SOCIEDAD › EL VIUDO DECLARO Y TORCIO EL RUMBO DEL JUICIO EN SU PEOR MOMENTO

Una sorpresa para ganar puntos

Carrascosa acusó a Pachelo. Pretende demostrar que quería la autopsia. Por la mañana la pasó mal con tres testigos.

 Por Horacio Cecchi

El juicio que se lleva adelante contra Carlos Carrascosa por el homicidio de su esposa María Marta García Belsunce ayer tuvo una exigua cuota de pimienta que desplazó el extenso monólogo de Maximiliano Nicolás, secretario del tribunal y dueño de la sufrida garganta que viene leyendo números de teléfonos y declaraciones viejas desde hace cuatro días. Ayer, en la quinta jornada, sucedió lo esperablemente inesperado: durante la tarde, el viudo célebre pidió declarar. Era previsible, aunque nadie lo imaginaba posible antes de tiempo, antes de que finalizaran las largas horas y días que aún faltan de monólogo del secretario. El viudo habló durante una hora y media. Se lo vio inmutable como siempre, sólo tuvo un furcio por el que transitó con nervios durante unos segundos (se refirió al cuerpo de María Marta como “eso” y trastabilló intentando mejorar lo dicho), por primera vez acusó él en persona al vecino Nicolás Pachelo y respondió sin sufrir las preguntas (de por sí livianas de la fiscalía y del tribunal). La defensa se anotó un poroto al lograr que el tribunal acepte citar un testigo que supuestamente aportará pruebas de que el viudo estaba muy interesado en hacer la autopsia del cuerpo de su mujer.

A las 15.28, Carlos Carrascosa se sentó en el banquillo de los acusados. Un breve tic de molestia en los hombros fue la única señal de tensión que mostró inconscientemente. Por segunda vez (la primera, el primer día, fue para dar sus datos y decir que era un desocupado). Habló y respondió varias rondas de preguntas hasta las 17.03. Empezó leyendo un libreto escrito que daba la sensación de haber sido hecho después de leer con lupa las notas periodísticas.

Dijo que el primer día no había entendido la pregunta de la jueza y había dicho que “era un desocupado” cuando en realidad, aclaró, vivía del alquiler de una propiedad “y de los ahorros que tenía antes”. También corrigió que la madre no había muerto en una bañadera, sino que sufrió un golpe al caer, que fue intervenida quirúrgicamente y que un año después murió “por causas naturales”. También corrigió otros datos publicados en los medios: que no había transferido 18 mil dólares al exterior, sino que los tenía depositados en Montevideo y los transfirió al Merryl Lynch de Estados Unidos. Y que en una de las escuchas él le decía a la media hermana de María Marta, Irene Hurtig: “Si está todo listo, yo me rajo”. “Deben haberlo sacado de contexto. Nunca tuve intención de irme”, alegó y agregó ejemplos donde supuestamente podría haber fugado y, como es evidente, no lo hizo.

Después relató lo que ya había dicho, casi calcado. Que había ido a almorzar a lo de los Binello, que Guillermo Bártoli invitó a ver el partido y que a eso de las cuatro de la tarde María Marta fue a jugar al tenis con Viviana Binello. El siguió un poco después a lo de Bártoli. Vio los dos partidos. Y regresó. En lo que se refiere a datos, lo mismo que había declarado en enero de 2003 ante la fiscalía. Relató también cuando entró a su casa después de encontrarse con el guardia (José Ortiz). “¡Negra!”, dijo que gritó creyendo que se estaba tomando un baño, y como no le contestaba subió las escaleras, vio los vidrios empañados, miró hacia el baño y primero vio una mancha de sangre (“de unos 20 centímetros”, respondió a la pregunta de uno de los fiscales) junto al inodoro y después a su mujer inclinada dentro de la bañera, que tenía agua y sangre.

No vio más sangre, según aseguró, salvo un poco en la bañera semillena, y pese a haber levantado el cuerpo de María Marta y haberlo arrastrado por sus medios hasta la puerta del baño. Tampoco vio, según dijo, las toallas ensangrentadas que se utilizaron para limpiar el lugar más tarde.

