SOCIEDAD › CIERRE Y DESALOJO DEL TRADICIONAL BAR BRITANICO

Y San Telmo se puso a llorar

Fue el final más anunciado para el bar de Defensa y Brasil, pese a la resistencia de vecinos y parroquianos. El nuevo inquilino deberá mantener la fachada. Prometen que seguirá siendo un bar.

Fue la imagen final y, de algún modo, un resumen de su historia. Cuando algunos empleados del nuevo inquilino del Bar Británico quisieron bajar sus cortinas metálicas luego del desalojo de los tres españoles que lo atendieron durante 46 años, se encontraron con algunas dificultades. Las láminas de metal ondulado estaban cubiertas de óxido y de una gruesa capa de tierra que empezó a esparcirse por la vereda como consecuencia de los golpes que debían darles para obligarlas a bajar. “¿Qué querés? Si hace como cincuenta años que no lo cierran”, explicaba uno de los tres policías que por la tarde, ya con el local vacío, hacía guardia en la esquina de Brasil y Defensa. El mismo trío de gallegos que llevaron las bandejas con pedidos a las mesas durante años ayer se encargaron de cargar los muebles, las aceitunas y los jamones a un camión de mudanza. Ese casi medio siglo recibiendo parroquianos sin interrupción había terminado.

“¡Uy, mami! ¿Por qué lo cerraron?”, preguntaba con tono de queja una nena que, de la mano de su madre pasaba por el ventanal que da a Defensa, aún con la rebelde cortina abierta. “Bueno, pero ahora van a venir otros señores a atender el bar”, intentó convencer la madre. Por fuera del local sólo quedaban algunos de los carteles pegados a las paredes, como el que anunciaba que “Si cierran el Británico, San Telmo llora”, y una bandera que los vecinos habían colgado sobre la puerta durante su resistencia al cierre.

El desalojo del bar se tendría que haber concretado unos veinte días antes, pero se pospuso para que continúen las negociaciones por el traspaso del fondo de comercio. El oficial de Justicia con la orden, enviado por el Juzgado Civil 7, llegó ayer por la mañana junto a media docena de policías que se limitaron a mirar junto a los vecinos.

José Trillo, Pepe Quiñones y Manolo Pose, los tres mozos –dueños del fondo de comercio–, fueron los encargados de juntar las sillas y las mesas, los pocillos de café y los vasos para whisky, la cafetera y el jamón, las aceitunas y los maníes. Cargaron la caja registradora y los cuadros, todo. “Estoy muy triste, pero algún día tenía que ser”, expresó Trillo. Para él el futuro está en España: según dijo, volverá a Galicia.

Mientras estaba en marcha la mudanza, eran unos veinte los vecinos y parroquianos que veían cómo se desarrollaba aquello que no querían ver. Era el mismo grupo que meses atrás, cuando el fin del Británico empezó como una amenaza, se juntaron para resistir. Sus acciones fueron desde llenar el local con carteles donde contaban lo que el bar significa para ellos, hasta recolectar veinte mil firmas en oposición al cierre. Y desde pasar noches enteras en sus mesas hasta crear un foro en Internet donde difundían las reuniones y se mandaban –como se manda un abrazo– “olor a café en vaso de vidrio”, del que abundaba en las mesas de esa esquina de San Telmo.

El conflicto se inició con la muerte del dueño del local. Cuando su hijo heredó, decidió no renovar el contrato de alquiler con los tres gallegos y buscar un nuevo inquilino. Entonces, la historia del Británico empezaba a tambalear. Ese lugar que había abierto sus puertas como la pulpería La Cosechera en la década del 20, se adentraba en una etapa de cambio. Similar, tal vez, a aquella que empezó con la llegada de marineros ingleses de la Primera Guerra Mundial y que le daría el nuevo nombre al bar. Ese nombre que los tres españoles mantuvieron cuando se hicieron cargo del lugar en 1960 y que reducirían a Tánico durante la guerra de Malvinas.

Es esa historia la que hizo del Británico uno de los bares notables de la ciudad de Buenos Aires. Por eso está protegido por la ley 35, lo que le permite ser parte de programas de restauración edilicia y asesoramiento comercial. Además, según informó el Ministerio de Cultura porteño, el local en el que funcionaba “forma parte de un inmueble catalogado dentro del Código de Planeamiento Urbano, con carácter estructural, lo que asegura la continuidad de sus rasgos arquitectónicos e impide su modificación”. Pero a los parroquianos la promesa de que el bar seguirá no les alcanza y les preocupa algo que no podrá preservar ninguna ley. “Acaban de arrancarle el corazón al barrio, lo mataron por la espalda y también le sacaron el alma. Ninguno de los que vengan van a lograr que este bar quede igual. Se está viviendo un velatorio, porque se está despidiendo el alma de esta esquina”, señalaba Mariano Santamarina. Habrá que prestar atención para saber hasta dónde se dejará oír el llanto de San Telmo.

Informe: Lucas Livchits.

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José Trillo, junto a los otros dos mozos y dueños del fondo de comercio, se encargó de la mudanza.
 
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