SOCIEDAD › OPINIóN

El muro y la involución

 Por Alberto Ferrari Etcheberry *

El muro de San Isidro ha provocado una catarata de adjetivaciones que aparecen como una sana reacción ante un hecho imprevisto e imprevisible.

En Página/12 las opiniones recogidas son coincidentes. El muro, para el ministro Aníbal Fernández, es una “muestra de desprecio” a los pobres. “Un modo de no ver a una especie que no es humana”, explica la docente Shila Vilker. “Los pobres no se tapan con muros”, enseña el ministro bonaerense Arroyo. Es una “ofensa discriminatoria”, acusa el intendente Amieiro, de San Fernando. Para el docente E. Reeve, “concreta la fractura social que Puerto Madero simboliza”. Para Sandra Russo, una demagógica “dádiva a los pocos” de un intendente de raigambre radical (¿dejó de ser kirchnerista?). Para Narváez sería “reconocer el fracaso del Estado”, cuestión que él, como colombiano, debe entender bien y algún diario reaccionó con tono de señora gorda de Landrú: “¡A esto llegamos!”.

Sana reacción que podría leerse como un no pasarán, si no fuera que el muro no es imprevisto ni imprevisible, pues es un recurso que nació hace años, muchos años. La señora presidente Fernández de Kirchner lo afirma: “es una involución”, aunque no explica a qué muro estamos regresando. Lo explico yo: cuando se inauguró el aeropuerto de Ezeiza no había autopista. Para llegar al centro era necesario usar un camino costero del Riachuelo que en Lanús bordeaba una enorme villa miseria, el nombre que pocos años después, 1957, recogería e impondría Bernardo Verbitsky.

Se llamaba y se llama “Villa Jardín”, igual que la actual de San Fernando que habría provocado la erección de este muro. Coincidencias de un argot que gusta de bautizar recurriendo a lo opuesto.

Pues bien: cuenta la historia que llegaba un presidente de Chile en visita oficial y el gobierno nacional, encabezado por Perón, tapó la vista de Villa Jardín con un muro, un largo muro, mucho más largo que éste que, como bien dice la Presidenta, es una “involución” hacia ese ocultamiento vergonzoso que Lucas y Lucio Demare en 1958 llevaron al cine en, precisamente, Detrás de un largo muro.

Traigo el recuerdo nada más que para frenar la hipocresía: la población de la Villa 31 se duplicó. ¿Muro? Tan viejo como las villas. Conocí bien esa Villa Jardín, tan bien como la de Isla Maciel. Conocí y fui coguionista con mi recordada Mabel Itzcovich de un mediometraje (creo que perdido) que ella dirigió en 1964 filmado en La Cava. En este tema puedo decir: al siete y medio pago. Tuve amigos que vivían en aquella Villa Jardín a quienes aún recuerdo con afecto y nostalgia. Por ellos, que sufrieron el muro original (cuyos restos hasta hace poco, al menos, eran visibles), me pareció necesario que las abstracciones no ocultaran otra vez a la villa que fue ocultada detrás de un largo muro.

* Ex presidente de la Junta Nacional de Granos y ex subsecretario de Asuntos Latinoamericanos del gobierno de Alfonsín.

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