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Viernes, 21 de marzo de 2014

ENTREVISTA

Aire caliente

Ser joven, pensar distinto, ponerse en el lugar de otros y otras, tratar de abrir la cabeza y empezar de cero. De eso habla la actriz Alejandra Darín, quien protagoniza la segunda temporada de Tierra del Fuego.

 Por Laura Rosso

Yael, el personaje que interpreta Alejandra Darín en la obra Tierra del Fuego, de Mario Diament, decide viajar de Israel a Londres para conocer a Hassan, un palestino que cumple condena en prisión por haber participado en el atentado contra la tripulación israelí del vuelo 016 de la compañía El Al, del que ella era azafata. En ese hecho ocurrido en el centro de Londres cuando descendían del ómnibus para entrar al Hotel Europa, murió su amiga, azafata como ella. Pasaron más de dos décadas, y Yael (que había recibido heridas en el brazo) decide hacer ese viaje y enfrentarse cara a cara con Hassan. Lo que la moviliza no es el odio sino entender las causas que lo llevaron a cometer ese acto de violencia. La historia está inspirada en un hecho real ocurrido en Londres en 1978, con la que el autor se topó una madrugada mientras miraba televisión. Durante muchos años, Diament había querido escribir una obra sobre el conflicto palestino-israelí, hasta que encontró este documental que contaba la historia de Yael. En diálogo con Las 12, la protagonista de la obra desgrana sus sentimientos hacia su personaje con el que se identifica en varios sentidos. Yael dice estar asqueada de la corrupción, la inoperancia y la ceguera de los hombres. Se sobrepone a sí misma, a la tragedia que vivió y hace lo que nadie quiere que haga. Puede salirse de sí y ponerse en el lugar del otro. En ese viaje que emprende después de tanto tiempo, Yael sale en busca de una respuesta.

¿Qué fue lo primero que te convocó de la obra?

–Lo primero es Diament, con quien ya trabajé en tres obras: Un informe sobre la banalidad del amor, El libro de Ruth y Esquirlas. Nos hicimos amigos, establecimos un vínculo muy amoroso y en cuanto tiene algo recién salido del horno me lo manda. Yo lo leo y flasheo siempre. Eso me pasa tanto con las obra que hice como con las que no hice. Me dio esta obra, me gustó muchísimo y le dije que sí. Nos pusimos a trabajar con Daniel Marcove como director. Y todavía sigo descubriendo cosas de Yael. Eso es lo que tiene de interesante la actuación para una persona curiosa y que se aburre rápido. Ella es una militante del amor. Y yo también. Lo que quiero decir es que tengo que batallar con mis propios demonios, como cualquier persona y Yael también. Pasaron veintidós años y ella sale a buscar algo.

La obra comienza con Yael y Hassan sentados frente a frente. Yael dice: “Hace veintidós años trataste de matarme”. Y Hassan responde: “Quien hizo eso fue otra persona”. ¿Qué busca Yael? Entender. Pero no es que se despierta un día y dice: “¿Qué onda los palestinos?”. Pasaron veintidós años y ella sale a buscar porque hay algo que no encaja. Por eso, en la escena en que ella le dice a Hassan: “¿Cuándo cambiaste? ¿Cuándo fue que pasaste de ser un asesino a ser alguien que quiere hacer algo con su vida?”. El le responde: “Pasó que un día entendí”. Y es ahí donde ella pica, también quiere entender. Y yo también quiero entender. Es difícil para los demás ponerse en el lugar del otro. Eso es lo que está buscando. Está tratando de entender en qué mundo nació.

¿Eso le deja cierta esperanza?

–Sí, por eso firma la carta para la liberación de Hassan.

Yael pregunta: ¿Hasta cuándo vamos a seguir matándonos? ¿Qué reflexión te suscita esta pregunta?

–El problema es que tenemos que elegir minuto a minuto, y hay elecciones cotidianas más pequeñas y hay otras más grandes. Siempre hay una disyuntiva. El círculo familiar no elige nada, responde a la inercia, están en la inercia. Pero las otras mujeres con las que ella se reúne para luchar por la paz, no. Quieren hacer algo. La diferencia se da cuando no podés ver que el otro es una persona, que del otro lado también hay madres. “A vos no te quitaron nada”, le dice la madre de la amiga. Sin ponerse en su lugar, sin entender que ella también perdió a su amiga y podría haber perdido su vida. Todos en la familia de Yael han sufrido ese atentado. Los cambios se producen por aquellos que pueden ver más allá. Es ella la que puede mirar más allá. Como Estela de Carlotto...

