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Viernes, 21 de marzo de 2014

DEBATES

Quién maneja la balanza

En todos lados se cuecen habas, y por qué no entre los funcionarios y las funcionarias de la Justicia porteña, donde la desigualdad de género está viva y coleando, de acuerdo con la flamante encuesta que presentó esta semana el Observatorio de Género en la Justicia del Consejo de la Magistratura. Allí se desnuda la subsistencia de percepciones vetustas en cuanto a los roles de las mujeres en la crianza y los trabajos domésticos, sean éstas magistradas, operadoras o funcionarias de 30 a 45 años, y se demuestra que en la división sexual del trabajo las cargas y responsabilidades siguen recayendo en sus señorías mujeres.

 Por Roxana Sandá

Son aquellas con una preparación intelectual de alto nivel, la mayoría cursó estudios terciarios o universitarios completos; deciden o resuelven las cuestiones judiciales de buena parte de la ciudadanía porteña y suelen acceder a puestos de rango en la Justicia. Sin embargo, la sequía aparece cuando se juegan los tiempos personales; se resienten el ocio y las actividades sociales si hay hijxs pequeños a cargo, la jornada laboral se les duplica con los trabajos domésticos y las más afectadas, siempre, son las franjas de entre 30 y 45 años, que atraviesan con resignación las jornadas semanales extendidas. A diferencia de sus pares o parejas varones, hipotecan en casa el 60 por ciento de su tiempo sin opción a la vista. Las conclusiones surgen de la encuesta “Percepciones de la desigualdad de género en la Justicia de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires”, realizada por el Observatorio de Género en la Justicia, del Consejo de la Magistratura de la Ciudad de Buenos Aires, que dirige la doctora en Filosofía y ex legisladora Diana Maffía.

La investigación, desarrollada en 2013, un cuestionario on line con preguntas abiertas y cerradas, enviado a los 4697 operadores y operadoras de la Justicia de la Ciudad, fue respondido sin embargo por 1239 personas de todos los organismos del Poder Judicial. Con su presentación el miércoles último, se propone como herramienta posible “para identificar y erradicar los sesgos de género en el sistema de Justicia, entendidos como procesos que condicionan prácticas, inciden sobre las estructuras judiciales y configuran la relación con las personas justiciables”, por lo que desde el vamos se hizo hincapié en ítem complejos para las mujeres a la hora de establecer roles y distribuir responsabilidades con sus parejas. Organización familiar, cuidado de hijas e hijos, inserción laboral, uso del tiempo, capacitación, requerimientos educativos dispares, impactan sobre las posibilidades de formación, “una herramienta clave en la construcción de la carrera laboral en el Poder Judicial, así como sobre la participación en ámbitos sociales y profesionales. Ambas cuestiones propician una brecha creciente en los espacios de decisión”, advierte Maffía.

En el universo encuestado, el 59 por ciento de las respuestas corresponde a mujeres. El 51 por ciento del personal encuestado (funcionarios/as, magistrados/as, empleados/as) tiene entre 30 y 45 años; un 53 por ciento está casado o unido. Más de la mitad tiene hijos/as y 7 de cada 10 tienen hijos/as de hasta 13 años. El 58 por ciento vive en pareja.

Corre, Lola, corre

Hay una referencia eje sobre el tiempo destinado a tareas de cuidado de niñas, niños y/o adultos, inesperada, y que sin embargo representa un aspecto primordial en la cotidianidad de operadores y operadoras de la Justicia. El dato es relevante porque la proporción de personas encuestadas que tiene hijos/as ronda el 50 por ciento para todos los organismos, y además porque “aún en un contexto de relativa colaboración para el cuidado infantil entre los miembros de la pareja, todavía subsisten vestigios tradicionales en cuanto a los roles de las mujeres en la crianza”, descubre la encuesta.

