SOCIEDAD › REUNIóN MUNDIAL EN BARCELONA EN POS DE CONSENSO AL LíMITE DE EMISIONES, EN LA ANTESALA DE COPENHAGUE

A la búsqueda de un acuerdo caliente

Representantes de casi todos los países se reúnen esta semana en Barcelona para llegar a acuerdos que hagan posible la próxima Cumbre de Copenhague, en diciembre. Estados Unidos, que nunca rubricó, es la gran incógnita. La posición argentina.

 Por Cledis Candelaresi

Desde Barcelona

Quizás el encanto del bello escenario catalán obre el milagro y a orillas del Mediterráneo esta semana se esboze un acuerdo para evitar las desgracias que los científicos preanuncian de no frenarse el calentamiento global. Con representantes de casi todo el mundo, hoy comienza en Barcelona la última y decisiva ronda de reuniones previas a la cumbre de Copenhague de diciembre, donde debería celebrarse un pacto internacional mucho más ambicioso que Kioto respecto de los límites a las emisiones de carbono que deben respetar los países. Pero tal como están las cosas hasta el momento, el acuerdo de Dinamarca se vislumbra muy difícil. Una cuestión clave es cómo se aportarán y prorratearán los recursos que los países desarrollados deben orientar para que los en vías de desarrollo puedan paliar los efectos de los cambios climáticos ya inevitables, masa estimada en 300 mil millones de dólares anuales de aquí al 2030. Otro punto decisivo es qué harán los representantes de Barak Obama, más proclive que su antecesor en la Casa Blanca a hacer esfuerzos para mitigar los daños sobre la capa de ozono.

Cientos de representantes de casi todos los países del mundo, nucleados bajo el marco legal de Naciones Unidas, llegaron a la ciudad del célebre arquitecto Antoni Gaudí con la misión de trabajar en pos de un acuerdo a cerrarse en Dinamarca. Kioto vence en el 2012 y su indicación a las naciones más ricas de disminuir un 5 por ciento las emisiones de carbono –causa madre del calentamiento del planeta– hoy se ve como absolutamente insuficiente para evitar que la temperatura promedio del planeta suba por encima de los 2 grados respecto de la era preindustrial. Ya trepó un 0,7 por ciento y, si no se tomaran decisiones, se llegará a los 3 grados como un tren rápido al infierno: desertificación, inundaciones y hambrunas generalizadas.

Pero el acuerdo de Kioto, firmado en 1997, tuvo, además, un acatamiento muy dispar. Alemania o Gran Bretaña sobrecumplieron metas de reducción de gases que producen el efecto invernadero, mientras que otros como Italia, España o Canadá están en falta, y ni qué hablar de los Estados Unidos, que nunca se avino a rubricarlo y siguió destruyendo la capa de ozono con emisiones cada vez mayores. Ninguna nación discute que es necesario modificar procesos productivos, básicamente de generación de energía y modos de transporte, para paliar el problema. Pero no todas están dispuestas a afrontar el costo económico de ese cambio en su territorio y menos a auxiliar a otros.

Los europeos son los que hacen mejor letra en este sentido y propusieron como bloque bajar las emisiones un 30 por ciento para el 2020 y un 80 para el 2050, tomando como base para el cálculo 1990. Como el gobierno de Gordon Brown tomó las cuestiones ambientalistas como una bandera de gestión, Gran Bretaña impulsa internamente políticas que favorecen el desarrollo de energías verdes, por ejemplo subsidiando a los particulares que instalen paneles solares para sí y con un excedente para vender. Finalmente, tienen la convicción de que las energías limpias sirven para hacer buenos negocios: en el mundo se mueven 3000 millones de dólares por este concepto. Pero la Unión Europea ya hizo saber que no firmará nada si Estados Unidos no hace lo propio.

Con un viraje notorio respecto de la administración de George Bush, opuesto a comprometerse con políticas verdes, Barak Obama ya hizo saber su intención de reducir las emisiones de ese país un 7 por ciento para el 2020, pero basándose en el año 2000. El porcentaje de uno de los principales contaminantes del planeta resulta magro frente a otros. Pero la verdad es que para llegar a esa meta, Washington debería hacer un esfuerzo equivalente al de otras naciones desarrolladas en los próximos años, justamente porque en la última década sus emisiones fueron creciendo. Pero finalmente la iniciativa presidencial depende del aval del Congreso, que le puede dar la espalda.

Kioto sólo obliga a los ricos a contaminar menos y a ayudar a los otros países a remediar los impactos de los cambios climáticos ya irreversibles y de soluciones costosas. La intención de los desarrollados (bloque de 40 países incluidos en lo que se denomina Anexo 1) es que de ahora en más las naciones en subdesarrollo también estén sujetas a restricciones de emisiones y que la ayuda económica se limite a los más necesitados y no a todos. Esto obligaría a revisar en qué categoría están países como China o como Corea del Sur, por ejemplo.

El grupo de los subdesarrollados es enorme y heterogéneo y las alianzas para negociar van cambiando en función de intereses particulares. Brasil y México se mueven casi solos y están dispuestos a recortar sus emisiones, pero a cambio de una compensación económica. Africa sólo quiere un acuerdo global si se le garantiza que recibe dinero y los países petroleros exigen que se los trate como “damnificados”, porque en materia ambiental el petróleo se transformó en mala palabra. Hasta el viernes, los negociadores intentarán desenmadejar la compleja trama de intereses económicos encontrados.

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En Barcelona, para recibir a los representantes, se organizaron marchas masivas contra el calentamiento global.
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