SOCIEDAD › ROBOTICA, TECNOLOGIA Y PERCEPCION EN LAS CHARLAS SOBRE EL FUTURO

Seis sentidos para el hombre

Pattie Maes sabe que tenemos visión, oído, olfato, tacto y gusto, pero quiere agregarnos más capacidades sensoriales. En las conferencias sobre el futuro realizadas en California, demostró la interacción posible entre inteligencia artificial y humana.

 Por Adrián Paenza

El hombre, hasta hoy, tiene cinco sentidos: visión, audición, olfato, tacto y gusto. Ya sé... ya sé: lo que no se entiende es por qué escribí “hasta hoy”. Es que hay científicos ocupados en lograr que agreguemos un sexto sentido a la lista. Pero, claro, no se trata ni de la telepatía ni aquellos que pregonan que pueden hacer volar o leer el futuro. No. Me refiero a agregarle/agregarnos a los seres humanos una dimensión más. Acá voy.

En el marco de las conferencias TED, que se hicieron en febrero en Long Beach, California, Nicholas Negroponte me tomó de un brazo y me dijo: “Préstele mucha atención a la exposición de Pattie Maes”. Eso hice. Maes se subió al escenario precedida por su impresionante currículum (ver recuadro). Lo que yo no sabía (aún) es que terminaría con la boca abierta, asombrado. El primer minuto lo usó para presentar a uno de sus alumnos, Pranav Mistry, original de Palanpur, un pequeño pueblo ubicado en la India. Nos hizo advertir a todos que Mistry llevaba en su cuerpo una cámara de fotos digital, un pequeño proyector, un espejo y un teléfono celular. Y además, tenía colocados dedales de distintos colores en los pulgares y dedos índices de cada mano. Maes hizo una suma apurada del costo del equipo que llevaba Mistry y lo estimó en algo así como 350 dólares.

¿Y?

Nada. A partir de allí comenzó la proyección de un video en donde se lo ve a Mistry, apuntando imaginariamente hacia una pared que distaba de él unos tres metros. Movía las manos como en una danza árabe, y se permitía, cada tanto, tocar una paleta virtual (con distintas tonalidades) que aparecía graficada también sobre la pared y que le permitían cambiar el color con el que aparecía el dibujo. Y además, lograba distintas formas.

Después, cambió la posición de sus manos y apareció proyectado un mapa rectangular de la zona (en este caso Boston), como los que ofrecen actualmente los GPS (Global Position System o sea, Sistema de Posición Global). Mientras Mistry seguía haciendo piruetas con los dedos, el mapa cambiaba de tamaño. Después, juntaba el pulgar e índice de cada mano y al apuntar hacia la pared, lograba que el mapa fuera más preciso en una determinada zona, hasta llegar a exhibir la calle en la que él estaba parado.

La gente que estaba sentada en el auditorio parecía moverse incómoda en los asientos. Mistry seguía en el video. Ahora se lo veía en la calle, frente al río Charles, caminando por la costa. Se para en un momento de su caminata, apunta a uno de los puentes que cruzan de una a otra costa, y posiciona sus manos como si estuviera por sacar una foto. O sea, piense qué gesto haría usted para demostrarle a otra persona que le está sacando una foto, pero ¡sin tener una cámara! La diferencia es que aunque no lo pareciera, Mistry ¡estaba sacando fotos! Y éstas aparecían reproducidas (y archivadas) en la pantalla de la cámara digital que pendía de su cuello.

Más tarde, ahora sobre una pared, aparecían todas las fotos y Mistry (siempre desde una distancia de tres metros aproximadamente) las acomodaba una sobre otras, eligiendo el orden que prefería. Y al mover las manos, les cambiaba la forma y el tamaño.

Toda persona que ha trabajado frente a una computadora, sabe que todo lo que yo describí más arriba es fácilmente conseguible si uno tiene los programas adecuados. La dificultad no reside, obviamente, en poder hacer lo que yo veía. Lo que lo hacía impactante es la interface, es decir, que si bien él llevaba todo colgando de su cuello o prendido en su ropa, no necesitaba usar cada artefacto en el sentido clásico. Sus manos, y los cuatro dedales, reemplazaban cada objeto.

Siguió después proyectando el pronóstico del tiempo sobre la pared y cambiando de localidad... pero ya eso era más de lo mismo. Una vez que uno advierte que lo que puede hacer con su computadora lo puede trasladar y proyectar en una pared, el resto es fácilmente imaginable. Pero no fue todo, ni mucho menos.