La decisión de Yael de realizar el viaje, ¿tiene una motivación puramente individual?

–En la elección que yo hice para el personaje es por sus dos hijas. Y sus hijas no como sus dos hijas, sino en un sentido más amplio. Sabe que sus hijas no pueden sobrevivir si el entorno sigue igual, por eso se mete el miedo en el culo y va.

¿Quedás muy cansada después de la función?

–No podría hacer otra función porque son obras que exigen de mí un espacio vacío al que es muy difícil de acceder. Tiene que ver con el hecho teatral. No soy muy teórica, me hago una teoría para mí. Es un lugar en el que estoy con lo que soy. Yo sé que a partir de un momento empieza una suerte de rito que tiene que ver con ingresar a ese espacio donde me voy a encontrar con un montón de gente que no conozco, y lo que voy a hacer es ir a ese encuentro de la manera más liviana posible, de la manera más eterna, sin peso. La mente del actor está dividida en miles de compartimentos. Yo creo que lo que una hace es adentrarse en ese lugar que es impalpable, donde todos somos lo mismo.

¿Qué significa para vos actuar?

–Actuar es lo más parecido a acercarse a la verdad. Y no hay nada más maravilloso que la verdad. Actuar me llena de filosofía. Cuando una hace teatro siempre aprende algo, se hace preguntas. Esta obra es como un compendio de lo que yo sé hasta ahora. Yo como persona, yo Alejandra. Me identifico mucho porque, como cualquier persona, en cualquier lugar del mundo he sido atacada. Cuando Yael hace esto no lo hace sólo por sus hijas, lo hace por todos los hijos. Cuando yo hago teatro lo hago por todos mis hijos, porque tengo esa mirada sobre la gente más joven. A mí no me gusta que hablen mal de los jóvenes. Para mí la mayor discriminación que hay entre las personas tiene que ver con la edad. Como, por ejemplo, creer que una persona que tiene diez años es menos capaz, menos sensible, menos todo... Las personas somos lo que logramos hacer con lo que somos y con lo que nuestro entorno nos deja ser. Yo creo que los adultos aprendemos de los chicos, y no porque ellos vengan a enseñarnos, sino porque al ser testigos de su nacimiento, y al ser seres que necesitan de nuestro amor, de nuestra contención y de nuestras mejores ideas, tenés que empezar a usar el cerebro, tenés que replantearte tus propias cosas. Esa es la oportunidad que nosotros tenemos para aprender.

Hablando de jóvenes, ¿qué te dejó aquella experiencia con los chicos y chicas en la toma de la Sala Alberdi, en el sexto piso del Centro Cultural San Martín? Desde la Asociación Argentina de Actores –donde sos la presidenta– decidieron acompañarlos.

–Fue tensionante porque no hubo respuesta de nadie que tendría que haber estado para responder. Esa fue la tensión. Yo ahí veía pibes y pibas, y no estaba la persona que tendría que haber estado. No era un patovica el que tenía que estar en un centro cultural. Desde la Asociación Argentina de Actores los acompañamos, sí. A mí me llama mucho la atención cuando se interponen las cosas a las personas. O sea, yo creo que cada uno ve el mundo desde lo que es. ¿Qué es más importante? ¿Lo que yo crea de vos, o lo que vos sos? ¿Lo que yo diga que creo que vos, o lo que vos sos? Acá fue todo al revés. Un grupo de jóvenes que venía trabajando, sosteniendo el lugar. Ahí dejaron de ser importantes las propias personas. Yo no vi en esos jóvenes lo mismo que vio el Gobierno de la Ciudad, que es una entelequia. Vení, sentate enfrente, tratemos de hablar, de solucionar. Pero no podés pasar sobre la gente, y mucho menos sobre la gente que está defendiendo algo, aunque para vos estén equivocados.

Tierra del Fuego
Teatro El Tinglado
Mario Bravo 948
Sábados a las 20 y domingos a las 19.

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