SOCIEDAD › CIUDAD DE MéXICO IRRECONOCIBLE POR LO DESIERTO DE SUS CALLES, SIN ACTIVIDADES Y PLENA DE BARBIJOS

Crónica de una ciudad fantasma por la gripe

La confirmación de muertes por la fiebre porcina y los más de sesenta casos sospechados casi con certeza transformaron al DF en una ciudad desierta. Los encuentros públicos se suspendieron, el fútbol se realizó a puertas cerradas. No hay pánico pero sí alarma.

 Por Gerardo Albarrán de Alba

Desde México, D.F.

De la broma al susto, la ciudad más grande del mundo se convirtió en un páramo entre la noche del jueves y la mañana del domingo. Los casi 20 millones de habitantes del Distrito Federal y los municipios conurbanos del Estado de México no se ven por ninguna parte.

La broma es la primera reacción ante el intempestivo anuncio gubernamental, casi a la medianoche del jueves, que declaró la emergencia y decretó suspender la vida al día siguiente: no habrá clases hasta el 6 de mayo. Mejor no vayan al cine ni al teatro. Un fin de semana sin bares, restaurantes ni antros todavía no mata a nadie, pero saludar de beso puede que sí.

¿Será que nuevamente los gobiernos de derecha quieren atentar contra nuestra sexualidad? Los gobiernos ultraconservadores ya han fracasado varias veces en los últimos años tratando de prohibir las manifestaciones públicas más explícitas de cariño o de purititas ganas entre parejas –y peor si son del mismo sexo–, como en Jalisco y Guanajuato, dos de los estados más puritanos del país, donde un arrumaco subido de tono en la calle puede terminar en la delegación de policía. Si la amenaza del infierno eterno no funciona, capaz que el riesgo de una infección tan mortal como el sida, pero más expedita, inhibe nuestra calentura. Es difícil besarse con un barbijo.

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La información sobre ciberpederastas, curas contra el narco y las ejecuciones nuestras de cada día fueron prácticamente borradas de los noticieros de radio y televisión que abrumaron con la cobertura sobre la influenza, un término nuevo para los mexicanos que desde siempre llamamos gripe a cualquier resfriado y consideramos al tequila como un buen remedio. El brote epidémico es la nota de tapa de todos los diarios del sábado, que todavía tienen lugar en sus primeras planas para otras noticias; el domingo ya no se habla ni se escribe de otra cosa.

En las primeras tres semanas de abril hubo 20 muertos que apenas merecieron un espacio minúsculo y muy pocos se dieron por enterados de la amenaza en cierne. Con 61 muertos más en los últimos cinco días y 1384 personas hospitalizadas, cualquier manifestación de algo que parezca un síntoma de influenza porcina dispara la alarma. Estornudar es sospechoso. La gente le da la vuelta a cualquiera que arrugue la nariz.

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Como si fuera el criminal más buscado, el gobierno de la Ciudad de México ofrece dos millones de pesos de recompensa para detener la influenza. Es el equivalente a más de 150 mil dólares que se repartirán entre quien proponga un método eficiente de diagnóstico de este virus y aquel que desarrolle una vacuna efectiva. Hay un millón de dólares para investigación. El gobierno federal, por su parte, también toma medidas de corte policíaco: por decreto presidencial, la Secretaría de Salud puede allanar casas y comercios donde se encuentren personas sospechosas de portar el virus, y aislarlas por completo. El presidente Felipe Calderón, envalentonado, anuncia que resolverán el problema “cueste lo que cueste”.

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Ni de lejos hay psicosis, pero la gente ya se lo toma en serio. No es para menos. Entre la noche del sábado y la mañana del domingo murieron otras cinco personas en el Distrito Federal. En el Estado de México y San Luis Potosí, las otras dos entidades donde se concentra el brote, reproducen a escala las medidas extraordinarias tomadas en la capital. Pero ya se detectaron casos en Baja California, Nuevo León, Sonora y Veracruz. Se empiezan a registrar decesos en otras partes del país.

