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Viernes, 22 de agosto de 2014

VISTO Y LEIDO

Sexo explícito

La iniciación sexual en clave de violencia y desconcierto recorre el cuerpo y el pensamiento de una adolescente en Clèves, la última novela de Marie Darrieussecq.

 Por Alejandra Varela

La escena puede parecer la misma. Solange se escapa a una kermesse de pueblo o a una fiesta en un castillo con habitaciones azules. Solange busca en el diccionario las palabras que no comprende, pero no se conforma con eso. Su cuerpito que chorrea sangre y les tiene pánico a los tampones está allí, expuesto, como si sus remeritas de lentejuelas y sus polleras negras estuvieran tajeadas, cortadas, como si saliera desnuda y por eso la facilidad de ser tocada se diera como un acto inevitable, como un llamado de su propia curiosidad.

Para Solange, la explicación del adulto no consuela. En su adolescencia azorada, su cuerpo funciona como una alcancía vacía que los hombres sacuden y escarban mientras ella empieza a descubrir en ese interior húmedo y viscoso las respuestas tan parecidas a la palabra cruda de los adultos. Ella va ciega y termina transpirada, en un charco de fluidos, con el maquillaje borrándole la cara. En la vida de Solange todo se ha vuelto explícito.

El estilo detallista y para nada piadoso que Marie Darrieussecq asume para narrar desgrana un impacto que parece caer directamente en el cuerpo del lector, pero en realidad la autora francesa construye una maquinaria que ofrece la cabeza de su personaje en una mesa de disección.

Al elegir la tercera persona para narrar Clèves, Darrieussecq permite escapar de todas las convenciones de la voz adolescente que haría de la novela una narración demasiado pegada a los hechos. Darrieussecq cuenta desde su personaje, pero con la distancia suficiente como para diferenciar ese mecanismo automático que la lleva a seguir, a volver a hacerlo y, al mismo tiempo, despliega ese páramo de la no comprensión. Solange no puede elaborar nada de lo que le ocurre. Está en un mundo donde la iniciación sexual se parece demasiado a la violación, pero ella todavía no ha aprendido a pensar. Su entorno no ordena ni define, no señala sentidos. Estará la vergüenza, las confidencias entre amigas donde la experiencia aparece sin un sujeto que la sostenga, anclada en las manos de esos chicos que sí saben lo que quieren y lo buscan en cada uno de los agujeros de esos cuerpitos que son ellas mismas, como partes desparramadas, irreconocibles.

Darrieussecq entiende todo lo que su personaje no puede ver y, en su modo implacable de contar la sexualidad, le quita protagonismo a su perfecta creación adolescente. No es la anécdota sino la escritura de la feroz autora de Chanchadas la que convierte a esos personajes, que intentan balbucear un imaginario, en un permanente resorte de pensamiento para el lector.

Une en la trama la falta de placer con la construcción de una ilusión que lleva a Solange a repetir el ultraje. Ella dice amar al joven que lee a Sartre y que entiende el existencialismo como la libertad de tomar de los pelos a Solange y encajarle la boca en su pene. La opinión está en el lector mientras la escena la desplaza en una conducta que todo lo vuelve aceptable.

Ese imperativo de hacerlo, que la liberación sexual de los ’80 recupera en su versión pornográfica, crea también ese matadero donde Rose está a punto de desangrarse al ser desvirgada en su viaje a Londres. En esa escena, que dialoga con La campana de cristal, Darrieussecq parece reconocer que fue Sylvia Plath la que hizo del debut sexual de su personaje un relato más despiadado que la tortura por electroshock que Esther padece en la novela de la escritora norteamericana. Si en la brillante chica de Smith la inteligencia puede ahogarse en la incomprensible depresión adolescente, en las muchachas francesas de Clèves no hay demasiada literatura, pero sí la impostura de empezar a armarse un personaje, de contar y construir mitos.

Solange está clasificando palabras y en esa búsqueda también persigue una identidad, un pensamiento. Dejar de decir “tan”, se impone Solange, como un atisbo de exigencia. Sus aventuras comienzan a convertirse en otra cosa, en la simiente de su posibilidad de inventarse, en el combustible que la salvará del predecible destino de víctima. Esos tiempos se terminaron. Aquí las chicas saben decir que no. Ya no será una mujer la que se deje devorar por la novela romántica.

Clèves
Marie Darrieussecq
El Cuenco de Plata

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