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Domingo, 1 de noviembre de 2009

FAN

Tecleando en el vacío

Un director de teatro elige su película favorita. Guillermo Cacace y Pieza inconclusa para piano mecánico.

 Por Guillermo Cacace

¡Qué maravilla el cine! Permite asistir, cuantas veces uno quiera, a una epifanía. Saber que operando un par de teclas del reproductor puedo experimentar –una y otra vez– un instante revelador. Y encuentro uno de esos instantes en Pieza inconclusa para piano mecánico, la película de Mikhalkov.

La película está basada en una obra de Chéjov llamada Platonov, una obra poco visitada, que recién se pudo leer con la edición de Adriana Hidalgo de su Teatro Completo, hace muy poco tiempo. En el momento del que hablo, que es una fiesta, entre tantas otras cosas que le pasan a Platonov, se topa con un amor del pasado. Lo que hace Chéjov es tremendo... Hoy, Platonov vive con otra mujer a la que ama profundamente y con la que tienen una relación de mucha ternura y cariño. Esta otra mujer que aparece, en cambio, representa un momento de su vida en el que todo estaba por ser: para los suyos Platonov era un tipo que prometía, como se suele decir. Y hoy es un maestro de escuela que se plantea si esta mujer a la que vuelve a ver no hubiera podido ser realmente su amor verdadero. ¿Ella es la idealizada? La otra es la real. Siente nostalgia por lo que pudo haber sido y eso enciende mucho más el deseo que su realidad. La pregunta que hace Chéjov es: ¿cuál es entonces la mujer de su vida? ¿La que tiene o la que pudo haber tenido? Chéjov no te permite decidir. Te muestra en todo caso el nivel de frustración que arrastra Platonov.

En el momento en que lo encontramos ha acumulado esa sensación durante toda la fiesta. Platonov vive uno de esos días donde la fuerza del presente parece revelar su toda existencia: “Nos la pasamos dejando para mañana lo que mañana comprobamos que ya es imposible”, dirá antes del momento al que me demoro en citar. Es en ese derrotero en el que su cuerpo comprueba el fracaso que su conciencia le viene anticipando. No falta mucho para que termine la película, Misha –como lo llama su mujer– está parado frente a una pradera que cae vertiginosamente empinada hacia el río. Se le interpone otro cuerpo en su camino. No sabemos quién es. Nunca lo sabremos. Tiene lugar un diálogo de palabras cascadas por una rara tos. Una tos que viene de otro lado; germen de la irracionalidad que lo tomará por entero un tiempo más tarde. Hay segundos de zozobra, su cuerpo parece abandonar la forma humana. Se rompe el cántaro. El espectador seguirá mirando al personaje, pero todos adivinamos que ya es otra cosa lo que vemos. Platonov canturrea Una furtiva lágrima, el aria de Donizetti (lo italiano puede ser cómplice ideal de lo ruso, vean Ojos negros). Una melancolía lacerante se hace voz en un coro de mujeres eslavas que vaya a saber de dónde viene. El se desliza zigzagueante hacia el río... es un juguete de la condición grotesca y mucho más que eso. Terminó el fragmento. Después la película progresa hasta que “ni el tiro del final le va a salir”.

Ya ni me acuerdo cuándo fue la primera vez que presencié el “fenómeno”. Sé que fue hace mucho. Ahora, cada año busco una excusa para volver a ver ese fragmento y hasta puedo prescindir de excusas. Se ha constituido en el seminario de un par de segundos que tomo con disciplina cuantas veces puedo. Entiendo que hay algún rincón donde las experiencias de exaltación vital riman con las experiencias estéticas y de repente algo nos pone frente a artistas con la capacidad de condensar –en deliciosa espesura– ese punto de convergencia. Pero hay algo más hermosamente devastador y es que ese punto haga carne en la potencia del cuerpo del actor... Es un placer absoluto ver cómo cae la máscara y un actor pare lo imposible. Algo así como Urdapilleta pariendo un pebete o la Huppert levantado su labio superior mientras penetra el cuchillo en la piel de aquella profesora de piano... No hay ni un ápice de idealización: sólo está la marca en el cuerpo de momentos que, cuando después uno se encierre a ensayar, tratará de encontrar. Sabemos que lo imposible cobrará siempre nuevas apariencias, no intentaremos repetir la fórmula. Rara vez sucede. Y este alumbramiento de lo inédito sólo existe por fuera de la cultura instituida y es una fuerza instituyente. Actuar así, como

mi querido Aleksandr Aleksandrovich Kalyagin en Pieza inconclusa..., es

contracultural, es para el arte la vía

más eficaz para pronunciarse de manera política y ética.

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