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Viernes, 11 de octubre de 2013

MUSICA › LILIANA HERRERO PRESENTARA MALDIGO ESTA NOCHE EN EL TEATRO COLISEO

La medida de los goces y las desdichas

La cantante no duda en definir a su flamante trabajo como un disco político, que recompone una voz posible desde las vacilaciones del lenguaje. Lo co-produjo con Lisandro Aristimuño y tiene canciones de Atahualpa Yupanqui, Violeta Parra y Miguel Abuelo.

 Por Santiago Giordano

“El bien y el mal son olvido, estuches del aire, que guardan la pena y el grito...” Liliana Herrero cierra los ojos, el movimiento leve de su mano traza en el aire huidizos pañuelos con el humo del cigarrillo y canta una parte de “Me voy quedando”, una zamba, una de las últimas que compuso Gustavo “Cuchi” Leguizamón. “Pensando en este disco probé muchas canciones, pero al final no quedó ninguna del Cuchi”, dice. “Entonces sentí que de alguna manera se me había alejado, que lo estaba perdiendo. Justamente por eso decidí dedicárselo a su memoria, como una manera de invocarlo. Y así fue: no sé en qué momento apareció y acá está, otra vez explicándonos todo.”

No hay bien ni mal en Maldigo, el nuevo disco de la cantante entrerriana. Hay, en todo caso, otro gesto inconformista e inadaptado de un temperamento incontenible en su busca, de una voz que se interroga a sí misma a partir de una serie de canciones y la manera de interpretarlas. Si desde Confesión del viento hasta Este tiempo, para delimitar una década con dos discos, es posible encontrar rasgos que en su diversidad indican y organizan una dirección común, Maldigo es otra cosa. Desde un lugar personal y sin concesiones, Herrero interroga la medida de los goces y las desdichas en Atahualpa Yupanqui, Hilda Herrera y Antonio Nella Castro, Aníbal Sampayo, Miguel Abuelo, Violeta Parra, Fernando Cabrera, Juan Falú y Hamlet Lima Quintana, Carlos Marrodán, Manuel Castilla y Fernando Portal, Dorival Caymmi, Fernando Barrientos, Tomás Aristimuño. Con esos nombres, la cantante y sus músicos trazan un aquí y ahora hecho con restos de lo posible. Herrero habla de las fisuras naturales de toda lengua y de la necesidad de encontrar un horizonte cero que refleje el quiebre con cualquier tradición posible, incluso la propia. Maldigo es, acaso, la constatación del comienzo que engendra todo final.

Hoy a las 21, Herrero presentará en el Teatro Coliseo (Marcelo T. de Alvear 1125) este disco que cuenta con la producción artística de la misma cantante, junto a Lisandro Aristimuño. Con ella estarán Pedro Rossi (guitarra), Ariel Naón (bajo eléctrico y contrabajo), Mario Gusso (percusión), Martín Pantyrer (saxos y clarón) y Lucio Baldini (guitarra eléctrica), componentes de una banda sólida, capaz de respirar con la cantante y de dejarla respirar. Además estarán algunos de los invitados del disco, entre ellos Raly Barrionuevo y Mauricio Bernal. “Me encanta que puedan estar Raly, a quien me une un gran afecto, y Mauricio, que con la marimba nos hizo un aporte importante”, puntualiza la cantante. “Insistí en incluir la marimba en el sonido de este disco, la madera busca la madera y sentía que tenía que funcionar. Creo que es un hallazgo interesante.”

