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Domingo, 1 de noviembre de 2009

IRVING PENN (1917-2009), EL FOTOGRAFO QUE CAMBIO LA MODA

Modart

A fines de los ’40, un joven Irving Penn irrumpía desde las páginas de Vogue y cambiaba el modo de mirar la moda. Y desde entonces, pasó más de cincuenta años cambiándola una y otra vez. Llevó las fotos de moda de las páginas de las revistas a las paredes de los museos, consiguió ser absolutamente contemporáneo y a la vez descendiente de los grandes pintores que abordaron la moda. Su ojo magistral para encontrar siempre el camino más simple hacia la elegancia le dio una vigencia asombrosa de más de medio siglo: de su célebre foto del ’47 a su extraordinaria foto de Kate Moss. A un mes de su muerte, a los 92 años, Felisa Pinto lo despide.

 Por Felisa Pinto

Hace poco, murió Irving Penn, a sus 92 años, en su casa de Manhattan, Nueva York. Fue quizás el más prolífico maestro de influencias entre los fotógrafos de modas del siglo XX.

Dueño de una elegancia clásica y un minimalismo cool, término usado para definirlo con justeza, con el concepto que tenía entonces la palabra cool. En los ’50 quería decir: calmo, reservado, sabio, honesto, tranquilo.

El talento de Penn fue descubierto en 1943, asociado a la revista Vogue, adonde su estilo conexo al lenguaje del arte fue más allá del figurín de modas. Sus fotos, desde entonces, alternaron la gráfica de una revista imprescindible e irresistible como Vogue, con su presencia visual en paredes de museos y galerías de arte, hasta hoy, cuando seguramente sus fotos despertarán aún mayor avidez entre los coleccionistas de su obra, un magma glorioso de imágenes bellas y provocativas del deleite visual.

Ese magma encierra fotografías de modas, con modelos vestidas o desvestidas, o reflejan, con la misma actitud artística, desde naturalezas muertas, flores marchitas, o puchos de cigarrillos aplastados con igual grado de protagonismo, observado con extrema sensibilidad y mirada poco frecuente entre los fotógrafos de modas entonces.

Su carrera en Vogue expandió transformaciones radicales en el lenguaje de la ropa, manteniendo inalterable un estilo constante, fiel a una inigualable estética propia y nada propensa, en ningún caso, a “estar a la moda”. Muchos de sus seguidores aluden a esas cualidades de calma y decoro, ya se tratara de tomas de mannequins elegantes y sobrias o de la famosa foto-retrato de los Hell’s Angels, montados sobre sus motocicletas en San Francisco, pleno auge del pop en 1967. Algunos opinaron que la composición de esa foto acerca a la estética equivalente a un friso griego, apuntó el New York Times.

Los retratos de famosos y consagrados como el de Picasso, con sombrero andaluz, Truman Capote detrás de sus anteojos, la inefable Colette o Rudolf Nureyev desnudo, hablan directamente de que Penn en lugar de ofrecer espontaneidad, solamente, quiso proveer la ilusión de algo absolutamente concertado. Ya se tratara de describir con su cámara el perfil de un sublime tapado de Balenciaga, un djellaba marroquí o el rostro enchastrado de una modelo para ilustrar notas de cremas y cosmética. En realidad buscaba la manera de hipnotizar al lector-observador. Nada escapaba a los límites de sus fotos, salvo que él condujera el efecto buscado. Esto es evidente en algunas series de retratos, cuyos close-ups enmarcaba, corregía o recortaba los ángulos de los rostros de una manera nada ortodoxa. Hasta entonces. Por esas y otras virtudes que tienen que ver con su mirada artística, son igualmente deslumbrantes las series de desnudos femeninos y otros masculinos, que parecen gozar de un absoluto aislamiento del mundo real y cotidiano.

