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Viernes, 16 de noviembre de 2012

Boquitas pintadas

FOTOGRAFIA Mientras en la oferta de la televisión por cable en Argentina se puede ver un reality que muestra sin ningún tipo de filtro cómo se puede depositar sobre una niña las aspiraciones más pobres de lo que se supone es una mujer perfecta, una muestra que fotografía niñas a las que se aplica la máscara de la muñeca Barbie da la vuelta al mundo para poner de manifiesto el costado más vacuo y más cruel del deber ser de la belleza estandarizada.

 Por Cristina Civale

Desde finales de octubre, la galería parisina Magda Danysz, en su sede de Shanghai, presenta una muestra inquietante, Little Dolls, una serie de fotografías realizadas por el joven francés Alain Delorme, manipuladas con Photoshop, un modo poco sutil de reproducir la manipulación que muchas nenas sufren en su vida de cada día.

Delorme cuenta a Las12 que la muestra empezó a diseñarla en 2006, cuando asistió al cumpleaños de una primita y vio que entre los regalos había muchas muñecas Barbies. “En ese momento –explica– estaba investigando distintas conformaciones del cuerpo humano y se me ocurrió impostar la máscara de la muñeca en el rostro de una niña.”

Esta idea no llegó sólo de asistir al cumpleaños de su parienta, Delorme ya conocía el concurso inventado en Estados Unidos, Miss Beauty Children, que luego se expandió con distintos nombres a diferentes partes del mundo –por suerte Argentina no compró el formato, aunque se puede ver un concurso por el canal Infinito donde las nenas compiten por el título “Pequeña señorita perfección”– por el que cada año cientos de nenas de entre 5 y 10 años son impulsadas por sus familias –especialmente por sus madres– a prepararse para concursar y ganar como las más bellas. No como la más bella niña, sino como la niña que mejor logra imitar a una mujer hermosa, no a cualquier mujer hermosa, ni siquiera a una top model: se las obliga a lucir un look claramente prostibulario, por el que deben seducir a la audiencia –en la que por supuesto no falta algún pedófilo– con gesto de vampiresas comehombres, maquillaje recargado –desde pestañas postizas hasta aceites o brillos dorados para la piel y por supuesto labiales que les arman una boca falsamente pulposa–, peinados desopilantes, vestidos estelares, con purpurinas, insinuaciones para culos remarcados y escotes que muestran un pecho tabla, pero un pecho al fin.

Es imposible no recordar en este punto la excelente película Little Miss Sunshine, opera prima dirigida por los videoclipperos Jonathan Dayton y Valerie Faris –donde la nena está interpretada por una panzona y afeada Abigail Breslin y cuyo coach era su abuelo heroinómano, genial interpretación de Alan Arkin que le valió el Oscar, premio que también mereció el guión–. En esa comedia negra una familia bastante particular de la América profunda decide llevar a la niña al concurso. Una nena cuyo aspecto y preparación no encajaban con los cánones esperados por los organizadores pero que sin embargo sorprende y escandaliza por izquierda, con el número trash que el abuelo heroinómano la había ayudado a preparar: un streap que hace sonrojar a las reinas anteriores, calentar a los pedófilos, enorgullecer a los padres –que no apostaban un centavo por su hija muy poco Barbie– y que logra que se los expulse a todos por zarpados. ¿Lo más inesperado de toda la situación? La nena lleva al extremo, entre inocente y zafada, lo mismo que propone ese entorno realmente aterrador colmado de otras nenitas convertidas en la imagen de las putas perfectas, sin que ellas lo sepan ni sus madres o padres se hagan cargo y las verdaderas abusadoras –madres, la mayoría– terminan exhibiendo su doble moral sin vergüenza/sinvergüenza traducida en insultos y objetos arrojados contra la infractora.

