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Lunes, 30 de junio de 2014

FúTBOL › LA PATRIA TRANSPIRADA

La vida de Bryan

(24 pulgadas, en reposo)

Es muy bueno para el fútbol que hayan pasado los costarricenses. Los griegos, que habían conseguido el pase con un penal agónico de Samaras ante Costa de Marfil –que no mereció quedarse afuera–, casi repiten, por su obvio gran manejo trágico de las agonías, con su empate sobre la hora ante los exhaustos ticos. Pero no les alcanzó.

En un partido que fue en términos futboleros regular, con un primer tiempo sin gracia por la tradicional mezquindad especulativa de los duros griegos y la parsimonia de los centroamericanos para ir a buscarlo con más decisión, todo cambió después, en el segundo, en el que hubo tres volantazos que fueron modificando el rumbo del juego y la temperatura anímica. Y terminó siendo una obra maestra del suspenso, si no del fútbol.

El primer suceso que cambió el tono y el clima del partido fue el golazo de Costa Rica, una joyita, lo mejor que produjo el equipo (que no hizo mucho) en su mejor sintonía. Toques, desmarques, la aparición por izquierda del ayer desaparecido Bolaños, la entrega paralela hacia adentro y la llegada del flaco Bryan Ruiz para –mirando y desde el borde del área– cachetearla con la parte interna de su sabio pie zurdo y ponerla, arrastrada, justa y con la fuerza suficiente, apenas necesaria, contra el palo izquierdo del arquero, una estatua de Fidias. Entró, como se dice, “comiendo bichitos”. Y justificó, como los goles de James Rodríguez ante Uruguay, el partido.

Bien, ese primer suceso hizo que el partido mejorara en los minutos siguientes, haciendo que los griegos fueran y los ticos –empujados y/o peligrosamente calculadores– pensaran que era mejor esperar que ir. Y se puso lindo, de ida y vuelta, hasta el segundo punto de inflexión, que fue la expulsión del central Duarte.

A partir ahí, Pinto (y el equipo de Pinto) sólo pensó en términos de cuenta regresiva: aguantar el 1-0 hasta el final. Y fue fatal: olvidarse de la pelota, dejarse caer, esperar y esperar... Y el “castigo” llegó sobre la hora, con el merecido gol griego, la canilla providencial del Sokratis de apellido impronunciable mandándola adentro: tercera instancia de inflexión. Y fue la impresionante catarsis colectiva, en el banco y en la tribuna celeste y blanca, que se manifestó en un suspiro brutal que conmovió el caluroso ámbito de Recife. Ufffff...

Quedaba media hora para que los griegos se comieran a los regalados muchachos de Costa Rica, que literalmente se arrastraban. Pero, con la servilleta puesta, los del amargadísimo Santos no fueron capaces. Les faltó sutileza, no ganas ni empeño. Y ahora, psicológicamente, cuando sonó el silbato final, fue al revés: la frustración había cambiado de bando. El impulso compensatorio era ahora de Costa Rica. Y lo demostró con penales pateados con soberana autoridad ante un arquero que prácticamente no había atajado dos pelotas en dos horas, y en esa instancia tampoco.

En la vida de Bryan habrá muchos días felices. Pero de los que lleva hasta ahora, como el de ayer, ninguno. Grande, flaco.

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