SOCIEDAD › YA HAY 20 Y SE TEME QUE SEAN MUCHOS MAS POR LOS DESAPARECIDOS

Una capital que ya es un fantasma

De día hay vida, de noche sólo se ven los que la pasan sobre los techos de sus casas, sentados para que no les roben lo poco que les queda. Suenan disparos y todos se encierran para estar seguros. Hay 1200 personas perdidas y una estela de destrucción nunca vista, con escenas sórdidas para comer y sobrevivir.

 Por Carlos Rodríguez

Golpeado, sin respuestas, poniendo la cara, el gobernador de Santa Fe Carlos Reutemann enfrentó ayer a los periodistas y a través de ellos al pueblo santafesino, con la promesa de “una reconstrucción que tiene que ser una tarea titánica, un trabajo muy difícil, porque esto es peor que las Torres Gemelas”. Mientras las aguas que llegaron del norte parecen tener todas las ganas de quedarse para siempre, el Gobierno reconoció que hay todavía más de 70.000 evacuados y más de cien mil afectados, mientras esta cifra se estira a 150.000, según datos de la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE) y la Federación Universitaria. Los muertos reconocidos oficialmente llegan a 20, mientras crece la preocupación por los desaparecidos. En la Universidad local se llevan contabilizados 1.200 pedidos de paradero, la mayoría de los cuales serían sólo desencuentros. No obstante, si es que bajan las aguas, hay quienes creen que la cifra de víctimas puede subir en forma abrupta. “Es imposible hablar del tema seriamente porque carecemos de información, pero estamos preocupados”, admitió a Página/12 un alto funcionario local.
Ayer, aunque muy lentamente y apenas para echar un vistazo porque la habitabilidad es nula, algunos de los evacuados o autoevacuados regresaron a sus casas y eso provocó dos reacciones simultáneas: dolor e indignación. “Perdimos todo el sacrificio de 40 años de vida”. Carlos Moreno, 42 años, hablaba sin poder contener el llanto. Además de los bienes materiales, su preocupación mayor era humana: “Estoy buscando a una tía, Albina Quintana, de 72 años; no sabemos nada de ella”. Un lejano rumor de que estaría con un pariente, en Santo Tomé, le daba alguna esperanza. A su lado, Juan Petronelli (56), volvía a demostrar que llorar es de hombres: “Cuando me fui del barrio Santa Rosa de Lima vi gente que se estaba ahogando, que estaba muriendo, pero no podía hacer nada, tenía que salir para salvar a los míos”. El “no pude hacer nada” de Juan dolía como un puñal en la espalda.
Doña Mercedes (67), seguía sin creer lo que había vivido en el barrio Las Flores. “Los muebles se me desarman, no sirven más. Los agarrábamos para sacarlos al sol y se rompían a pedazos”. Dos jóvenes de clase media, Marcelo (25) y Nicolás (23), se lamentaban por sus libros. “Son caros, son de abogacía y de medicina. Los necesitamos para estudiar, pero están destruidos, inútiles y para nosotros valen una fortuna”. Entre tantos desencuentros, María Rosa (53) y su esposo Atilio (54), festejaban el reencuentro, después de varios días desesperados, con su hija Silvina y su nietita Manuela, de cuatro meses. “Las habíamos perdido, no sabíamos nada desde el martes pasado y era como no vivir”. María Rosa también llora.
En la noche todos desaparecen, pero de día –el de ayer fue a pleno sol-, la franja de 30 kilómetros del oeste de Santa Fe, que sigue bajo las aguas, es un desfile de quejas y demandas. Una empleada del hotel Conquistador, en pleno centro de la ciudad, se instaló allí porque su casa “desapareció, se llenó hasta el techo en apenas media hora”. Ayer volvieron con su marido –los dos son muy jóvenes– y el panorama era apocalíptico. “El techo es de chapas, pero las paredes son de material y tenía un cielo raso hermoso, blanco”. Tenía, porque las aguas se llevaron todo de las chapas hacia abajo.
En Iturraspe al 3800, a dos cuadras de la anegada autopista que une Santa Fe con Rosario, las imágenes son de una Venecia tercermundista. “A nosotros, que somos todos parientes, el agua del Salado nos llevó las cuatro casas. Enteritas”. Martín (52) y Aníbal (56), andan arriba de un bote amarillo, un color al que se lo asoció siempre con la mala suerte. Mientras ellos se acercan a la “civilización” para buscar algunas cajas con comida, sus hijos, hermanos, esposas y perros “esperan arriba de laruta, en un lugar al que el agua todavía no llegó”. En ese momento, a pocos metros de sus cabezas pasa un helicóptero policial. Algunos de los vecinos saludan a los tripulantes amigablemente, moviendo las manos. Un chico que apenas tiene 7 años y que lleva un palo en la mano, lo eleva hacia el cielo y hace como que dispara: “Pum”. Y por fin, alguien ríe.
