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Viernes, 22 de agosto de 2014

ENTREVISTA

Todo amor es político

Cuando su padre, Jaime Enrique Gómez, fue asesinado el 21 de marzo del 2006 en un parque de Bogotá por asesorar a la senadora Piedad Córdoba para insistir en la búsqueda de paz con la guerrilla armada, la antropóloga feminista decolonial Diana Marcela Gómez Correal se puso al frente de la lucha por justicia. Es una de las integrantes de Hijos e Hijas por la Memoria y contra la Impunidad. Tuvo que exiliarse de su país por amenazas de muerte y, a partir de ahí, investiga en la Universidad de Carolina del Norte, en Estados Unidos, cómo el amor y la bronca influyen en la lucha política de las mujeres sin las anteojeras puestas de la mirada de un feminismo del Primer (otro) Mundo.

 Por Luciana Peker

Aparece morena, joven, casi chiquita. Su cuerpo es pequeño y su presencia intensamente plantada ocupa mucho más lugar que su físico. La voz no se sobresalta, las palabras salen de su boca casi bajito, con una convicción que le nace sin forzar estruendos. Su relato crece, como ella, cuando se la escucha. No por su maestría en Historia y su doctorado en Antropología en la Universidad de Carolina del Norte, en Estados Unidos. O sí. Pero no sólo por los títulos que, muchas otras veces, se vuelven un homenaje a la solemnidad. Diana Marcela Gómez Correal encontró un camino no buscado cuando recorrió el parque de Bogotá donde desaparecieron a su papá. Pero a esa marcha sin vuelta atrás por la justicia le sumó el análisis de cómo intervienen emociones –como el amor, el dolor o la bronca– en la militancia contra la impunidad. Y de qué modo el cuerpo de las mujeres latinoamericanas pelea por una singular idea de mundo que, además, no es la misma idea que en Europa o Estados Unidos, a partir de la perspectiva de un feminismo decolonial.

A diferencia de los estrados académicos, en donde el pensamiento se vuelve críptico, para ella el dolor es parte de su lucha e, incluso, de su investigación. Pero también la carrera académica la salvó cuando, en el 2008, tuvo que exiliarse de Colombia, a partir de amenazas de muerte, y le dieron refugio en un programa para investigadores en riesgo. La muerte de su papá, Jaime Enrique Gómez, el 21 de marzo del 2006, le cambió la vida. El era asesor de la senadora Piedad Córdoba, activista en favor de los diálogos de paz (que ahora llevan adelante el gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC en La Habana, Cuba) pero que hace ocho años estaban demonizados por el ex presidente Alvaro Uribe.

Gómez Correal vino a la Argentina a participar de las Primeras Jornadas Regionales de Feminismo, Estado y los desafíos de la praxis política, que se realizaron el 4 y 5 de agosto, en la Universidad de San Martín, con el auspicio del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso), el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y la Agencia Nacional de Promoción de Ciencia y Tecnología (ANPCyT). Ella habla como experta y con la experiencia también en un cuerpo que se transformó a partir de la ausencia. Tiene 36 años que no se le notan en la juventud que irradia y que se expande a partir de sus punzantes palabras. Es una de las integrantes de Hijos e Hijas por la Memoria y contra la Impunidad en Colombia. Su vida cambió con la desaparición y ella también decidió aparecer, con acción y reflexión, a partir de ese cambio. “A mi papá no lo desaparecieron por ser Jaime, sino por ser parte de un proyecto político”, enmarca.

–¿Qué pasó con tu papá?

–Mi papá era asesor político de la senadora Piedad Córdoba, opositora al ex presidente Alvaro Uribe (2002-2010). Ella es conocida por su postura a favor de la negociación del conflicto y de realizar diálogos de paz que ahorita estamos teniendo entre FARC y el gobierno en La Habana, Cuba.

–Piedad Córdoba, ahora ex senadora e integrante de [email protected] x la Paz (una corriente ciudadana autónoma de opinión a favor de la solución política y negociada del conflicto social y armado), era acusada de responder a los intereses de la FARC y perseguida por eso...

–Sí, se le puso una sanción para que no pudiera ejercer cargos públicos. Sigue estando asociada con las FARC. Es muy reconocida y visible, pero también muy estigmatizada, entre otras cosas por ser mujer y afrodescendiente.

–¿Cómo era tu papá?

–Mi papá ayudaba a construir un movimiento político que se llamó Poder Ciudadano. Pero siempre fue militante de izquierda, sindicalista, profesor, concejal de Bogotá.

–¿Cómo fue su asesinato?

