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Viernes, 21 de marzo de 2014

RESCATES

Vampiresa muda

Nita Naldi
1897-1961

 Por Marisa Avigliano

Eramos como libélulas. Parecía que estábamos suspendidos en el aire sin esfuerzo, pero en realidad nuestras alas se movían muy de prisa..., decía May Murray, una de las estrellas de cine mudo, uno de los cuerpos sin voz del primer Hollywood dorado. Mary Dooley (Nonna, Anne, Anita..., todos sus posibles nombres parecen surgir de autógrafos ininteligibles), una neoyorquina pobre, hija de un obrero irlandés que se fue de la casa cuando ella era una adolescente (su madre murió poco después), vivió con sus hermanos hasta que un trabajo como modelo en los ateliers del Greenwich Village la hizo debutar en Broadway como corista en el Winter Garden. Fue un debut vertiginoso porque de inmediato la irlandesa que estiraba sus ojos con el rimel de las latitudes mudó sus rouges y sus polvos a las Ziegfeld Follies (las revistas inspiradas en el Folies Bergère) y eligió ser Nita Naldi (se supone que el Naldi lo cortó de un Rinaldi, un amor de infancia). Dos años de vodevil y algunas producciones independientes bastaron para que Nita llegara a la pantalla y se convirtiera en la heroína de Dr. Jekyll y Mr. Hyde junto al quimérico John Barrymore. A los 25 años, Nita, Miss Gina, era la “turbia vampiresa” del género, la atractiva hechicera de la industria fílmica que esperaba a su Valentino. Un Valentino que llegó en Sangre y arena (1922), una perla del cine mudo y uno de los últimos films vampíricos que, desde las que protagonizaba Clara Bow, mostraba cuánto sabían de sexo las chicas buenas. Doña Sol (Nita) hizo lo que quiso con su Juan Gallardo (Valentino) y con la taquilla. Después fue Sally Lung, la euroasiática de Los diez mandamientos (1923) y una inspiración para Alberto Vargas, que la pintó desnuda abrazada al busto de un diablito. Siguiendo al millonario J. Searle Barclay se fue a París y, aunque después se casó con él, volvió sin un centavo. “Estoy en bancarrota”, dijo la vampiresa muda en 1932. En Europa filmó tres películas, una con Alfred Hitchcock, El águila de la montaña (1926). Según contaba el patrono del suspenso, Nita le dijo que el hombre que la acompañaba era su papá. Barclay tenía veinte años más que ella y estaba casado con otra mujer. Cuando Hitchcock se casó con Alma Reville, pasó parte de su luna de miel en París con Naldi y Barclay. Aunque su voz no se escuchaba tan apocalíptica como la de la mayoría de las estrellas de los gestos, el cine sonoro casi no le puso micrófono. La deidad de las sombras dejó de ser aquella femme fatale que buscando exotismo se había inventado un pasado italiano –como la infancia egipcia de Theda Bara– y aumentó de peso. La prensa no se lo perdonó, ahora Nita era una señora gorda con curvas pasadas de moda. Pequeños créditos en películas ajenas y algunas noches de escenario –In Any Language, junto a Uta Hagen– entretuvieron las horas quebradas. Las cuentas vencidas las saldó apareciendo en programas de televisión para chicos. Murió en el Wentworth Hotel, en la habitación que se había convertido en su casa desde que volvió a ser tan pobre como cuando era una nena. La vampira muda mueve la boca, sube las cejas, infla el pecho y cruza las piernas estremeciendo a la platea en suculento equilibrio de un oído que durante años se encerró en la cóclea para exigir siempre la misma lava, la misma vibración perenne del silencio. En su imagen empuñada Nita recobra de la saliva el oxígeno del desaliento y mira la estrella que lleva su nombre en el 6316 de Hollywood Boulevard.

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