En la capital, cientos de soldados suben al transporte público a entregar seis millones de barbijos, ellos mismos desprotegidos, mientras un ejército de burócratas del gobierno local –3800, para ser exactos– reparten las pequeñas piezas en las estaciones de metro y las calles del centro, encabezados por el jefe de gobierno de la Ciudad de México, Marcelo Ebrard, que saluda de mano a varias personas al momento de entregarles los inocuos filtros que él no usa. Igual él sabe que de poco ayudan, aunque peor es nada: el tamaño del virus es tan minúsculo que 100.000 de ellos caben en la punta de un alfiler. Como sea, en las farmacias se agotaron desde el sábado.

Y en los hospitales, la queja de médicos y enfermeras empieza a traspasar el miedo a la represión laboral: demandan recibir quimioprofilaxis con antivirales del tipo zanamivir u oseltamivir para todos aquellos que han estado en contacto con los enfermos, “por lo menos barbijos de ultrafiltración y no los simples que no tienen una utilidad aceptable, es urgente”, dice uno de ellos.

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De la noche a la mañana, vivir en el DF es como retroceder medio siglo, a los tiempos en que éramos 10 veces menos habitantes y los domingos nos encontrábamos en los parques con amigos, vecinos y familia.

Los centros comerciales –esas copias de mall (centro comercial) gringo que en las últimas dos décadas se convirtieron en el punto de reunión, esparcimiento y paseo– están vacíos. Poca gente en la calle, y casi puede uno contar a dos entre cada cinco con esas pequeñas máscaras azules que sólo se acostumbra ver en invierno entre los ancianos. El tránsito se redujo a su mínima expresión, y las usualmente congestionadas avenidas son las delicias del conductor, acostumbrado a lidiar con el claxon por un espacio en su carril. La gente se quedó en sus casas.

Para los turistas extranjeros, estás vacaciones son distintas. Es como si hubieran llegado a una zona con toque de queda diurno. Nada opera de forma normal. Algunos viajaron desde el otro lado del mundo para encontrarse que lo único que pueden hacer es deambular por las calles. Todos los museos de la capital del país están cerrados. Los cines y teatros cancelaron sus funciones. Muchos bares y restaurantes no abrieron al público. Los parques de diversión al aire libre están vacíos. Hasta las iglesias suspendieron los cultos.

Si las muertes no ceden en algún momento de la semana que inicia hoy, podrían parar actividades laborales, advierte el gobierno de la ciudad.

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Los goles se escuchan como si los hubiera anotado uno mismo. El estadio de Ciudad Universitaria y el Azteca son escenarios extraños, sin público. Sólo queda verlos por televisión y los micrófonos repartidos en la cancha registran las órdenes de los técnicos, las quejas por las patadas, los gritos de la defensa y uno que otro improperio que no inmutan al árbitro. El sábado, en Monterrey, los Tigres y Santos empatan en un estadio lleno y bullicioso, nada raro en la capital de Nuevo León que tiene a la mejor afición del país. Horas después se esparce la noticia del primer muerto en esa entidad, donde no se habían tomado precauciones como en Hidalgo, un estado vecino de la capital del país, donde Pachuca golea al Cruz Azul sin un solo aficionado como testigo.

El domingo, entre la transmisión de los partidos UNAM-Guadalajara y América-Tecos, el presidente Felipe Calderón aparece en televisión para decir que tienen todo bajo control. La buena noticia es que la enfermedad es curable y hay medicinas suficientes, dice, rodeado de los secretarios de Salud de los 31 estados del país y el del Distrito Federal, a los que les pide notificar cualquier caso que aparezca. La Organización Mundial de la Salud ya ha enviado a un equipo de expertos. El Banco Mundial abrió una línea de crédito de 205 millones de dólares para combatir a la gripe porcina.

Para lo que el gobierno de Felipe Calderón no encuentra vacuna es para su propia ineptitud a la hora de comunicar. Nada de lo que dicen o hacen –así sea lo correcto– parece funcionar, y los rumores se esparcen aún más rápido que el virus. Es inmensurable la cantidad de correos electrónicos y mensajes vía celular que circulan entre la población alarmada.

Una vecina me muestra el mail que recibió de una amiga que trabaja en el Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias, el hospital que ha concentrado a la mayor cantidad de enfermos en los últimos días y que se ha convertido en una fortaleza a la que sólo entran los más graves y salen los muertos: “Tengan cuidado. El problema es mucho más grave de lo que nos dicen”.

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La policía no interrumpe su tarea, pero con la protección conveniente. Los caballos no se contagian.
Imagen: EFE
 
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