–La historia de mi papá es un ejemplo de cómo funciona en Colombia la impunidad. Llevamos ocho años luchando para que se conozca la verdad y haya justicia y pues no... No hemos conseguido que eso llegue. Su desaparición tiene que ver con que trabajaba con Piedad Córdoba. A él lo desaparecen el 21 de marzo del 2006 y sus restos aparecen el 23 de abril.

–¿Cómo lo desaparecen?

–El desaparece en un parque muy grande que hay en Bogotá, adonde había ido a hacer ejercicio. Lo buscamos mucho. Y, luego, sus restos aparecen en otro lado del parque, por donde él no caminaba. Nosotros, como familia, habíamos realizado mucha presión internacional. Y estábamos en una coyuntura muy fuerte, porque era la re-elección de Alvaro Uribe. Entonces se ven forzados a entregarnos los restos y nos los dejan en el parque.

–¿Descartan que haya sido un asesinato por robo u otro delito común?

–Sí, porque él aparece con sus llaves, con billetera, con dinero, con un atuendo para hacer ejercicio, con zapatos que eran caros. La hipótesis del Estado colombiano era que fue un accidente. Y en el 2006 reconocieron que fue un homicidio, pero luego volvieron a la hipótesis del accidente y ahorita dicen que efectivamente fue un homicidio. Pero son ocho años luchando, la esposa de mi papá, Lelys Archiva, y yo.

–¿En qué te cambió la vida esa muerte?

–Me cambió muchísimo el proyecto de vida. Tuve que salir exiliada en el 2008 por amenazas. Y ahí me voy para Estados Unidos. En Colombia el 6 de marzo es el día nacional en homenaje a las víctimas de crímenes de Estado y paramilitarismo, que fue una fecha luchada por las organizaciones sociales. Yo estaba en Estados Unidos e hicimos una marcha en Washington. Llegó una amenaza a personas que habían convocado a esa movilización y mi nombre estaba ahí por parte de las Aguilas Negras, que es una estructura neo-paramilitar o de la inteligencia militar.

–¿Cómo influye en tu vida estar perseguida?

–Me recibieron en Estados Unidos en un programa que se llama investigadores en riesgo. Ahí pude terminar mi tesis de maestría y empecé el doctorado. Perder un ser querido de esa forma tan fuerte y donde el Estado no te da respuestas, sino que trata de anular que eso pasó, tiene muchas implicaciones emocionales para la vida cotidiana y de relación de pareja. Yo me casé, pero me separé muy rápido (se ríe) porque me di cuenta de que la decisión estaba más cruzada con lo que me pasaba que por la voluntad. El me ayudó a sonreír después de tanta tristeza y es una persona muy solidaria, pero somos muy distintos. Además, soy feminista y me cuestiono mucho el casamiento. Y dije “no, mejor no”... (se vuelve a reír con muchas ganas).

–¿Creés que el feminismo y el matrimonio son contradictorios?

–Yo creo que toda feminista tiene que hacer un esfuerzo por construir relaciones de pareja, sea con hombre o con mujer o con cuantas personas quiera, en donde se rompa con la heteronormatividad y no se reproduzca el poder desigual que hay entre hombres y mujeres. Y el matrimonio lo refuerza... (más risas).

–¿Cómo seguiste vinculada a Colombia?

–Hice mi trabajo de campo durante un año en Colombia. Mi tesis de doctorado es cercana a mi historia de vida porque tiene que ver con las víctimas de la criminalidad estatal y el paramilitarismo con una visión feminista. Creo que a mi el feminismo me ayudó a abordar de una manera distinta la muerte de mi papá. Yo empiezo a militar en el feminismo en el 2002, por una iniciativa de Mujeres Colombianas por la Paz (para tener participación con incidencia en el conflicto y visibilizar los impactos en las mujeres) y, en 2006, cuando lo desaparecen, ya tenía unos años en los que conocía la historia de violencia de Colombia vivida por las mujeres, los secuestros y las desapariciones forzadas. Las mujeres hemos sido socializadas para lo privado y la política está más vinculada a los hombres. Entonces, como pasó en Argentina con las Madres y las Abuelas, cuando las mujeres pierden un ser querido de la casa van a la plaza pública. Ahora estoy analizando cómo es el rol de las emociones en la politización de las víctimas. Las emociones son fundamentales. El motor inicial de estas víctimas es el amor profundo que hace que te muevas por tu esposo, tu hijo o tu hija. No sólo está el amor, también está la rabia que te produce perder a un ser querido y eso te hace luchar. Aquí están los hijos e hijas y en Colombia y en el mundo hay muchas organizaciones de familiares. Pero a veces la idea de la víctima es peligrosa porque puede crear identidades cerradas y estáticas. Por ejemplo, ahora el Estado colombiano intenta neutralizar la capacidad política de las víctimas porque le da como cuatro mil dólares por su familiar como reparación.

