SOCIEDAD › LA VIDA EN EL PUEBLO DE SANTA FE DESPUES DEL ASESINATO DE UN JOVEN

Arequito de puebladas, coimas y drogas

Pequeño, próspero, calmo, es el tipo de lugar donde “todos se conocen.” Sus habitantes siguen casi sorprendidos por el alzamiento, que terminó con represión con gases y balas de goma. Los secretos a voces de su vida actual.

Por Soledad Vallejos
Desde Arequito, Santa Fe

Era martes. Costaba todavía que los ojos de los arequitenses se recuperaran del fulgor que había enceguecido a casi la mitad del pueblo la tarde anterior, cuando una voz llevó a la otra, y esa voz a las piedras y a las tres arremetidas descontroladas, reprimidas con gases lacrimógenos y balas de goma, contra la comisaría para linchar al “Pelado” Jorge Bled, al que creían el primer detenido, pero que el proceso judicial finalmente identificó como testigo. De su amigo Carlitos “Mocoví” Núñez, a quien los testigos señalaban como el homicida, nada se sabía. En Arequito todos se conocen, todo se sabe y sin embargo, cuando había pasado un día desde la pueblada que quebró la amabilidad proverbial de las calles, parecía que nadie allí alcanzaba a comprender cabalmente qué había sido ese vendaval.
El mediodía del martes, alrededor de tres mil personas acompañaban los pasos de la familia Cignoli durante el entierro de Luis, el muchacho de 29 años asesinado de dos cuchilladas en la madrugada del domingo. Las rutinas se habían suspendido: la comuna decretó asueto, las escuelas no abrieron, las persianas de los comercios no se levantaron. “Los ladrones, los vendedores de droga y los asesinos de esta zona de la provincia de Santa Fe –acusó Carolina, la hermana de Luis, a poco de que el cortejo fúnebre se encaminara hacia el cementerio– están apañados por la política”. Algunas voces exigían la expulsión inmediata de los Bled, los Núñez y los Allende, tres familias de la “villa” (poco más de una manzana de viviendas precarias al sur del pueblo), cuyos apellidos solían aparecer asociados con delitos comunes. Esas voces eran un poco más precisas que las palabras que el comisario Rogelio Piccione solía pronunciar en el canal de cable local cada lunes, cuando acusaba de los robos a “los de siempre”.
Al atardecer, cuando algunos empezaban a transformar el dolor en hambre de respuestas (por qué, qué hacer, hasta cuándo), otros ya se habían recompuesto lo suficiente como para retomar la cotidianeidad y esperar que el tiempo curara las heridas. Dicen que eso lo sabe un oficial de policía, por ejemplo, que ese mismo martes, a horas del entierro, no encontró motivos para abandonar sus tareas y se encargó con prolijidad de recaudar los 1500 pesos que exige semanalmente para hacer como que no ve el circuito de quiniela clandestina. Dos días después, la comisaría entera había sido intervenida, el comisario relevado y los oficiales reasignados en destinos desconocidos. Pero hasta el viernes ninguna comunicación oficial confirmó esa noticia que dio a los vecinos la pauta de que su indignación podía convertirse en poder. Mientras algunos gendarmes patrullaban las calles para prevenir nuevos fogonazos, la agitación ya había encontrado otro rumbo, levemente más silencioso y meditado, convocado con la eficiencia del boca a boca: asambleas en las que los vecinos buscan generar consensos sobre qué exigir a las autoridades.
El lunes por la mañana, despertarse con la noticia de la muerte de Luis Cignoli y encaminarse hacia las puertas de la comisaría fueron una y la misma cosa en Arequito. Todavía se desconocía el paradero de Carlitos “Mocoví” Núñez, que habría asestado las cuchilladas a Luis, pero un rumor indicaba que la policía ya había detenido a Jorge Bled, otro supuesto implicado. Eso mismo había escuchado Sonia Bled, hermana de Jorge, antes de hacer las veinte cuadras que separan su casa Fonavi del centro para acompañar a su madre en busca de datos más certeros. La policía las hizo pasar, María Luisa Fretes escuchó que le decían “quedáte tranquila, vieja, tu hijo no tiene nada que ver, lo trajimos como testigo porque tiene que declarar”, se sentó, alguien le alcanzó un vaso con agua. En la calle, el rumor crecía. A los amigos se habían sumado los conocidos, se elevaba la voz, se rodeaba la esquina de la comisaría. Ninguno de los testigos puede precisar si el grito vino de adentro o de afuera, pero todos coinciden en que la frase antes del remolino que arrancó los portones del garage, abrióuna puerta y sacó del calabozo a Bled fue: “Ya tenemos a uno de los asesinos”.