Está terminando una jornada de ensayos y entrevistas. Herrero conversa. A su alrededor están algunos de sus músicos y se escucha el trajín de los preparativos de un asado. Todos conversan y Maldigo retumba en cada conversación: anécdotas de la grabación, del largo proceso creativo, del inicio de la producción. “Me pasé un verano en Buenos Aires pensando este disco –confiesa Herrero–. Con Pedro (Rossi) estuvimos semanas enteras probando canciones y sobre todo buscando un sonido, o mejor dicho el gesto sonoro que pueda definir esa parte, acaso mínima, que me interesa de cada tema. Qué tenía que sonar en ‘Garzas viajeras’ cuando dice ‘qué distinto atardecer’, por ejemplo.” “La búsqueda de cada gesto fue un trabajo de prueba y error –interviene Rossi desde la mesada donde está cortando la ensalada–. En ‘La diablera’, por ejemplo, tocaba de mil maneras distintas mientras Liliana me escuchaba y la cantaba; hasta que en un momento pegó el grito: ‘¡Ahí está!’” “Fue cuando escuché los hachazos que hacías con la guitarra –vuelve Herrero–; ése era el tema para mí, los árboles: ‘Cedro, roble, lapacho, guayacán o tipa blanca’.”

El sonido de la banda, cuyos integrantes participaron directamente en los arreglos, traduce cada uno de esos gestos con precisión afectiva y acompaña la fundación de desconocidos territorios que impulsa la cantora en cada interpretación. No necesita de virtuosismos –en el sentido tradicional del término– para dejar sentada su presencia; tampoco de impulsos extremos; más bien busca hacia adentro de la música de cada canción y se deja trajinar por el sentido de las palabras. “Me interesaba mucho cómo cada gesto primordial que sostenía una canción se traducía en el sonido de la banda –continúa Herrero–. Maldigo es una gran pregunta sobre cómo cantar. El lenguaje se quiebra, entonces canto desde la imposibilidad del canto. No puedo decir, por eso canto. Me pregunto qué quiere decir cantar en este tiempo y con una lengua fragmentada e incompleta. Pero es una pregunta que no puedo hacerme sola. Del mismo modo que pienso en mi propio canto, pienso en quienes me rodean, pienso con quiénes puedo cantar, pienso el canto de la multitud. ¿Qué voz tiene la multitud, hoy? ¿Con qué palabras canta?”

No es casual, entonces, que el primer gesto del disco, más como confesión que como advertencia, sea la frase “Por eso, afónica”, que se desprende del torrencial poema Eva Perón en la hoguera, de Leónidas Lamborghini. “Los líderes son afónicos –advierte Herrero–; lo era Eva y lo es Cristina. Entonces me surge otra pregunta: ¿cómo escuchan las multitudes?”

Herrero no tiene dudas en definir a Maldigo como un disco político, que recompone una voz posible desde las vacilaciones del lenguaje. “Pensar el canto desde otro lugar es un gesto eminentemente político”, afirma, y sonríe mientras los adjetivos que tratan de definir al disco van pasando. Denso, violento, rabioso, irreverente, son algunos de los que vienen y, sin embargo, enseguida se desvanecen ante lo que suena en temas como “Bagualín”, “Casamiento de negros” y “Run Run se fue pa’l Norte”, “Trabajo quiero trabajo”, “Pastor de nubes”, “Oye niño” o la bellísima “La garra del corazón”. Ese natural maldecir suena acaso a folklore y no precisamente a su vanguardia. Es sugestivo pensar que antes de la gramática, cuando el folklore no había hecho todavía tiempo para trazar su canon, se pronunciaba así. “Maldigo iba a ser un disco sobre el hambre y la pobreza –interviene en la charla Ariel Naón, interrumpiendo su afán de apantallar el fuego–. Después, la idea se fue ampliando, aparecieron otros impulsos y sin embargo, al final, el disco siguió hablando de eso.” “Salió un disco cuyo peso emocional es muy difícil de sostener sobre un escenario –dice Herrero–. De eso nos dimos cuenta recién en la presentación de La Plata, hace unos días. La sucesión de temas no nos dejaba un momento para bajar, para distendernos, para respirar. También por eso este disco es un gran desafío.”

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“Pensar el canto desde otro lugar es un gesto eminentemente político”, afirma Liliana Herrero.
Imagen: Pablo Piovanno
 
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