SOCIEDAD

Turistas y comerciantes, o dime qué compras y te diré quién eres

Los chilenos son propensos al Deme tres. Les siguen los uruguayos. Los brasileños preguntan mucho y compran poco. La ola de turistas extranjeros alteró las rutinas y horarios del centro. Las marroquinerías, de fiesta.

 Por Alejandra Dandan

“Oye, ese río es una cochinada: ¡apesta!”. Las cuatro mujeres se quejan de Puerto Madero, pero no de los precios. Llegaron el jueves, en uno de los dos charters que despegó de Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, ofreciendo un paquete con vuelo, estadía y paseo de compras completo: todo en Buenos Aires y a 443 dólares. Aquí se encontraron con el río, las ofertas y una troupe de turistas chilenos, uruguayos y brasileros dispuestos a cambiar los hábitos porteños de la Semana Santa: por primera vez los 50 mil visitantes que llegaron en estos días obligaron a los comercios, en especial a las marroquinerías, a renunciar al feriado del Viernes Santo. Según los empresarios del cuero, de cada diez consultas por productos de 100 dólares, hay siete que se llevan. En esta nota Página/12 recorre la calle Suipacha, la nueva zona del “deme tres” donde los comerciantes se hacen expertos antropología urbana y aprenden de gustos, y de extranjeros.
“Aunque todo esté barato el americano no te viene”, dice Gustavo González que desde días parece metido en una película. La turba de turistas en Kapatos, este local dedicado a la venta de bolsos y valijas, comenzó cuando el dólar se disparó a cuatro pesos. Desde entonces, el tránsito de extranjeros no paró, dice, aunque la fiebre es poderosa sobre todo entre los chilenos: “El deme dos, deme tres es de ellos y te das cuenta porque no piensan: compran, y compran compulsivamente”.
–¿Qué piden? Piden todo. Portafolios, bolsos, cualquier cosa: no te dan vueltas, van, miran piden el precio, y compran.
Y pagan. En ocasiones dejan ahí hasta 600 pesos. Su local y las siete marroquinerías ubicadas sobre Suipacha, cerca de Marcelo T. de Alvear, tienen el mismo movimiento. Sólo ayer a la mañana en esa esquina, pararon quince micros completos cargados con turistas. “Eran como mil. Jamás –vuelve a decir Gustavo– pero jamás trabajamos un feriado y ni hablar de un Viernes Santo.” Ahora las cosas cambiaron: “Estamos abiertos jueves, viernes, sábado y lunes, eso sí –advierte–: el domingo cerramos.”
Los 50 mil turistas de paseo en la Ciudad, de acuerdo a las proyecciones de la Secretaría de Turismo porteña, parecen dispuestos a gastar un promedio diario de 70 dólares. Frente a esa legión de hombres acaudalados, los negocios del cuero modificaron rutinas y en algunos casos hasta consideraron mantenerlos abiertos las 24 horas.
–Pero no se puede –admiten en un local–: no hay cuerpo que aguante: entran tanto que te la pasas mareada.
–¿Y por qué abren la Semana Santa?
–Y como el banco no te deja sacar la plata, ahora vivimos del turismo. Yo no tengo plata en el corralito pero todo el mundo se queja por eso ¿no? Zara Misrahi es una de las dueñas de los cueros de Suipacha 928. La mujer descansa echada sobre un sillón mientras su padre ahora espía la bolsa que lleva un chileno: “Dígame –pregunta el anciano– ¿y cuánto le cobraron por esa campera?”. Quien responde es Carlo Nasi, geólogo, turista y esposo entrenado en compras de tiempo completo. En cinco minutos, su mujer logró probarse, medirse y consultar por tres camperas: una marrón, una marroncita y ahora con la celeste anda como en una pasarela:
–Llegamos hace cuatro horas –dice él– y para ser franco ya hemos comprado más de lo que esperábamos.
Los Nasi decidieron viajar a Buenos Aires hace cuatro días. Se levantaron, averiguaron información del dólar, buscaron dónde dejar a sus hijos, y se lanzaron hacia un lugar por el que no pasaban desde hacía veinte años. Cuando llegaron rastrearon las imágenes de la ciudad devastada, pero en lugar de eso se encontraron con calles limpias y una Plaza de Mayo bien despejada: “¿Y la bronca de los argentinos? –dice él-¿dónde está? ¿No era en la Plaza? ¿Es con los bancos?”.
A pocos metros de ahí, Juan López está en la puerta de Luis Alberto Martínez, otro de los negocios con éxito de estos días. Su tarea no es la de un vendedor sino la de un diplomático: “O relaciones públicas”, dicemedio en inglés, mientras empuja hacia adentro a todo el que pisa la vereda. El tráfico de gente por lo de Martínez es intenso pero no tanto como el esperado. Los dueños bajaron un 30 por ciento los precios y con eso lograron, por ejemplo, seducir a los uruguayos: “Los brasileños están ahí –advierte el diplomático–: se la pasan regateando, se nota que mucho todavía no les conviene”. También ahí el resto de las variantes se repite: los chilenos van a la cabeza, seguidos por los uruguayos. “Aunque más o menos con los uruguayos –dice ahora– ellos te vienen con pesos, dólares, casi ninguno usa tarjeta”.

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