Por Iturraspe y Las Aguas (así se llaman ahora, irónicamente, todas las calles de Santa Fe), el desfile de embarcaciones es permanente y un semáforo cercano a la autopista está encendido, como una burla tricolor. En los botes van y vienen comida, heladeras, muebles, ancianos, sillas de rueda, perros y gatos. De pronto se alinean tres kayac también amarillos y los jóvenes tripulantes llevan números sobre su espalda: el 6, el 1, el 3. Parece una competencia o un inesperado caso de turismo aventura por el corazón de la inundación. Son miembros de la Asociación de Kayatistas de Aventura, de Monte Grande, que se vinieron del Gran Buenos Aires para repartir comida y vacunas entre los inundados que todavía no salieron de los techos de sus maltrechas casas.
Por Fray Cayetano Rodríguez se avanza hasta chocar con las paredes del cementerio, que ahora es refugio impensado de 40 familias, con chicos e historias que parecen de ficción. La mayoría son del barrio San Pantaleón, uno de los más pobres de la ciudad. En toda la zona hay un olor nauseabundo. Muchos lo adjudican al cementerio, otros tantos a los animales que se criaban en ese barrio. “A los chanchos les daban de comer las sobras que acumula la ciudad”, afirma Marcos, el remisero de turno. La historia se va poniendo cada más densa: “Hace dos noches, esta gente hizo un piquete para reclamar comida y como no le dieron pelota, tuvieron que meterse en el agua, hasta el fondo, para sacar a los chanchos que se les habían muerto”. Esa fue la última comida que tuvieron. Para completar el banquete, el único lugar posible para usar como improvisada cocina fue el crematorio. “Nadie se calienta por traerle comida a esta gente”. El rostro de Marcos se pone tenso.
En San Pantaleón viven 3.500 personas que quedaron bajo el agua. Unas 1.100 son atendidas, bastante mal por cierto, en un centro vecinal del barrio, escenario de una dura pelea entre punteros políticos, de sectores enfrentados del peronismo local. Sergio Cisilín se identifica con el cartel pegado en su humilde casa: “Con Menem estábamos mejor”, dice la pancarta, y dice que “está todo bien, a pesar de los problemas”. María Pía, una joven voluntaria de la Asociación de Psicólogos, se acercó para ofrecer su asistencia a los vecinos, pero no fue bien recibida. Silvina y Fernanda, de la misma institución profesional, se lamentan: “Está todo muy desorganizado, nadie sabe qué hacer y esto se transmite a la gente que, más allá de su postura política, vive acá y trata de dar una mano. El que no aparece acá es el Estado”.
En el Hipódromo de Las Flores, un lugar muy diferente a San Pantaleón, el agua también hizo estragos. Allí está el comienzo de la avenida de Circunvalación, a cuya construcción, hace cinco años, muchos adjudican el desastre actual. “Es cierto que la crecida del Salado fue impensada, pero tal vez esta obra fue la que sirvió para precipitar la tragedia”, dijo a este diario un funcionario que pidió reserva del nombre. Ayer, un grupo de técnicos arrojaba tierra sobre el asfalto parcialmente tapado por las aguas, para evitar que siga entrando el torrente hacia los barrios cercanos. “Necesitamos bombas, de todo el país y del mundo, para poder sacar toda el agua que tenemos en la ciudad”, dijo ayer el gobernador Reutemann durante una reunión de prensa en la que reconoció que “ningún organismo técnico” advirtió que el desastre podría producirse. Y el Salado venía creciendo desde principios de marzo.
Uno que reapareció, en el cementerio, como en una resurrección, fue el ex senador Jorge Massat. Se hizo presente una noche de éstas para entregar comida, en nombre de Carlos Menem y de Cecilia Bolocco, según admitió alos periodistas locales, aunque enseguida se fue del lugar muy enojado por el acoso. “¿Vino a hacer la campaña para el ballottage?”, le preguntó uno de los hombres de prensa y Massat, que fue titular del PJ local, se retiró sin dar respuesta. Pero lo que más le molestó fue el comentario de uno de los evacuados: “Si los políticos no hubieran robado tanto, ésto no habría pasado nunca”.
El Gobierno admitió ayer que hay 35.996 evacuados y 36.000 autoevacuados. Están alojados en 99 centros vecinales y en 96 escuelas. Hay más de 100.000 afectados en Santa Fe, según las cifras oficiales, mientras que un trabajo realizado por ATE y por la Universidad local elevó la cifra a 135 mil. La comida que se distribuye es la aportada por el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, además de innumerables donaciones que están siendo repartidas con cuentagotas. “La verdad que es todo muy desorganizado. Tenemos que admitir que la situación nos ha superado y que estamos tratando de mejorar, pero muchas veces eso no es posible porque las órdenes varían a cada hora”, reconoció anoche una fuente oficial. Para colmo de males, el tiempo comenzará a desmejorar a partir de hoy. Se esperan lluvias aisladas hasta mañana y nuevos chaparrones para después del martes. “Una tragedia, una verdadera tragedia”, reconoció el gobernador.

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Las calles son ahora ríos y cruzarlos en bote puede costar hasta 15 pesos. Un litro de leche cotiza entre 4 y 8.
 
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