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Domingo, 3 de abril de 2011

VALE DECIR

Los úteros prohibidos

Los republicanos norteamericanos están liquidando a los sindicatos. Hace poco, en el estado de Wisconsin, una misma ley intentó bajarles el sueldo a los maestros estatales y al mismo tiempo quitarles su derecho a negociación colectiva. Cuando la iniciativa quedó estancada –ya que los representantes demócratas dejaron el estado para no dar quórum–, modificaron la ley para que se pudiera aprobar y dejaron sólo la parte que prohíbe los sindicatos.

La semana pasada, en el estado de Florida, el Congreso aprobó una ley que les complica la vida a los sindicatos: los aportes sindicales ya no pueden ser deducidos automáticamente del sueldo para los empleados estatales, lo cual genera un trámite adicional para aquellos que quieran seguir colaborando.

Al igual que las corporaciones privadas, los sindicatos aportan dinero a las campañas políticas. Suelen contribuir con los demócratas y es por eso que los republicanos buscan sacarlos del mapa.

Esta ley anti-sindicato de Florida mereció un acalorado debate. Scott Randolph, un diputado demócrata, dijo que los republicanos siempre se oponen a las regulaciones estatales, salvo cuando molesta a los pequeños contribuyentes o sirve a sus intereses.

Llegado este punto, Randolph se preguntó en voz alta si su esposa tendría que convertir su útero en una empresa privada. De esa forma, los republicanos dejarían de tratar de sacar leyes para prohibir el aborto, dijo Scott; y agregó que hasta quizá buscarían desregular los úteros.

El comentario le valió una llamada de atención por parte del presidente de la Cámara, que solicitó al bloque demócrata que Randolph se abstenga de mencionar partes del cuerpo. “Si el debate va a realizarse con un lenguaje inapropiado para niños u otros invitados, entonces se les invitará a abandonar el recinto”, declaró Katie Betta al diario Tampa Bay.

“Tampoco es que haya usado una palabra vulgar”, afirmó Randolph, y también dijo que los republicanos se mostraron preocupados porque los becarios del Congreso –jóvenes de entre 15 y 18 años– habían escuchado la palabra “útero”. Si un joven –o peor, una joven– de esa edad nunca escuchó antes esa palabra, entonces ya habría de qué preocuparse.

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