–Pero no necesariamente una reparación económica implica desactivar la lucha de esas víctimas...

–Sí, pero muchas veces se entiende víctima igual sufrimiento. La víctima tiene dolor, pero no es sólo eso, si sólo parece que sufre la muestran como pasiva. Las propias víctimas transforman los estándares que les pone el Estado o los medios de comunicación. También es importante mostrar cómo a las víctimas les cambiaron el proyecto de vida, las relaciones de pareja, se afectó el cuerpo; por ejemplo, hay mujeres a las que les dio cáncer de mama.

–¿Cómo es la experiencia de Hijos e Hijas contra la Impunidad?

–Surge en el 2006 y venimos trabajando. Ahora hay dos grupos distintos. Uno se llama Hijos y otro Hijos e Hijas por la Memoria contra la Impunidad, y pertenecen a personas que han perdido a seres queridos y otras personas que quieren visibilizar que en Colombia vivimos en un contexto de guerra. También apoyamos el proceso de paz pero queremos pensar críticamente qué paz nos están proponiendo. No queremos una paz basada en la impunidad o que deje todo como está. La transición hegemónica y del Estado no quiere erradicar las causas estructurales que generaron la guerra en Colombia. Para nosotros es muy importante la redestribución de la tierra, generar una sociedad más equitativa en términos económicos y reconocer la exclusión política que hubo en Colombia.

–¿Qué mirada usás desde el feminismo?

–Valorizar las emociones. Primero se pensaba que los seres humanos se movían por las emociones y que era importante lograr racionalidad. Después se conquistó la racionalidad y la emocionalidad quedó por fuera. Desde la mitad del siglo pasado las emociones fueron casi olvidadas en las disciplinas sociales. Mi intención es reconocer que somos emoción y razón y que hay un balance. Tampoco quiero idealizar las emociones porque también son peligrosas y el vehículo más fácil para ejercer poder en una familia es a través de la carga afectiva que tenemos las mujeres con los hombres y que pasa por el amor. La idea es ver cómo podrían potenciarse las emociones para una práctica política más certera pero también más humana. Me interesa recuperar el rol histórico del cuidado de las mujeres. El núcleo básico de las sociedad es el cuidado con los hijos, con la pareja, con la mamá, con el papá. Y es interesante retomar la idea del cuidado con respecto a la justicia. Porque en Colombia el sentido de justicia está perdido. Han pasado tantas cosas: desapariciones, asesinatos, violencia sexual exacerbada contra las mujeres. ¿Cómo se puede reconstruir un sentido de justicia? A mí me parece que tiene que haber un sentido del cuidado colectivo: vivimos juntos en un mismo espacio, tenemos el deber de cuidarnos. Pasa por reconocer al otro como diferente, pero también hay que tomar responsabilidad de los otros y de las otras.

–¿Qué es el feminismo decolonial y como te influye?

–El feminismo decolonial critica toda la carga eurocéntrica del feminismo latinoamericano hegemónico que piensa con las teorías del Norte y con las nociones de la Revolución Francesa –igualdad, libertad, fraternidad– aplicados al Estado-Nación que trajo la imposición de lo blanco y se olvidó lo indígena y lo afro. Se nos impuso una visión europea que reproduce el feminismo latinoamericano pequeñoburgués con racismo y sin ver a las mujeres pobres, indígenas y negras. No todas las mujeres somos iguales. No es lo mismo ser una mujer blanca que ser indígena, negra, pobre. Ni es lo mismo ser una mujer negra rica que una mujer negra pobre, migrante, lesbiana. Es un llamado a que pensemos desde nuestras propias realidades y que no entendamos a la mujer como una cosa universal, sino que reconozcamos las diferencias. También dentro del feminismo hay prácticas racistas y clasistas. Por eso, el feminismo decolonial plantea que hay que alejarse del modelo hegemónico imperialista europeo o norteamericano. Hay otros proyectos de sociedad, de país, de mundo, que son más viables que el modelo capitalista porque, en el fondo, es una disputa con el capitalista.

–¿Qué experiencias hay de prácticas de feminismo decolonial?

–La experiencia de Bolivia es muy interesante porque llega por primera vez a la presidencia un indígena (Evo Morales) para romper con el colonialismo y el patriarcado.

–¿Cuáles son las reivindicaciones del feminismo europeo que no son necesariamente válidas para la realidad de las mujeres latinoamericanas?

–Por ejemplo se peleó por el acceso al trabajo de las mujeres para que sean independientes y tengan dinero. Pero las mujeres indígenas y afro desde hace mucho tiempo trabajan. Ellas lo que necesitan son condiciones dignas de trabajo. La idea es poder tomar decisiones desde nuestra realidad.

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Imagen: Constanza Niscovolos
 
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