“La gente se enfureció y querían linchar a mi hermano,” dice Sonia, “querían que se los entregue, me entendés: hacer justicia por mano propia, que me parecía una actitud razonable con todo lo que estaba pasando en Arequito. Me parecía una actitud razonable, pero él no era el asesino, era un testigo. Yo no pude verlo, porque la gente se las tomó también con nosotros. El comisario nos dijo ‘váyanse de acá, porque esto se viene feo’, nos hizo salir por el portón de atrás, justo antes de que se metiera la gente. Y cuando nos vieron, que nos vieron a media cuadra, empezaron a gritar: ‘Ahí va la madre, ahí va la hermana’. Nos empezaron a insultar. Yo pensé, ‘bueno, sí, tienen razón’. Nosotras agachamos la cabeza.”
–¿Por qué tienen razón?
–Tienen razón en la indignación, a eso me refiero. La indignación de la gente yo la entiendo porque yo también sentí mucha bronca.
Los vidrios del Juzgado de Paz estallaron bajo las baldosas convertidas en cascotes. Tres veces el remolino que pasó a las portadas de los diarios del día siguiente como “pueblada” arrasó con la resistencia ofrecida por seis oficiales para descargar sobre el cuerpo de Bled la furia por “lo que estaba pasando en Arequito”. ¿Qué estaba pasando?
Días de coimas
“Si no pagás, te hacen un desprecio”, explicó un comerciante habituado a pagar a los policías locales un soborno en efectivo o especies para evitar que el “desprecio” terminara por romperle un vidrio del local, como asegura que sucedió alguna vez. Como otros pobladores, ruega permanecer anónimo. ¿Tiene miedo? “No, ya no. Me cansé, ahora que sacaron a todos los policías no voy a pagar más”. Otro vecino, también comerciante, es más explícito, quiere ir por más: “No basta con que cambien a todos los policías, porque los que vengan van a encontrar el mismo funcionamiento de coimas, eso no va a cambiar si no cambia la manera de controlar a la policía”.
En Arequito, es un secreto a voces (que todos afirman sin vacilar, aunque prefieran no dar sus nombres) que las rutinas habituales de la policía eran, cuanto menos, de dudosa coherencia con la legalidad: a la reticencia a tomar las denuncias que podían presentar los pobladores, se sumaba la “sugerencia” de donar mercadería “para los muchachos”, algún viaje en remise, alguna cena, un poco de dinero en efectivo para pagar la nafta. Desde hace algunos meses, un grupo de civiles formó la Cooperadora Policial (“cooperativa”, corrigió una arequitense cuando el representante de la Cooperadora habló durante la asamblea del jueves), en un intento de obtener algo de transparencia para las contribuciones voluntarias, pero las prácticas no parecían modificarse.
Cómo comprar droga
Griselda Re tiene 44 años y es docente de un grado del polimodal y de la escuela nocturna para adultos. En estos días, ella fue una de las que participó activamente en el primer petitorio que los pobladores elevaron, desde el asesinato de Luis Cignoli, a las autoridades: exigían a las autoridades el compromiso de asegurar “el control de la delincuencia y una mayor seguridad en la localidad, el control sobre la policía y su accionar” y un mayor “presupuesto de los recursos para la seccional de policía”. Nada decía, sin embargo, sobre las demandas de expulsar a Núñez, Bled y Allende, ni tampoco sobre problemáticas sociales sobre las que se habló en días posteriores, por lo que el martes una asamblea confeccionará un nuevo petitorio, ampliado y consensuado, que pretenden entregar al gobernador Reutemann, si es que accede a la visita que los familiares y amigos de Luis Cignoli solicitaron al ministro de Gobierno Carranza, en la noche del viernes. En el 2001, Re presentó una denuncia sobre la venta de drogas a menores de edad en Arequito. Un alumno le había ofrecidomarihuana, le explicó los detalles del circuito de comercialización, dio nombres, la ayudó a comprar un porro. Con esa prueba, planteó el asunto ante el presidente comunal, un funcionario de la División Drogas Peligrosas y el jefe de policía de Casilda; ayudó a infiltrar dos agentes encubiertos.