Irving Penn nunca estableció ninguna jerarquía de temáticas. Fue famoso (el más) no solamente en el campo de la fotografía de modas urbanas y suntuosas, sino buscando nuevas visiones étnicas legítimas, desde su lugar de origen. Tal es el caso de su viaje al Cuzco, donde fotografió campesinos y vida rural. Una foto de dos niños tiene estéticamente un acercamiento a la obra del genial fotógrafo peruano Chambí, quien registrara escenas similares, muchos años antes, en su tierra natal. Se diría que en distintos tiempos ambos mantienen un diálogo de pares. En cuanto a sensibilidad y estética.

Esos retratos de Penn fueron exhibidos en una de las retrospectivas de su obra, en el National Portrait Gallery en 1990. Allí, Merry Foresta, su curadora, puntualizó que sus imágenes exhibidas entonces “tenían el control de un director de arte, fusionado con el proceso típico de un artista”. Otros opinaron que Penn había adoptado la pose de un humilde artesano mientras construía un estilo de mayor nivel.

Un mundo gráfico

Irving Penn fue el último exponente del concepto aristocrático de la foto de moda.

Empezó cuando fue enviado por Vogue en 1950 a registrar las últimas colecciones de moda de ese año en París, adonde todavía se percibían vestigios del New Look, lanzado por Dior en 1947. Sus imágenes fueron suficientemente simples, pero la representación de la moda estuvo subordinada a su autoexpresión y su singular mirada.

Tanto él como Avedon habían trabajado simultáneamente en el campo de la foto publicitaria y la foto de modas. En sus libros registraron igualmente las fotos “por encargo” con otras producidas para sus proyectos personales. El resultado fue para Penn que sus fotos de modas se aproximaron y partieron siempre de esa suerte de ambigüedad que convierte a un simple mensaje comercial en un momento creativo.

La aparente simplicidad de sus composiciones concilia una complejidad formal y es el resultado de una particular elegancia de la modelo en su interacción con el juego abstracto de líneas y formas dentro del contraste de lo vacío y lo pleno.

Penn ayudó deliberadamente a instalar la fotografía de modas en el mundo del arte. Decía, al respecto: “Me gusta pensar en mí mismo como un fotógrafo contemporáneo y a la vez un continuador directo de los pintores que abordaron la moda a través de los siglos”.

Esta evolución de la foto de modas hacia un medio de autoexpresión artística se ve particularmente en su obra de los ’50. Más precisamente cuando descubre la belleza inusual de la entonces modelo top Lisa Fonssagrives, quien luego se convirtió en la musa fundamental de su obra. A partir de allí comenzó a considerar cada foto como un retrato que interpretaba libremente las convenciones de una foto pictórica. Como una extensión que Penn desarrollaba en su estudio y laboratorio, ensayando en el cuarto oscuro sofisticadas técnicas químicas y artesanales, y métodos de impresión innovadores. Esa era otra cualidad no frecuente en el oficio de fotógrafo de modas. En su obra logró que una simple foto trasmitiera una visión única y personal en la cual la graduación de tonos, acentos y contrastes se convirtieran en la imagen de marca de su manera de mirar.

Un mundo vestido

Es a través de esos enunciados que se puede gozar más de la belleza en estado natural de Lisa, su mujer durante 42 años, devenida escultora, hasta su muerte, a los 80, en 1992. Las fotos que su marido le hiciera captan un cuerpo esbelto y delgado (no flaco), pleno de sofisticación en sus modales y gestos, amén de una buena salud. Su ropa preferida fue firmada por Balenciaga, Givenchy y Dior, y el gusto de lucirla está registrado por Penn, que recorre cada puntada y pinza o volumen con su cámara devota del autor y la modelo, a través de una estética afín a la elegancia sobria de las fotos de moda en blanco y negro de los ’40 y ’50.

Hay que recordar que esas memorables imágenes fueron el pivote para que dos de los más creativos directores de arte, Alexey Brodovitch y Alexander Liberman, para quienes trabajó Penn en sus comienzos, casi sin paga, lo instalaran primero en Harper’s Bazaar, la revista más provocativa de la moda a finales de los ’30. Pero es a instancias de Liberman, en Vogue, que Penn forjaría su carrera excepcional como fotógrafo. Luego el mandamás de la revista diría de él, en 1941: “He aquí un joven americano que parecería no haber sido estropeado por los manierismos europeos de la cultura”.

