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Lunes, 6 de diciembre de 2010

CONTRATAPA › MAñANA SE CUMPLEN 40 AñOS DE LA PELEA BONAVENA-ALí EN EL MADISON SQUARE GARDEN

El día que Ringo detuvo al país

El más popular pugilista argentino de aquel momento protagonizó un combate épico y estuvo cerca de voltear en el noveno round al gran campeón de los pesados. Nadie se lo quiso perder y la transmisión televisiva rozó los 80 puntos de rating.

 Por Daniel Guiñazú

Aquella noche, una flotilla de platos voladores pudo haber aterrizado en pleno centro de Buenos Aires y nadie se habría dado cuenta. Esa noche, como si hubiera habido un acuerdo tácito, millones y millones de argentinos no salieron de sus casas. Las calles estuvieron desiertas, como si una peste repentina las hubiera invadido; y entonces, nadie ocupó una mesa en los restaurantes, una butaca en los cines o un asiento en los taxis. Todos permanecieron imantados delante de las pantallas en blanco y negro de la tele. Y no por una compulsión extraña e inefable. Esa noche, la del viernes 7 de diciembre de 1970, harán mañana 40 años exactos, Oscar Ringo Bonavena y Muhammad Alí protagonizaron en el mítico Madison Square Garden de Nueva York una de las peleas más célebres de la historia del boxeo argentino y uno de los acontecimientos más impactantes del deporte nacional de todos los tiempos.

Es curioso decirlo. Pero fue así. Bonavena-Alí constituyó un acontecimiento de multitudes, pese a que sólo los locos y los distraídos estuvieron esa noche a la intemperie. Los 79,3 puntos de rating convirtieron la transmisión televisiva de Canal 13, con los brillantes relatos de Ricardo Arias al borde del ring, en el programa más visto hasta allí de la historia de la televisión argentina, hoy sólo superado por los irrepetibles 81 puntos que alcanzó en Canal 7, la semifinal entre Argentina e Italia por el Mundial ’90. Era lógica tanta expectativa. Peleaban el mejor boxeador del mundo (Alí, en su segunda aparición tras haber estado tres años prohibido por su negativa a ir a la guerra de Vietnam) y el más popular de los púgiles argentinos del momento (Bonavena). Todos supusieron que Ringo sería prontamente liquidado por el maravilloso ex campeón mundial de los pesados. Pero su bravura se encargó de desmentir las funestas predicciones. Alí ganó por nocaut en el 15º y último round tras haberle infligido tres caídas. Y Bonavena hizo la mejor pelea de su vida. En el 9º asalto estuvo cerca de derribar al moreno de Louisville.

Conviene aclararlo porque la historia se ha contado con confusiones: Ringo no volteó a Alí. En esa dramática novena vuelta, Alí marró un ampuloso swing de izquierda y se fue al piso, pero por imperio de su propio impulso, no de un golpe de Bonavena quien, segundos después, lo prendió en la mandíbula con un swing de izquierda y le hizo ver las estrellas, obligándolo a un amarre desesperado. En sus abrumadoras oratorias antes del combate, Alí había pronosticado que, precisamente, acabaría a Bonavena en el noveno round. Poco faltó para que fuera él quien besara la lona legendaria del Madison.

Conocedor como pocos de las técnicas de la autopromoción, Bonavena sazonó la previa con fuertes golpes de efecto inmediato que potenciaron la expectativa a niveles desconocidos. El día después de la confirmación de la pelea, convocó a los medios más importantes a que lo entrevistasen en la puerta de la Embajada de los Estados Unidos. “Vine a saber cuánto me van a dar de cárcel por matar a un negro”, les dijo. El día de su partida rumbo a Nueva York denunció una amenaza de bomba al avión e hizo bajar a todos los pasajeros y a la tripulación. Poco después de su llegada, recorrió de punta a punta la Quinta Avenida neoyorquina paseando un robusto toro Hereford. Y en el pesaje de-safió al mismísimo Alí. Lo acusó de cobarde (“chicken, chicken” le espetó con su voz finita) y homosexual por no haber querido ir a Vietnam, y se tapó la nariz “para no sentir su olor a negro”. Para Ringo valía todo a la hora de ganar espacio en los medios y llevar gente a los estadios. Pero esta vez no se quedó sólo en la bravata. En el ring, con la mejor puesta a punto de su carrera (pesó impecables 92,500 kg), puso el cuerpo a sus bravuconadas hasta convertirse en un rival enconado para el gran Alí.

Es cierto que muchos de los que se apiñaron delante de las pantallas, lo hicieron para ver de qué manera el ex campeón mundial de todos los pesos despanzurraba al gran bocón nacional. Bonavena era querido por muchos y odiado por tantos otros a los que sus modos irreverentes, su perfil alto, su elevada autoestima y su machismo bien porteño les resultaba indigerible. Pero esa noche derribó todas las barreras. Y sabiendo que el país entero lo estaba mirando, quiso regalarles a los argentinos la quimera de un triunfo histórico con el último aliento. Pero no pudo.

En el descanso del 14º al 15º, sabedor de que tenía la pelea perdida, Ringo decidió desoír las órdenes que al mismo tiempo en su rincón le gritaban en inglés Gil Clancy (el técnico contratado especialmente para la pelea) y en castellano los hermanos Juan y Bautista Rago, sus entrenadores de toda la vida del gimnasio de Huracán, en la avenida Caseros. “Los mandé al carajo y me jugué la mía”, reconocería más tarde, y salió a buscar el albur de una mano salvadora que le diera el nocaut. Pero en un cruce, Alí lo fulminó con una derecha en contraataque que lo mandó a la lona, con las piernas gelatinosas y la mirada turbia. Cuando se levantó, Alí estaba allí a su lado, imponente. Listo para derribarlo dos veces más hasta el nocaut.

Pudo haber terminado de pie Bonavena. Prefirió caer peleando. Por eso, millones de lágrimas mojaron millones de almohadas de millones de argentinos. Fue un sueño triste el de esa noche de hace 40 años en la que hasta los amantes detuvieron sus amores. No había perdido el nuestro: había perdido el de todos.

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