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Viernes, 21 de mayo de 2004

JUSTICIA

Otra vez sapo

Pedro Lezcano se tomó su tiempo para moler a golpes a su esposa. La llevó a un descampado, la torturó, la devolvió a su casa y la obligó a bañarse para borrar los rastros. Patricia murió cuatro días después. Esta semana la pena de Lezcano se redujo a la mitad de la prevista por la ley, ya que un juez consideró que la infidelidad de ella –él tenía dos amantes-amerita la atenuación. ¿Y este sapo cómo se traga?

 Por Sonia Tessa

Patricia Alejandra Azcurra intuía que sufriría represalias. “Dios mío, no sabés lo que me espera”, le dijo al hombre que la acompañaba en la madrugada del 8 de febrero de 2001, cuando volvió a la casa que compartía con su marido, el suboficial Pedro Hipólito Lezcano y vio el auto. Lo que no suponía es que la paliza de esa madrugada terminaría con su vida. “Pedro me pegó”, alcanzó a decirle a su madre y al médico, mientras la ambulancia recorría los 35 kilómetros que separan Acebal de Rosario. No era la primera vez, aunque ella lo disimulaba, y nunca lo había denunciado. Murió tras cuatro días de agonía. Para el juez de sentencia José María Casas, el conocimiento de la infidelidad constituye una “circunstancia extraordinaria de atenuación” que permite bajar la pena de prisión perpetua por homicidio calificado por el vínculo a 12 años de prisión. La resolución del mismo magistrado indica: “No creemos necesario hacer referencia a los antecedentes agresivos de Lezcano, aun cuando existen indicadores de que lo era sobre todo con su cónyuge”. Y si bien el fiscal de cámara apeló la sentencia, Patricia sigue siendo la mujer indefensa de esa madrugada, cuando el marido le pegaba trompadas y patadas en todo el cuerpo como castigo por “la traición”. Sin embargo, un manual de doble moral podría incluir también el hijo de una relación extramatrimonial simultánea de Lezcano en otro pueblo cercano, Carmen del Sauce, y la conocida relación amorosa con una mujer de Alvarez, el pueblo vecino donde el policía prestaba servicio.
Lezcano trabajaba en la subcomisaría 3ª de Alvarez. Aunque estaba muy poco en su casa, esa madrugada llegó temprano. Los chicos –de 7 y 10 años– dormían. El esperó a Patricia y cuando la vio bajar de la camioneta de otro hombre la sometió a un interrogatorio. Después la llevó a la zona del arroyo Pavón, un paraje deshabitado y alejado del pueblo de 6000 habitantes. La paliza fue brutal. No sólo golpes de puño y patadas, sino también otros tormentos que figuran en el expediente judicial. Cuando terminó de pegarle, regresó con ella a su casa. Según el testimonio de la madre de Patricia, “la obligó a bañarse –o la bañó– y se volvió a ir”. Cuando sus hijos se levantaron para ir a la escuela, Patricia les pidió que llamaran a un médico. Primero se negó a ser internada, pero ante la evidencia del médico de que se trataba de algo urgente, accedió. Debieron extirparle un riñón y murió cuatro días después. “Ni siquiera fue hombre para eso, la dejó abandonada al cuidado de dos chicos”, dice todavía Beatriz.
Lezcano está detenido desde entonces. Sus antecedentes violentos están expresados en varios pasajes del expediente judicial y también documentados en una denuncia por maltrato, presentada por su amante el 17 de octubre de 2000 en la comisaría de Alvarez, aunque ese sumario se perdió. Cuando Patricia murió, el juez de instrucción Juan José Pazos declaró que en sus años como juez “nunca había visto un caso de violencia de esas características. Es un hecho muy triste y lamentable”. Aquelmagistrado –distinto del que dictó la sentencia– afirmó: “Espero que esto sirva para que la gente que conoce o es víctima de violencia familiar se anime a denunciarlos”.
En otra línea argumental, la resolución de Casas contempla “la existencia de circunstancias extraordinarias de atenuación, ya que la acción de golpear ha sido una respuesta, una reacción a ese conocimiento de la infidelidad de Azcurra dentro del matrimonio; en otras palabras, la existencia objetiva de esa grave circunstancia y su conocimiento por Lezcano, si bien no justifican su reacción, sí de algún modo la atenúan por haberlo afectado profundamente en sus emociones y sentimientos, y en tal estado, actuado”. Consultado por la prensa, el juez afirmó que no hablará hasta que no haya condena firme, es decir, hasta que no se expida la Sala 2 de la Cámara Penal que ahora tiene el caso en sus manos.
Pero apenas llegó el fallo de primera instancia a sus manos, y sin entrar en cuestiones de género, el fiscal de Cámara Guillermo Camporini presentó un agravio, al considerar que “la conducta desplegada está más cerca de un obrar premeditado y alevoso que de una situación extraordinaria de atenuación, ya que tendría que darse una situación sorpresiva e inesperada, que en ningún momento se produjo, puesto que Lezcano fue preparando el momento para arribar al ataque homicida”.
Beatriz Luján de Azcurra es la mamá de Patricia. Tiene 66 años, una cara redonda con ojos tristes, el pelo canoso. Limpia casas de familia por hora, y en eso estaba cuando le avisaron que su hija estaba internada. Su hija todavía agonizaba cuando Bárbara, por entonces de once años, le contó que en el baño de su casa estaba la ropa que Patricia se había sacado antes de bañarse, con sangre y barro. Cuando fueron a buscarla, el asesino la había escondido. Les costó, pero la encontraron. “Estuve a punto de lavarla, por suerte unos familiares me advirtieron que podía servir de prueba”, cuenta ahora la mujer, que expresa su decepción con la Justicia y afirma: “A mi hija no me la van a devolver, pero qué pasa si este hombre sale libre y le hace lo mismo a otra mujer”.
“Mandá plata porque necesitamos para comida”, le escribió la más grande, ahora de 14 años, a su padre, en una carta conmovedora, donde también puede leerse: “Querido papá: Yo no sé cómo pudiste hacer esto. Había miles de cosas para explicar, no era solamente pegándole. Vos nos sacaste lo más importante que hay en la vida, la que luchó para tenernos a mí y a mi hermano. Vos no te diste cuenta de lo que hiciste en ese momento, que nos ibas a dejar sin mamá. Vos no te imaginás lo que me hace falta”.
Como tantas otras mujeres maltratadas, Patricia nunca reconoció el origen de los moretones que se repetían sospechosamente. Siempre había una excusa: se había tropezado, caído, golpeado con algún artefacto doméstico. Ante los demás, defendía a su marido como “un buen hombre”. Según dicen ahora sus familiares, Lezcano la había amenazado. Hay algo que consta en el expediente judicial. Ella le había confesado al hombre con el que salió dos veces que “su relación con el esposo no era buena, que tenían problemas, pero que él no le daba la separación porque ella le pertenecía”. En la alacena de la casa de la familia Azcurra, la foto de Patricia al lado de su madre tiene un lugar preponderante. Era una morocha linda, de 28 años, y ese día tenía puesta una remera negra, estampada. Beatriz, la mamá, evita mirar la foto, pero al terminar la nota se prende en un abrazo. “Por favor, hagan algo para que haya Justicia”, suplica llorando.

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