Y aunque predomina el contexto de “pareja con trabajo remunerado de tiempo completo”, resulta mayor la proporción de mujeres con parejas trabajando a tiempo completo (83,9 por ciento) que la proporción de varones cuyas parejas lo hacen (65,2 por ciento). Aquí la organización del cuidado infantil y del hogar es central entre las/os que tienen hijos/as de hasta 13 años: el 55 por ciento recibe o contrata ayuda para su cuidado, principalmente de personas a cargo del cuidado de niños/as (67,1 por ciento) y de instituciones educativas (45,1%). “En general, las parejas de aquellas operadoras y operadores que contratan o reciben ayuda para el cuidado infantil tienen un trabajo de dedicación completa: 93,1 por ciento y 73,8, respectivamente.” Quienes no reciben o contratan ayuda dejan observar la misma tendencia, pero esta vez con diferencias notorias entre varones y mujeres en la proporción de cónyuges con trabajo a tiempo completo (45,6 por ciento y 77,5 por ciento) y en la categoría sin trabajo remunerado (30,9 por ciento y 5,6 por ciento). “La posibilidad de no contratar servicios para el cuidado infantil se apoya, particularmente entre los varones, en el menor compromiso horario de las parejas.”

El dato corre en línea con estereotipos tradicionales para agregar que, entre quienes no comparten en igual proporción el cuidado infantil, sólo el 5,8 por ciento de los varones declara que se ocupan ellos mismos del cuidado de sus hijos/as, en tanto que el 36,2 por ciento responde que “se ocupa su pareja o cónyuge”. En la vereda opuesta, un 38 por ciento de las mujeres dijo que se ocupan ellas mismas de ese cuidado y que sólo un 3,8 por ciento de sus parejas lo hacen. La socióloga Beatriz Kohen, del área de Justicia y Género de la Facultad de Derecho de la Universidad de Palermo y una de las especialistas que integra el equipo de trabajo del Observatorio, traduce que las tareas de cuidado “están altamente depositadas en las mujeres y que el tiempo dedicado a esas tareas más el destinado al trabajo doméstico duplican al del trabajo remunerado, lo que en cierta forma refleja la desigualdad que persiste en la sociedad”.

Tiempo tirano

Las mujeres destinan el 60 por ciento del tiempo durante el cual no trabajan de manera remunerada a las tareas de cuidado y domésticas (38,3 por ciento y 25,1 por ciento respectivamente), mientras que los períodos dedicados al cuidado de sí mismas apenas llegan a un 4,1 por ciento; al ocio, un 6,7, y a estudios y formación, un 8,1. “Tanto para las mujeres como para los varones, el hecho de tener hijos/as conlleva un impacto significativo sobre el uso que hacen de su tiempo”, explica Kohen. “Pero en el caso de las mujeres ese impacto es considerablemente mayor.”

En verdad se espera que la encuesta contribuya a diagnosticar y prevenir la discriminación de género en la estructura de Justicia porteña en las relaciones entre sus operadores y operadoras, ¿pero cómo reciclar los diagnósticos cuando la jornada laboral se convierte en invasor? “El ingreso masivo de las mujeres a los diferentes ámbitos laborales no fue acompañado por cambios significativos en cuanto a sus roles familiares”, precisa Maffía. “Al interior del hogar todavía retienen la mayor carga de responsabilidad por las tareas domésticas y de crianza, y tampoco se han producido cambios sustantivos en cuanto a la provisión social de servicios de cuidado. Por eso, aun en estudios como éste, más enfocados en sus roles laborales, es ineludible la referencia a cuestiones relacionadas con la división sexual del trabajo al interior de las familias.” Son nucleares temas como la responsabilidad de la crianza, que recae en las espaldas de las madres, “y la coexistencia de demandas a veces contradictorias entre el fuerte mandato cultural que pesa sobre las mujeres como principales proveedoras de la organización del trabajo de cuidado, que se realiza de forma no remunerada al interior de los hogares y los requisitos de la vida profesional, y las estrategias de conciliación entre ambas esferas”.

Según el informe, el 73,8 por ciento de las parejas de operadoras y el 93,1 por ciento de parejas de operadores que contratan o reciben ayuda para el cuidado infantil tienen un trabajo de dedicación completa, mientras que un 58 por ciento de varones y mujeres que no contrata ayudas de cuidado, respondió que los integrantes de la pareja se ocupan de esa tarea “en igual proporción”. La taba se da vuelta entre quienes no comparten en medida similar el cuidado infantil: sólo el 5,8 por ciento de los varones declaró que se ocupa del cuidado de sus hijos/as. El 36,2 por ciento dijo que la que se ocupa es “su pareja o cónyuge”. Pero un 38 por ciento de las mujeres manifestó que son ellas quienes atienden el cuidado de sus hijos/as y que sólo un 3,8 por ciento de sus parejas lo hace. Para Maffía, los datos indicarían que “en un sector de esta población, aun en contextos de relativa colaboración para el cuidado infantil en pareja, todavía subsisten vestigios tradicionales en cuanto a los roles de las mujeres en la crianza”.

