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Viernes, 22 de agosto de 2014

RESCATES

La flor anarca

Catalina Mendoza
1904 ¿?

 Por Marisa Avigliano

La historia de Catalina Mendoza es una historia de perfumes exquisitos, a pesar del intento de algunas narices que hicieron lo imposible para que oliera mal. En abril de 1927, las vendedoras de la recova paceña fundaron “con fines de solidaridad y protección mutua” la Federación Obrera Femenina. No sabían de organizaciones y pliegos, pero sí sabían que ya no querían ser echadas a los empujones día tras día por los soldados de la plaza. No eran “esas cholas que amenazan la tranquilidad cotidiana”, como repetían las conversaciones de los salones, eran las continuadoras sociales de una tradición de mujeres. Cada mañana llegaban al centro y vendían, como lo habían hecho sus madres y sus abuelas, flores, fruta y leche. Las desterradas de la ciudad –ahora unidas–, a las que no dejaban subir al tranvía porque con sus cestas almizcladas les rasgaban las medias a las “señoras”, no tardaron en descubrir que lo que en verdad querían era un mercado. “Un mercado en el que estemos todas juntas”, redoblaba el eco que acompañaba a Catalina Mendoza, la voz líder de las floristas que silabeaba razones nuevas con la seriedad délfica de otro destino. Cofradía de pétalos. En 1936, en el día de San José, la ciudad boliviana inauguró un nuevo Mercado de Flores, el Mercado de la Merced (un año antes, el desborde del río Choqueyapu había arrasado con el antiguo Mercado de la Plaza San Francisco) con fiesta inca y baile organizado por los amigos del Centro Cultural Libertario Manco Cápac. Las jardineras perfumadas, las dueñas de los mejores ramos de kantuta y patujú todavía fragantes con voluntad imposible de enmudecer ganaron la calle, y entre canastos y tallos bailaron hasta que terminó el día. Ahí estaba Catalina Mendoza, una de las Polleras Libertarias (nombre que las investigadoras de Tahipamu dieron a las fundadoras de la Federación Obrera Femenina de La Paz) y un nombre de mujer en la historia del anarquismo boliviano. Catalina vendía flores en la calle, como Eliza Doolittle, la heroína de Bernard Shaw (aunque el parecido entre estas chicas empieza y termina en el aroma de sus stocks), hasta que se unió a las primeras sindicalistas de oficios varios que sufrían el abuso de intermediarios y autoridades municipales. La guerra del Chaco partió al medio las luchas, detuvo razones y cambió prioridades. Los capullos de Catalina tuvieron que dejar pasar el ciclo rencoroso de una floración áspera para encontrar finalmente el caravaggismo de la salida; recién entonces despertaron los cuerpos evaporados por exceso de siesta obediente. La lucha por puestos de trabajo y la legalización de las ocho horas laborales sumaron nuevas luchas: el divorcio, los derechos de los hijos y también los de las madres solteras. “Nunca he tenido marido”, decía Catalina en uno los reportajes que dio cuando en los años ‘60 viajó a Cuba. “No me gustaba, porque eso de la atención al marido, ay, se necesita paciencia; por eso he sido enemiga de tener marido.” La historia del movimiento obrero le ha dedicado a Catalina Mendoza, la anarquista de las flores, un documental hecho por Nicobis (una productora boliviana de cine independiente), algunas citas bibliográficas en proyectos de investigación y no mucho más. El resto lo completan pocas fechas certeras y algunos murmullos derramados en la madrugada de un mercado que todavía espera el injerto de una flor nueva capaz de metaforizar como el jacarandá y la buganvilla (nosotras le decimos Santa Rita) batallas nuevas.

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