes de gordos –dice entre risas–. Hacer fuerza y que sea un deporte de contacto me gusta, es un cable a tierra”.

A pesar de que la mayoría de quienes lo practican en la Argentina son hombres corpulentos y hasta gordos, Sebastián Videla y Hernán Fiorito, los profesores que están impulsando el deporte en estos momentos, quieren borrar esa idea de la gente: “Hay prejuicio con el peso, queremos transmitir que podés ser flaco y practicar”, dice Videla, con un esbelto y musculoso cuerpo forjado con 20 años de práctica de judo. De hecho, la Federación Internacional de Sumo está difundiendo el sumo keiko taiso, una serie de ejercicios para la salud, basados en el sumo y pensados para personas de todas las edades (ver recuadro).

Videla practicaba con el maestro Soma, ya retirado, y desde hace tres años tomó la posta de la difusión de esta arte marcial, que todavía sigue siendo una rareza: en el país hay unos 30 hombres y 5 mujeres que lo practican regularmente. También hay un par de chicos que lo van probando luego de las clases de judo. “Lo que pasa es que pierden rápido y no les gusta”, dice Videla. “Les cuesta pero se les forja un carácter”, apunta Menehem.

Las clases son de hora y media o dos horas. Comienzan con un entrenamiento en el que fortalecer las piernas es uno de los ejes de trabajo. Luego practican luchando.

La lucha consiste en dos hombres o mujeres enfrentados en un ring de 4,55 metros de diámetro llamado dohyo. Visten el mawashi porque simboliza la lucha limpia, es decir que no llevan ningún tipo de armas ocultas. El objetivo es sacar al oponente fuera del dohyo o lograr que cualquier parte de su cuerpo (excepto las plantas de los pies) toque el suelo. No vale tirar del pelo, pegar en los ojos ni golpear con puño cerrado, entre otras cosas, pero sí se pueden usar empujones, zancadillas, cachetadas con la palma abierta. Los encuentros suelen durar pocos segundos, aunque los mejores son aquellos que se estiran hasta un par de minutos.

Para mantener el espíritu, dos veces por año, se juntan a comer chanko–nabe, un guiso a base de verduras, carne, pollo, pescado, cerveza entre otros ingredientes, que es una comida llena de calorías y proteínas típica de los luchadores japoneses.

A miles de kilómetros de su origen, por un día, disfrutando de esa sopa apetitosa, se sienten esos semidioses japoneses. Y reinventan un deporte que en la Argentina, una rareza, practican pocos nipones.

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Imagen: Martin Acosta
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