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Viernes, 11 de octubre de 2013

TEATRO › EL PODER DE LA LOCURA TEATRAL Y PREPARATIO MORTIS

Jean Fabre, polémico sin descanso

 Por Cecilia Hopkins

“Esto ya en los ’80 era viejo”, murmuraba en la oscuridad un director porteño, mientras contemplaba el escenario del Teatro Regio durante la segunda función de El poder de la locura teatral, obra del belga Jean Fabre. Lo que estaba viendo era la reposición del montaje original, estrenado en 1985, de cuatro horas y media de duración. La performance consistió en una sucesión de cuadros o escenas corales durante las cuales los actores corrían en el lugar hasta quedar extenuados, se desnudaban y vestían mecánicamente, se cacheteaban o besaban, bailaban diversos ritmos, rompían platos o cantaban, sobre el fondo de pinturas clásicas, entre otros, de Leonardo, David y Fragonard. Los textos que los aplicados actores decían alternándose en intrincada sucesión nombraban las obras teatrales –más el año de estreno, el teatro, el país, el autor y el director– que se constituyeron en hitos de la historia del espectáculo, desde 1876, año del estreno de El anillo de los nibelungos, de Wagner, hasta los años ’70. Con educada atención, el público porteño acompañó la maratónica sesión, diferenciándose de los espectadores que en otras latitudes, según se sabe, les gritaron improperios a los actores o subieron al escenario en son de burla.

Polémico sin descanso, Fabre estrenó en 2005 el solo de danza que presentó los primeros días del festival en la Sala Casacuberta del Teatro San Martín. Esa obra pone al tiempo en primer plano y desde allí busca hablar sobre la vida, como instancia de iniciación para emprender el trayecto que concluye en la muerte. Así, Preparatio mortis se inició con un largo introito en la oscuridad, dejándose oír la música compuesta y ejecutada por el organista Bernard Foccroulle. Luego hubo otro extenso segmento durante el cual una tenue luz dejó ver apenas lo que después se reveló como un túmulo florido, en torno del cual se extendía un espacio multicolor tapizado de petunias y gladiolos. Un brazo, luego una pierna surgieron entre las flores y, de un vigoroso salto, la bailarina Annabel Chambon pasó a ocupar esa área circundante. En esa suerte de edén tuvieron lugar los circuitos de movimientos enérgicos que la intérprete describió entre las flores, destruidas en ramos reunidos al azar en plan de manifestar la impostergable resistencia de un cuerpo que insiste en aplazar el momento de ser enterrado.

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