SOCIEDAD › UNA INVESTIGADORA QUE SE HIZO MODELO DURANTE SEIS MESES

Antropología con tacos altos

A fin de reunir información para su tesis sobre el mundo de la moda, una antropóloga se inscribió en una escuela de modelos e hizo el curso a la par de las aspirantes. Aquí cuenta cómo fue analizar ese escenario, al mismo tiempo que desfilaba por una pasarela.

 Por Andrea Ferrari

No hay muchos investigadores que hayan tenido que ponerse tacos para analizar su objeto de estudio. Menos aún desfilar por una pasarela o aprender a posar sensualmente frente a un fotógrafo. Eso hizo Bárbara Guerschman, una antropóloga que se inscribió en una escuela de modelos como parte de su trabajo de campo y mientras aprendía a maquillarse y a caminar bien erguida, tomaba mentalmente notas sobre temas como la ética laboral del mundo del modelaje, la negociación de los límites en la exhibición corporal o las representaciones de la mujer que imperan en este ámbito, temas que luego fueron incorporados a su tesis de licenciatura en la UBA. “A veces, cuando volvía a casa tenía que volver a maquillarme o volver a desfilar para reconstruir el registro –cuenta–. Necesitaba recrear corporalmente lo que había aprendido.”
Dice Guerschman que siempre le atrajo la moda como objeto de estudio antropológico, “y en cuanto a los modelos, me interesaba la fascinación que despiertan: fascinación y al mismo tiempo rechazo”. Pero cuando empezó a trabajar en el tema se topó con algunas dificultades. “Muchas veces, cuando entrevistaba a alguien y les preguntaba acerca de ciertos comportamientos corporales, tenían problemas para explicarme el tema verbalmente, era algo que habían aprendido corporalmente. Se me ocurrió entonces implementar la técnica de observación participante. Es decir, en un grupo, observar sus prácticas cotidianas. No me podía meter en una agencia, entonces pensé en hacer un curso de modelo como aproximación para entender cómo la modelo se socializa para trabajar en ese mundo”.
Cuando se lo planteó a su directora de tesis, “le pareció bien y me recordó el caso de un antropólogo que para estudiar ciertas prácticas carcelarias se hizo meter preso. Eso puede ser algo extremo. Pero no es tan extraño: muchos antropólogos se instalan en la comunidad donde van a vivir. Es la mejor forma de comprender y aprehender la vida cotidiana”.

Poniendo el cuerpo
–¿Dijo antes de empezar que era antropóloga?
–Lo dije por una cuestión de ética, aunque no le dieron demasiada importancia. Yo, al principio, pensaba que tenía el letrero de antropóloga pegado en la frente, pero en el transcurso del trabajo me di cuenta de que no era así: yo interactuaba con las alumnas, iba a las clases de pasarela, a las de maquillaje, a las sesiones de fotos. Todo ese aprendizaje lo hice a la par, pero mirando las cosas desde otro lugar.
–¿Y las otras alumnas eran conscientes de ser observadas?
–Si me lo preguntaban yo no lo negaba, pero lo que había más bien era una relación de compañerismo, yo no quería plantear todo el tiempo que estaba observando.
Cuando alguna se enteraba de que ella estaba realizando un trabajo de antropología la reacción solía ser: ¿Pero ustedes no estudiaban los huesos? “Lo cierto es que esa imagen de la antopología está generalizada en la mayoría de la gente”, sostiene.
Lo que Guerschman buscaba, dice, era “comprender el proceso de socialización de la modelo: cómo socializa su cuerpo y su conducta para trabajar en ese mundo. Y esto implica comprender el valor que tienen las medidas ‘ideales’ como condición de acceso a ese mundo, entender la ética laboral con la cual se manejan, entender que la exhibición corporal es una parte integrante de la profesión y que ellas negocian los límites de esa exhibición”.
Pretendía también sacarle al tema esa “aura mistificadora como si fuera un mundo aparte. Es cierto que tiene ciertas características que lo distinguen, como la exhibición corporal constante, el cuidado del cuerpo. También se puede ver eso en otros mundos, como el deporte o la danza. La diferencia es que el modelaje y la moda tienen esta aura frivolizante. Lo que yo quería era trascender esa imagen frívola. Que se entienda que más allá de esa frivolidad hay un mundo con una cosmovisión, con una cierta ética, donde el cuerpo es una herramienta de trabajo. A veces puede ser chocante que alguien hable de su cuerpo, pero cuando uno entiende que eso es parte de esa vida y el requisito para trabajar, la pantalla de frivolidad se desmorona bastante”.
–¿Cómo sobrellevó las situaciones de exhibirse, desfilar, hacer fotos?
–Había situaciones que me generaban pudor. Claro que no estoy acostumbrada a exhibirme de esta manera. Pero supongo que es algo que le puede suceder a cualquier antropólogo en una situación que no conoce. Poner el cuerpo no es lo más usual, pero servía para lo que yo buscaba, que era entender corporalmente ciertos conceptos a los que no podía acceder del todo a través de entrevistas.
Admite, sin embargo, que hubo situaciones complejas. “Caminar por la pasarela en bikini y con tacos altos implica una posición corporal nueva, frente a un público. Es un aprendizaje.”