Verdad casi de Perogrullo, el uso del tiempo depende del grupo etario al que pertenecen. La franja judicial joven, de 18 a 29 años, destina más horas “al estudio, al ocio, al uso de medios de comunicación y al cuidado personal, en tanto que el tiempo semanal dedicado al cuidado de niños/as y personas mayores en el grupo de 30 a 45 años –el que concentra la mayor proporción de hijos/as de hasta 13 años– asciende a 41,1 horas semanales promedio, descendiendo a 5,1 horas semanales la participación en la esfera pública”. Y, siempre, el fenómeno de la maternidad y la paternidad impactará con crudeza en el uso que hacen de su tiempo las/os encuestadas/os. Mientras quienes tienen hijos/as destinan en promedio 46,7 horas semanales al trabajo de cuidado (40,6 de ellas al cuidado infantil), quienes no los tienen dedican 7,7 horas semanales a estas actividades y sólo 1,7 al cuidado de niños/as. La térmica asciende entre aquellas/os con hijos/as de hasta 13 años, con un promedio de horas semanales de 53,3 horas: 48 al cuidado infantil.

“La jornada declarada por las mujeres –sin incluir las 35 horas semanales dedicadas al trabajo remunerado– supera en 12,6 horas semanales a la declarada por los varones (109,3 y 96,7 horas respectivamente) y, prácticamente el 60 por ciento de ese tiempo se destina al trabajo de cuidado y doméstico, mientras que, entre los varones, esa proporción representa el 47 por ciento”, detalla Kohen. En promedio, las mujeres dedican semanalmente 38,3 horas al trabajo de cuidado, en especial al cuidado infantil, 12 horas más de las que destinan los varones a las mismas tareas. En cuanto al trabajo doméstico, mientras que las mujeres emplean en promedio 25,1 horas semanales, los varones le destinan 19,7 horas.

Piden y piden más

La encuesta confirma que la Justicia de la Ciudad de Buenos Aires goza de un alto nivel educativo, en una proporción ascendente de personas encuestadas con estudios de posgrado, y es mayor entre las mujeres, un 34,9 por ciento sobre un 29,2 por ciento de varones. Pero a igual cargo, ellas deben presentar mayores credenciales educativas, lo que desnuda las profundas diferencias de óptica (¿vetusta, distorsionada, machista?) a la hora de exigirles requisitos a varones y mujeres.

Una a favor. Si bien en todos los cargos la participación de las mujeres en actividades de capacitación en género es mayor, la mayoría encuestada coincide en la relevancia de la capacitación en temas de género para la Justicia; 8 de cada 10 varones y 9 de cada 10 mujeres graduados/as en Derecho manifestaron que esa capacitación debería ser incluida en la currícula de la carrera. Mientras, 8 de cada 10 operadores y 9 de cada 10 operadoras consideran necesaria la transversalización de la perspectiva de género en la formación de grado y posgrado, y 8 de cada 10 encuestados/as destinaría su “tiempo y energía” a actividades de formación en género. Los números, concluye Maffía, son auspiciosos, en tanto conecta a mujeres y hombres en una sintonía común, compartida en mayor medida por las y los integrantes del Ministerio Público Fiscal (7 de cada 10 creen importante la perspectiva de género), del Tribunal Superior de Justicia (6 de cada 10) y del Ministerio Público Tutelar (entre 5 y 6 de cada 10), pero menos entre quienes integran el Consejo de la Magistratura (3 y 4 de cada 100 integrantes) y poco más entre las/os de la Cámara de Apelaciones (4 de cada 10). En esa búsqueda de lograr un sistema judicial más igualitario “tanto para la ciudadanía como para sus integrantes, estos números sugieren una tendencia a una mayor identificación de los varones con la necesidad de una mirada con perspectiva de género y de las mujeres con sus propios intereses de género”.

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Imagen: Constanza Niscovolos
 
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