Y describe, a renglón seguido, la manera de vestir del brillante fotógrafo: “vestía sneakers (pantalones cortos como de golfista), y no usaba corbatas”.

En 1947, en su foto famosa “Twelve of The Most Photographed Models”, ubicó en el centro a Lisa, protagonista igualmente de otras fotos de 1950, celebradas hasta el fanatismo antes y aún hoy, entre los devotos de la moda, tituladas “Mermaid Dress” y la otra, “Woman with Roses”. Fueron tomadas el mismo año de la boda Penn-Fonssagrives, exitosa, plena y duradera.

Desde entonces, también mantuvo siempre su mirada hacia la ropa, conservando un concepto líder en su obra: tratar en lo posible de usar luz natural y “coreografiar” las poses de las modelos, enfocando los vestidos no tanto como si fuera ropa aparte y protagonista, sino acentuando las formas y el estilo, para que fueran percibidas sobre una silueta de mujer bella. Obviamente esto pasaba muchísimo antes de que la anorexia fuera consagrada en las pasarelas, a partir de los ’90.

Penn fue un degustador de la gran costura más que de la simple e impersonal tendencia o capricho momentáneo. Por eso eligió un lenguaje profundo que se descubría en cada detalle de corte y confección del modisto-autor que le tocara en suerte. Buscando siempre la relación y el acercamiento de los límites entre la moda y el arte.

En sus sucesivas tapas de Vogue durante años, son memorables las de sombreros anchos y chatos con mucha composición geométrica. Muchas veces llevaban tul o voilette y tapaban la cara de la modelo o la sugerían. Penn amaba cubrir sus caras con el pelo en otras tapas, incluso aunque ya fueran protagonistas consagradas.

Quizás evocaba sus famosas fotos de las mujeres de Marruecos, cubiertas de pies a cabeza, con las que hizo una serie de la vestimenta de la mujer musulmana, oculta bajo su ropa renegrida.

Un mundo desnudo

La manía elegida de trabajar sobre fondos neutros, sin demasiada información visual detrás de la modelo, es más ilustrativa que nunca en las fotos de desnudos memorables, ya que se mantienen alejados de un código erótico banal, ya se trate de mujeres o varones. La mayoría en blanco y negro, tienen un alto componente escultural. Especialmente cuando usa, para cubrir un cuerpo, los pliegues de una sábana que a la vez modela la figura, y forman volúmenes blandos como si fueran drapeados deliberadamente logrados. Pocas veces fotografía pin-ups con lenguaje corporal directo, deja que se imponga la sensualidad más que la sexualidad, y sugiere con gran finura y excentricidad en el caso de una mujer de espaldas, envuelta en sábanas blancas. Una forma alternativa de ocultar el cuerpo y mostrarlo, al mismo tiempo.

La más difundida foto de desnudo femenino firmada por Penn es la de Kate Moss, captada en actitud de entrega displicente, sentada y con su trasero tomado en primer plano, desde donde nace su espina dorsal claramente registrada por la cámara, mucho antes de que enfermara de flacura y drogas.

Similares tomas de traseros y espaldas impecables, hechas en estudio, abordan el lenguaje artístico. Algunas con torsos segmentados están encuadradas como si fueran una escultura de Brancusi. Otras captan la desnudez de las modelos en posturas casuales, sueltas y espontáneas como si estuvieran vestidas, pero desnudas. Sentadas despreocupadamente, sin énfasis y sin pecado. Desnudo masculino, literal y frontal es la foto del bailarín Rudolf Nureyev, luciendo un físico perfecto y atributos de varón bien dotado que recorrió, en diversas copias, ámbitos privados infinitos.

Como bien lo expresó el mismo Penn: “Una buena foto es la que comunica un hecho, toca el corazón, y cambia al observador luego de haberla visto”.

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1950: una de sus tantas fotos que fueron tapa de Vogue durante medio siglo.
 
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