Mistry extendió el brazo izquierdo, con la palma de la mano hacia arriba. De pronto, aparece replicada en esa mano el dibujo de un teclado como para discar, como si fuera de un teléfono. Más aún: no como si fuera un teléfono, sino que era la réplica de un teléfono. Con el índice de la mano derecha pulsaba cada dígito y al final, cuando terminó de discar, apareció la tecla verde para iniciar la llamada. Mientras hablaba, con el audífono inalámbrico (Bluetooth) que tenía en el oído derecho (vastamente conocido hoy), quiso saber la hora. Pero no tenía reloj. Entonces, puso la mano izquierda con la muñeca hacia arriba, haciendo el gesto característico de una persona que quiere saber qué hora es. Mistry hizo un círculo con sus dedos y súbitamente, aparece dibujado sobre esa muñeca ¡un reloj! Con manecillas y todo. Le faltaba la cuerda. Y por supuesto, indicando la hora correcta.

Maes tomó la posta. Explicó que la idea es tratar de unificar todos los aparatos que llevaba Mistry en uno solo, hasta que alcance llevar una réplica de lo que hoy son los teléfonos celulares o los famosos i-phones de Apple pero de manera tal que todas las funciones de cada aparato queden reunidas en el nuevo artefacto.

Pero habría más. Mirando al público, Maes ofreció el siguiente ejemplo: “Cuando ustedes van caminando dentro de este edificio, y se encuentran con algunos de los participantes de estas conferencias, pueden leer el nombre en la credencial que cuelga del pecho de cada uno de ustedes. Si uno tuviera tiempo de ir hasta una computadora (conectada a Internet), uno podría fijarse en Google o Yahoo y obtendría los datos personales de quien tienen enfrente”.

“El problema no es que no haya información. La información ¡está! El problema es que en ese momento esa información no es accesible. Salvo que uno tenga ya preparado el sistema de Mistry y en el momento de estrecharle la mano, aparece dibujada en la ropa del interlocutor, la información que uno encontraría en Internet, digamos usando Google o Yahoo.”

Y lo probó en vivo, allí, en el escenario. Y también dijo que si uno fuera a un supermercado y quisiera comprar un frasco de mermelada de frutilla, se encontraría con que hay diferentes marcas. ¿Cuál comprar? ¿Cómo elegir? ¿Cuál es la mejor en calidad y precio? El sistema que llevaba Mistry le permitía apoyar el índice en cada uno de los frascos y obtener en el momento la comparación entre cada una de las que tenía enfrente de él. Por ejemplo, apoyaba el dedo en una de ellas, y aparecía un círculo amarillo, indicando que si bien no es la peor (que llevaría un círculo rojo), tampoco es la mejor (que tendría uno verde). Así, pasando la mano por cada una de ellas, podría elegir la más adecuada.

O también, si uno tiene que comprar un libro en una librería, no bien lo toma del lomo, y lo abre, puede ver dibujado sobre el propio libro lo que otras personas que ya lo leyeron opinaron sobre él. Y si sugieren si vale la pena comprarlo o no.

Y para terminar, se los ve a ambos en un video, viajando en un auto hacia un aeropuerto. Digo esto porque Mistry lleva una tarjeta de embarque en la mano. La diferencia está en que si se produce una demora en el vuelo o si hay un cambio de terminal o de puerta de salida, la propia tarjeta de embarque sirve como alarma que anuncia los cambios. Y lo hace sobre la misma tarjeta.

Reflexión final: Negroponte tenía razón. Valía la pena que le prestara atención. No sé cuánto falta para que este proyecto tenga difusión masiva, ni qué usos terminaremos dándole los humanos. Pero lo que sí se es que hay un grupo importante de personas que están tratando de que usemos las computadoras y el acceso a Internet de otra forma, sacándola de los lugares clásicos (escritorios, mesas y aun las computadoras portátiles o laptops) para trasladarlas a nuestro propio cuerpo y a la ropa que usamos. Y no falta tanto. Estamos al borde de un nuevo salto tecnológico y, por lo tanto, de costumbres y de hábitos. Sí, de hábitos de vida, al menos para ese reducido grupo de privilegiados como yo, que puede disfrutar de lo que está pasando en el mundo, mientras está pasando.

El mundo (una parte de él) sigue avanzando. La tarea siempre estará inconclusa si hay gente que se queda afuera. De eso se trata: no de detener el progreso, sino de hacerlo masivo, para todos.

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