–Esos agentes estuvieron hablando con el chico, y yo no supe nunca más. Nunca más me dijeron nada. Hasta ese momento, me venían diciendo que era cierto lo que yo había dicho, que estaban bien los nombres, que la distribuían en colectivo, todo. Todos los datos que había dado eran correctos, pero desde que los infiltré no tuve más noticias. Al chico, al que era mi alumno, lo sigo viendo, vive en Arequito; él sabe que lo denuncié porque yo se lo dije y también se lo conté a la madre.
Arequito es próspero gracias a los efectos de la devaluación sobre la exportación de granos, la tasa de desempleo es prácticamente inexistente, a pesar de que el ministro Carranza, al salir de la reunión en la casa en la familia Cignoli (donde se le entregó el pedido de audiencia con el gobernador Reutemann) haya afirmado que “este hecho es un reflejo de la situación crítica del país”. Son cuadras de casas con ventanas abiertas y rejas escasas, calles de bicicletas estacionadas sin cadena en el medio de la vereda y cantos de pájaros al atardecer. Cruzada al medio por las vías de un tren que dejó de pasar hace años (sólo hay uno los viernes por la mañana, subordinado al transporte de productos agrícolas), donde la diversión nocturna se reparte entre el boliche Arena (donde trabajaba Luis Cignoli) los viernes y bares los sábados y domingos.
Esa tranquilidad alterada por la inquietud que producían los robos y las “apretadas” de Bled, Núñez y Allende que cualquier vecino, con menor o mayor grado de virulencia, comenta sin llegar a ser preguntado (“tienen el alma así”, “son traicioneros”, “tienen instinto criminal”, son sólo algunas muestras), sin embargo, había conocido algunas rupturas antes. Arequito, en su silencio pueblerino, prefiere callar los delitos sexuales, como el intento de violación que un hombre cometió contra una de sus alumnas sordomuda (que, poco antes, había estado cinco días desaparecida, sin que pocos se atrevieran a preguntar el motivo) y que a Griselda Re le costó cuatro días denunciar porque en la comisaría los argumentos para no aceptar la denuncia se prolongaban. Son poquísimos los que comentan, por ejemplo, el caso de José Luis Aleman (conocido como “Conejo”), un hombre que está procesado por al menos 15 casos de abuso sexual de menores de edad, y que fue visto en la pueblada del lunes. En julio del año pasado, el asesinato de Estela Maris Godoy, una mujer que se había radicado hacía cuatro años en Arequito, despertó cierta indignación. El acusado, que aún se encuentra detenido, era Víctor Bled, un hermano menor del hombre que querían linchar el lunes. En 2002, coinciden los entrevistados por Página/12, la sensación de inseguridad ya se había instalado en el pueblo, “los de siempre” ya eran convocados a la hora de comentar robos y amenazas, pero la respuesta al asesinato de Godoy se limitó a una serie de marchas del silencio, a cuál más raleada. ¿Por qué, entonces, el pueblo reaccionó así el lunes pasado?
–Porque la gente estaba cansada de lo que estaba pasando y no encontraba respuesta. No estoy de acuerdo con la violencia, pero creo que desgraciadamente era necesario para que nos escucháramos–, arriesga Alicia Gallo, madre de Luis Cignoli y quien, cuando los rumores sobre una lista negra de personas a expulsar de Arequito arreciaban, capeó el temporal afirmando que todos tenían derecho a quedarse. No teníamos seguridad en el pueblo, por eso es que el pueblo salió a la calle. Pero son necesarias dos cosas: justicia y calma.

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Griselda Re, docente local.
 
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