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Lunes, 23 de enero de 2006

CONTRATAPA

Lo que te cambia un penal

El club del fin del mundo es el segundo libro de cuentos deportivos del periodista Gustavo Grabia, que acabar de lanzar Ediciones Al Arco y que se consigue en las librerías Yenny/El Ateneo. De ese volumen se extrajo el siguiente cuento.

Llevaban cinco minutos discutiendo en el punto penal. El estadio, repleto, esperaba ansioso la definición. Los rivales miraban azorados cómo Beltramo, el ocho del Ferradas Fútbol Club, y Guillerme, el nueve, discutían sin ponerse de acuerdo en quién iba a ejecutar la pena máxima que decidiría finalmente el rumbo del partido. El árbitro, aun a riesgo de violar el reglamento, no se metía. Y el resto de los jugadores del Ferradas, tampoco. Era tal el dramatismo de la situación, la tensión en los movimientos que se adivinaba desde la popular, que las 30 mil personas parecían estar más pendientes a esa altura de quién iba a ejecutar el tiro, que lo que ocurriera luego con el penal en sí. El partido estaba cero a cero, el juez ya había avisado que después del penal era kaput, ni rebote valía, y el Ferradas de Huincul necesitaba ganar para consagrarse campeón del torneo estadual. Encima enfrente estaba el Deportivo Alagoas, clásico rival desde los tiempos de baby fútbol. El penal se lo habían cometido a Guillerme cuando éste enganchó ante el dos en el borde del área chica y quedó sólo para fusilar a Mandriago. El debía, entonces, ser el ejecutor, pensaban muchos. Pero también era poderoso el argumento de que quien le había puesto la pelota en cortada, justo para el pique letal, fue Beltramo. Así que los dos se consideraban artífices de la jugada que podía darle al Ferradas el ansiado título.

Lo que llamaba la atención era la diferencia que había entre ambos jugadores y el resto del equipo. Porque tranquilamente Marinilli, el arquero, podría haber argumentado que si la chance de levantar la copa estaba a esta altura intacta, mucho tenía que ver con que había atenazado todos los balones que llovían en su área. O Picheuta, el dos, que se cansó de darle para arriba a pelota y pierna rival, sin distingo. Y así el resto. Carlitos Pretel, el relator de la doble emoción, hizo esa misma lectura para todos los que seguían el match por la radio. “Esta es la diferencia entre quien entiende el fútbol como un noble deporte de conjunto, y dos egoístas, individualistas, dispuestos a salvarse solos si el barco se hunde o a tomar toda la gloria para sí sin compartirla con nadie en la hora del triunfo”, pontificó desde la cabina. Pero estaba equivocado, Carlitos. Guillerme y Beltramo amaban, como todos, las miserias y las grandezas del juego en equipo. Quien pateara ese penal definía otras cosas. Por eso no aceptaron la mediación de Picheuta, cuando propuso que se jugaran el tema a un cara o ceca. Ni siquiera tuvo suerte paternalmente, prometiéndoles afirmar en todos los medios que la figura clave del equipo había sido aquel que no lo pateara y que, con la venia del presidente Rugullo, sería declarado intransferible hasta nuevo aviso.

Pero nada conmovió a Guillerme y Beltramo. La situación había alcanzado tal grado de suspenso que se podía afirmar que cuando se definiera quién pateaba, la gente se iba a retirar, porque el espectáculo terminaría ahí. Si el fútbol es un deporte, lo que ocurría esa tarde, en ese instante, a esa hora en la cancha del Alagoas, era otra cosa, una tragedia griega.

Había ciertos matices que condimentaban más la acción. Guillerme y Beltramo se conocían desde la primaria, vivían a tres cuadras de distancia y compartieron desde ring rajes hasta el baby fútbol en el patio de la iglesia. Fue ahí cuando empezaron a formar una amistad que trascendía al hecho de que ambos eran los mejores jugadores del barrio. A punto tal que de pibes jamás querían jugar separados. Cuando había que hacer una pisadita, Beltramo se negaba a realizarla con Guillerme aduciendo que cómo le iba a ensuciar los botines a su mejor amigo en caso de llegar primero. Y Guillerme decía lo mismo. Creaban todo tipo de maniobras para quedar siempre en el mismo bando. Y las pocas veces que esto no ocurría, alguno inventaba una súbita lesión para dejar la cancha sin manchar esa relación de amistad, algo enfermiza si gusta de psicoanalizarla, que nacía entre los dos.

Así crecieron en dupla. Hicieron las inferiores en el Ferradas al tiempo que compartían el banco en el colegio y que salían con las hermanas Carranza, chicas poco agraciadas, pero que tenían para Beltramo y Guillerme un encanto particular: eran mellizas, gemelas en realidad, lo que les permitía a ambos tener, de una manera nada pervertida, la misma novia. Hasta el instante del infausto penal, nadie recordaba una pelea, una división, siquiera un cruce de palabras entre los dos gallardos gladiadores. Mientras el estadio entero esperaba la definición, Pretel, el relator de la doble emoción, con el olfato periodístico intacto, sacó al aire a las madres de ambos. “Yo no sé por qué han cobrado ese penal. Es una estrategia para dividirlos. Ya me decía mi marido que el fútbol de hoy es todo individualidad y no acepta tamaña muestra de hermandad. Ellos siempre hicieron todo juntos. ¿Vio, Pretel, que el paquete de chocolinas trae quince galletitas? Ellos se comían siete cada uno y la última la partían por la mitad. Así son mis muchachos”, declaró la madre de Beltramo, quebrándose en sollozos y le pasó el micrófono a la mamá de Guillerme, quien repitió, emocionada, la misma historia.