Delorme va más por este línea y con esta idea comenzó su búsqueda de las niñas. El casting se armó como una suerte de boca a boca. No realizó ninguna convocatoria especial, tampoco buscó una apariencia particular en la nenas, en su caso el único límite fue la edad: debían tener entre 3 y 6 años, no más. De ese modo el efecto se convertía en más terrorífico y el mensaje en un comunicado más perturbador. Delorme, en vez de seguir los postulados del concurso yankee en el que también se inspiró, prefirió dotar al entorno de sus fotografías de naturalidad y, sobre todo, de ingenuidad. Llegaba a la casa de la nena a fotografiar con una torta, que luego incluía en la toma, y en la misma casa armaba un miniestudio que generalmente tenía lugar en el living y los padres estaban presentes y felices. Simulaba que estaba sacando fotos de cumpleaños, cuando tenía muy claro que su objetivo final sería manipular luego esas tomas en posproducción para convertir a la niñas en muñecas perfectas, con aspecto adulto, de belleza irrefutable. En el estudio improvisado usaba como fondo una sábana que le proveía la familia y trataba de trabajar con luz de día. Mientras avanzaba en el trabajo de la serie sumó la posibilidad de trabajar en un estudio verdadero con luces y telgopores y paraguas para que todo resultase más cómodo, y aun así siempre había una torta que cada vez compraba en la panadería cercana a la casa de sus padres.

El resultado de las fotos, tal como se aprecia, genera una sensación de repulsión, de abuso, de maltrato sobre esos cuerpos y mentes totalmente inocentes a los que se les ofrecía “el trabajo” como un juego, quizá como la primera vanidad. Sin embargo, Delorme no trabajó ni con peluqueros ni con maquilladores, sólo aplicó luego, mediante posproducción, la máscara de las tremendas Barbies, y así logró el resultado buscado, ese que las madres norteamericanas no dudan en alcanzar mediante cualquier método –clases de baile, de declamación, estudio de posturas, sesiones con modistas y peluqueros– para que sus hijas sean las ganadoras del concurso nacional o el de su estado. Y ellas también aparecen en toma: apenas se ve el registro de una mano que sostiene a las niñas, como si quisiera fijarlas en el lugar indicado, la velada amenaza de que quietitas es mejor, la mano que mece la cuna.

Coincidentemente, desde agosto, canal Infinito está transmitiendo una serie, Niñas perfectas, un reality donde se ve la trastienda de este maltrato.

En la emisión del domingo 11 de noviembre se presenta el caso de Taylor, una nena de Georgia que es obligada por su mamá, una verdadera tirana, a participar en los concursos. La madre, muy fresca, declara que desde entonces ganaron 25 mil dólares por participar y otros tantos por sesiones de fotografías. Taylor recién tiene 5 años. En la misma emisión, se cuenta la historia de Maggie, que con firmeza se rebela a los mandatos imposibles de su madre: “Te dije que no soy perfecta”, le grita la nena en un ataque de histeria cuando falla en una clase de baile y su madre, para consolarla, le dice: “Para mí sí sos perfecta”. Maggie termina besándola, la vieja bruja logró su cometido y así le hace ensayar la entrevista, un punto fundamental del concurso, donde la niñas deben mostrar sus particularidades. “¿Cuál es tu comida favorita?” La nena dice que no tiene y la madre la induce a que mienta, a que invente una, no puede tener tan poca personalidad y le recuerda que debe contestar con oraciones completas, con sujeto y predicado, signo de alta educación.

El logro de Delorme con su serie Little Dolls es que con sus imágenes fijas da cuenta del terror/horror que sufren estas niñas abusadas en el engaño de hacerles “el bien” de exhibir desde muy pronto su mejor virtud, de lograr algo parecido a la perfección. Y siempre por dinero, un dinero que no es para ellas –y aunque lo fuere– una perfección y una belleza que le da dinero a la peor de sus fiolas: sus propias madres. Y como dice el famoso libro: ninguna mujer nace para puta, y antes de mujer, una mujer es niña, o sea: ninguna niña tampoco: nunca, jamás.

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