De lo sexy a lo gatuno
Guerschman sostiene que desde el principio de su investigación “aparecieron ciertas representaciones de la mujer y del ideal femenino como ‘sexy’, ‘vulgar’, ‘inocente’, ‘gato’, donde están implícitas cuestiones de moralidad”. “Se advierten estas distinciones en el discurso y en la práctica de los actores –modelos, fotógrafos, etc.– con respecto a la exposición corporal –escribió en su trabajo–. Según ese discurso no es lo mismo ‘mostrar’ el cuerpo que ‘insinuar’, ser ‘sexy’ que ‘vulgar’, ‘gato’ o ‘nena’, hacer ‘erotismo’ o ‘pornografía’.”
Recogió las opiniones de los integrantes de ese mundo. Según un fotógrafo, por ejemplo, “vulgar quiere decir algo que ofrece su sensualidad, su sexualidad de una manera demasiado expuesta y sin ningún juego de anticipación. Por eso ante una modelo con tendencia a parecer ‘muy insinuante’, un poco ‘vulgarona’, intentaba sacarla más ‘fina’, empujarla durante la sesión para que estuviera más ‘sofisticada’ que ‘vulgar’”.
El fantasma de la prostitución aparece como algo de lo que hay que desmarcarse. “‘Puedo ser sexy, pero no doy trola, no vendo trolez’, dice una modelo. También se lo señala en las sesiones de fotos: cuando alguna modelo exageraba la pose intentando ser sensual, el fotógrafo decía: ‘No te vayas a lo gato’”. La misma diferenciación se marca entre otras categorías: “las modelos establecen la diferencia entre la pornografía y su profesión –sostiene Guerschman–. Esta supone exhibirse continuamente, en ocasiones desnuda, pero es legitimada a partir de su distancia respecto de aquélla”.
En otros casos, la sombra de la prostitución aparece como algo más que una proyección de imagen. “Para lo que hacés en este país tenés dos caminos –dice una modelo en el trabajo–. El camino por el que subís rápido y el que subís despacio. Y hay uno que te va a costar menos, capaz que en dos o tres semanas empezaste a laburar, y hay otro que no. Pasa que hay muchas ‘trampas’, hablando mal y pronto, ‘gatunaje’”.
“Se habla de maneras ‘limpias’ y ‘sucias’ de hacer el trabajo –sostiene Guerschman–. Limpio es practicando criterios de profesionalidad, por el propio esfuerzo y trabajo. Sucio sería adhiriendo a prácticas relacionadas con la prostitución”.
En suma, el modelo de mujer que se trasmite y que las modelos deben observar es “una mujer que gusta a los demás, pero no de manera ‘vulgar’, que ‘insinúa’ el cuerpo, pero no lo ‘muestra’, que hace ‘erotismo’, pero no ‘pornografóa” ni es una ‘gata’”.

De lo sano a la porquería
Otro tema que apareció en el estudio fue la forma de lograr el cuerpo requerido para el trabajo. A lo largo de la formación se da mucha importancia a la alimentación –donde las modelos diferencian entre ‘comida sana’ y ‘porquerías’– y la actividad física. “El trabajo de modelo radica principalmente en la exhibición y posterior venta de un producto que, por lo general, consiste en una vestimenta –sostiene–. En el caso de la modelo de pasarela se pretende de ella que sea una ‘percha’, es decir, que tenga un determinado tipo corporal: elevada altura –más de un 1,75 metros– y poco peso. Según los entrevistados, desarrollar este tipo específico de cuerpo provoca –como efecto– que la prenda “caiga bien”.
Si bien el requisito de la altura no es tan estricto para las modelos de publicidad, sí lo son las medidas “ideales”. De ahí que las “porquerías” sean casi un pecado. “Las modelos reconocen el sacrificio en cuanto a la alimentación –dice Guerschman–, que estar ahí implica renunciar a conductas un poco más relajadas, pero al mismo tiempo, adhieren a esa ética del sacrificio si quieren trabajar en eso”.
En última instancia, ser modelo es para muchos también una forma de ascenso social. “La idea aparece no sólo como posible ascenso en la escala social, sino también como la posibilidad de viajar, poder conocer lugares a los que uno no accedería si no es a través del trabajo de modelo –describe la investigadora–. Hay una categoría que se repetía bastante: el ‘pulido’. Pulir el cuerpo, en cuanto a las medidas, pero también pulir el comportamiento. No sólo cuidando detalles como las uñas, sino puliendo la forma de sentarse o el lenguaje.”

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