Lo que a esa altura nadie sabía era que sí había existido una cuña entre Beltramo y Guillerme. Dos horas antes del comienzo del partido, un enviado de Boca les había hecho firmar, en secreto, un contrato para que vistieran la azul y oro desde el próximo torneo. Era jugar la final del estadual y partir. El anuncio se haría al día siguiente en la plaza de Huincul y en medio de los festejos, si el Ferradas salía campeón, o ya en Buenos Aires, si el equipo no lograba ganar el título. Título que, hay que decirlo, jamás había alcanzado ningún equipo de Huincul. Y ese año, de la mano del ocho y el nueve, todo el pueblo estaba convulsionado. Porque parecía que sí, que éste era el año. Las estadísticas marcaban que ambos tenían la misma cantidad de goles, igual número de pases gol, minutos jugados, amarillas, quites a ras del suelo y corners ejecutados. Porque ellos se complementaban para no sacarse ventaja. Todavía se recuerda cuando seis fechas atrás Beltramo erró un gol imposible por no pasársela a Guillerme, o el partido de hace dos fechas, cuando Guillerme tuvo que pararse en la línea tras eludir al arquero, dar un rodeo hasta el área grande y después sí servírsela a Beltramo para que lo igualara en la cantidad de tantos.

Pero esta vez no habría más nada. Era el penal y se acababa la historia. Del torneo y de ellos en el Ferradas. Era el penal y el pase a Boca, al fútbol grande, a la tapa de la revista El Gráfico y las notas con José María Muñoz. Estaba claro que uno iba a desequilibrar. Y no importaba si era gol o no, porque lo que estaba en juego no era la gloria de meter el tanto que le diera el título al Ferradas, como pensaba todo el mundo que ocurría allí, en ese instante, en esa discusión a doce pasos del arco. No. Para Beltramo y Guillerme el hecho de que la pelota terminara adentro del arco era una circunstancia. Importante, claro, pero circunstancia al fin. El tema era que se rompería la paridad. Porque si por caso pateara Beltramo y la pelota se fuera por arriba del travesaño, el hecho para ellos no era, como todo Huincul pensaría, “por qué mierda no lo pateó Guillerme en vez del burro de Beltramo”, sino que el ocho habría tenido un tiro más que el nueve desde el punto penal. Y en caso de que fuera gol, la historia no era, para ellos, como todo Huincul cantaría “que de la mano de Beltramo todos la vuelta vamo’ a dar”, sino que el ocho tendría un gol más en la estadística.

En eso estaban. En esa discusión que, sabían, podía terminar con una amistad de años. Porque aunque uno hiciera el gol y después lo fuera a abrazar al otro y lo señalara como el mejor jugador de la historia, íntimamente sabían que las cosas no serían como antes. Que esa diferencia desbalancearía todo lo demás. Sabían, con esa certeza que sólo tienen los amigos, que si uno de ellos pateaba el penal, cada uno seguiría su carrera por su lado. Era dejar atrás la vida de verdad, para hacerse profesionales. Pero no había opción. Porque el resto del Ferradas se negaba a que no fuera uno de ellos el que pateara el penal, dada la infalibilidad que habían demostrado a lo largo de sus trayectorias, y tampoco los hinchas aceptaban otro ejecutor. De hecho, cuando Picheuta, cansado de los cabildeos, fue hasta el punto penal y tomó la pelota para liquidar el asunto, el “nooooooooo” de la multitud lo disuadió. Digo, en eso estaban cuando por fin ocurrió. Habían pasado doce minutos de la sanción, uno por cada paso que hay desde la línea final hasta el punto penal. Le comentaron al árbitro que ha habían decidido quién patearía. Los siguientes noventa segundos fueron eternos. Pretel, el relator de la doble emoción, lloraba en su cabina y hacía estremecer a todo Huincul. La gente en las plateas asistía a un momento único. Ver in situ quién pateaba era como presenciar, en vivo y en directo, el desembarco de los aliados en Normandía. Sería Beltramo, el morocho alto, de piernas macizas, andar elegante y juego friccionado si hacía falta, o Guillerme, el de pelo castaño y retacón, el nueve que vivía en el área, pero que también podía tirarse atrás para asociarse en el juego. “¿Para vos quién patea?”, era la pregunta del millón que reemplazó, en ese momento, al “vamo’ vamo’ Ferradas”. Nadie tuvo la respuesta hasta que el árbitro, preso también de la emoción del instante, hizo sonar el silbato. Tomados de la mano, Beltramo y Guillerme corrieron hacia la pelota. Cada uno impactó la número cinco en la parte exacta de balón que les correspondía. El arquero, azorado ante la situación, se quedó parado, sin reacción. La pelota viajó derecho hacia el ángulo, pero pasó, fácil, a tres metros. Y mientras los dos jugadores se abrazaban, Juan Extingues, el enviado de Boca, se levantaba de su platea, rompía los contratos y se retiraba de la cancha.

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