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Lunes, 22 de octubre de 2012

BOXEO › LA ACTUACIóN DE OMAR NARVáEZ EN EL LUNA PARK, EL SáBADO A LA NOCHE

Resultó una auténtica proeza pugilística

Con su problemática mano izquierda terminó noqueando al mexicano Jhonny García en una pelea que se le había complicado bastante más de lo previsto. Una velada en la que el hombre terminó siendo más grande que el campeón.

 Por Daniel Guiñazú

Bien mirada, la victoria de Omar Narváez por nocaut técnico en el 11º round ante el mexicano Jhonny García del domingo a la madrugada en el Luna Park, tuvo mucho de auténtica proeza pugilística. Con su mano izquierda, la misma que sufrió tres fracturas y que no le permite afirmar los golpes con plenitud, el campeón chubutense retuvo por quinta vez su título de los supermoscas en la versión de la Organización Mundial de Boxeo y definió una pelea que se le había complicado bastante más de lo previsto. Tanto que hasta la mitad del combate, la tarjeta de Líbero le reconocía dos puntos de ventaja al heterodoxo desafiante azteca.

Seguramente afectado por la muerte de su padre sucedida el martes a la madrugada y que forzó a postergar la pelea por 72 horas, Narváez (52 kg) lució lento para concebir y ejecutar aquello que concibe y ejecuta a gran velocidad. Quedado y estático, como si su mente no hubiera conseguido disimular una pérdida tan cercana y dolorosa, pareció desconcertado por el estilo raro y desmañado de García (51,150 kg), dotado de una particular habilidad para cambiar de guardia y pasar de zurdo a diestro tantas veces como fuese necesario.

Pero no fueron esas movidas extrañas lo único que permitió a García dominar al campeón mundial de los supermoscas. El mexicano aprovechó las libertades que Narváez le dio para anticiparlo con su derecha larga y los ganchos al cuerpo y para manejar la distancia con sus piernas, acercándose para aplicar sus golpes y alejándose para eludir los esporádicos impactos que lanzaba el chubutense.

El silencio de los cinco mil espectadores que asistieron al estadio de Corrientes y Bouchard (apenas la mitad de los que Narváez convocaba en su apogeo como campeón de los moscas) fue dando la pauta de que el veterano monarca estaba en problemas. Y que podía llegar a perder su corona en la medida en que demorara su aparición en la pelea. Pero del 7º asalto en adelante, el trámite dio un giro sobre sí mismo. Narváez puso en marcha su izquierda hecha flecos. Y anticipando con la derecha y metiendo detrás la zurda cruzada a la cabeza, dejó en claro que, pese a que estaba al 30 por ciento de lo que supo y pudo en tiempos mejores, no iba a entregar su corona así porque sí.

Al final de ese round, García se fue a la lona por primera vez y pudo haber sido noqueado si la campana oportunamente no hubiera llegado a su rescate. En el 8º, el tolerante árbitro puertorriqueño Roberto Ramírez Jr. le descontó un punto al mexicano por sus reiterados golpes bajos. Y aunque pudo imponerse en el 10º round, en el 11º, preso ya de una indisimulable fatiga y sin mucha capacidad de sufrimiento, García fue presa fácil de Narváez que definió apelando a destellos de su indiscutible grandeza.

El chubutense lo derribó tres veces a García, corriéndolo del ring por izquierda. Y firmó el nocaut técnico mal anunciado como nocaut (no hubo cuenta de diez) en medio de la ovación de la gente que, tarde pero seguro, terminó viendo aquello que fue a ver. No fue ni por asomo su pelea más inspirada. Pero más allá de cualquier consideración, el triunfo estuvo bañado por la emoción y el sentimiento. Sus cuatro hermanos y sus cinco hijos subieron al ring para recordar al padre y al abuelo muerto, y para acompañar a Omar Narváez en el cierre de una noche en la que acaso, el hombre fue más grande que el campeón.

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n Narváez tuvo que esforzarse para poder definir a su favor el combate ante García.
Imagen: Télam
 
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