Quiso describir cuando llegó la masajista, Beatriz Michelini, y pasó por un molesto traspié de unos segundos cuando dijo que “en ese momento que estoy sacando eso”, refiriéndose al cuerpo de María Marta. Quiso recomponer: “Digamos, el cuadro, la escena”, agregó incómodo, queriendo borrar el “eso”, hasta que retomó hablando de la masajista.

Mencionó el supuesto intento de resucitación, la llegada de los médicos. El cónclave del pituto en el que “participé 15 segundos como mucho”. El pedido de que el entierro se realizara en la bóveda de los García Belsunce en Recoleta y que fuera tarde para que llegaran sus familiares de Corrientes e Inés Ongay, la amiga de María Marta de Bariloche. Aseguró que ni su familia ni la de María Marta tenían antecedentes de cremación para responder a la acusación de que habría intentado incinerar las pruebas. Y metió la espina de la autopsia: “Cuando me enteré de que investigaban discrepancias entre los médicos pedí que se hiciera una autopsia y el fiscal lo rechazó”. (Diego Molina Pico, en noviembre de 2002, sostuvo que no fue el pedido de autopsia lo que se rechazó, sino que Carrascosa pedía ser tomado como parte querellante para poder pedir la autopsia y que no podía ser querellante siendo que empezaba a sospecharse del homicidio de su esposa y él automáticamente pasaba a ser sospechado.) Como testigo de ese supuesto rechazo, Carrascosa mencionó a su ex abogado Marcelo Nardi y lo solicitó como testigo, pese a que en una audiencia previa las partes habían convenido con el tribunal que no se citaría como testigos ni a abogados ni a funcionarios.

En ese aspecto, la defensa ganó el round, porque pese a la disconformidad de Molina Pico, los jueces aceptaron que, como caso extraordinario, Nardi sea citado a declarar.

Después de una hora y media de hablar y responder preguntas, finalmente el viudo célebre abandonó el incómodo lugar en el que estaba sentado y que sólo se notaba en el movimiento de sus hombros. Unos minutos antes el juez Luis María Rizzi le preguntó qué explicación tenía sobre el crimen. “Para mí el móvil fue el robo –respondió Carrascosa–. (M.M.) Tenía una caja chica, de las Damas del Pilar.”

–¿Sospecha de alguien? –le dejó en bandeja el juez, que obviamente leyó el expediente y esperaba que Carrascosa lo dijera...

–Es muy difícil, nuestro vecino que debe tener algo que ver y los guardias... –respondió Carrascosa, como si no quisiera mencionar el nombre que todos esperaban escuchar, y como si quisiera que lo obligaran a decir el nombre que toda la familia había acusado recién después de que el caso se hizo público.

–¿Quién es ese vecino? –repreguntó Rizzi.

–Pachelo –dijo por primera vez, pero como parte de su libreto.

Es muy difícil si no imposible entrar en las encriptadas estrategias de las partes ante un juicio. Quizás alguna señal del porqué de la decisión de declarar ayer se lea hoy en los medios. Mejor dicho, no se lea. Si Carrascosa no hubiera declarado hoy las crónicas seguramente deberían destacar lo que ocurrió durante la mañana: que la masajista Beatriz Michelini acusó a la familia de haberla “usado”; que el mozo del bar del house club Gerardo Obendorfer aseguró haberlo atendido a la hora en que Carrascosa dijo estar viendo el partido en lo de Bártoli, lo mismo que la concesionaria del bar, Alba Benítez. Y mucho más, que la mucama de los Bártoli, Catalina Vargas, dijo que a la hora en que Carrascosa dijo estar viendo el partido, en lo de los Bártoli el televisor estaba apagado y no había nadie. Hubiera sido una audiencia nefasta.

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Carrascosa declaró por la tarde. Trastabilló cuando se refirió como “eso” al cadáver de María Marta.
 
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