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Domingo, 3 de abril de 2011

MUSICA > DEVENDRA BANHART VUELVE A BUENOS AIRES

El vagabundo del Dharma

Hijo de un norteamericano y una venezolana, mezcla de mochilero con estrella de rock carismática, desde que debutara en 2002 con Oh me oh my..., un disco que incluía canciones grabadas en los contestadores automáticos de sus amigos, Devendra Banhart y su trabajo fueron definidos de muchas formas, lo-fi, retro, neo folk, neo hippie, mientras las influencias latinas maravillaban y desconcertaban por igual. A pocos días de presentarse por segunda vez en Buenos Aires, desde Los Angeles, Banhart se define como un fan –de Yupanqui, de The Swans, de Caetano Veloso, de Cobain, de Violeta Parra– que terminó siendo músico. Y asegura que él de hippie no tiene nada.

 Por Martín Pérez

El día y la noche. Eso es lo que asegura Devendra Banhart que simboliza el cambio estilístico que parte al medio “Angelika”, uno de los irresistibles primeros temas del que hasta ahora es su último disco, What Will We Be (2009). “No te lleves ningún secreto a la tumba/ dejá que todo el mundo lo sepa”, dice la letra en inglés durante su celestial primera parte, un delicioso tema folk que no desentonaría en un disco de Paul Simon, pero que hacia el final se convierte en un extraño mambo arrastrado, profundamente hipnótico. Cantado en castellano, por supuesto.

“Que caiga la cruz y suba Dios”, es una de las urgentes y lisérgicas frases que se escuchan en la noche de una canción que encarna la dualidad de este artista nacido en Texas –hijo de un norteamericano y una venezolana– pero criado en Venezuela hasta los catorce años, y luego instalado en San Francisco hasta que decidió perderse de mochilero por Europa. De donde regresó convertido en un cantante folk muy particular, a medio camino entre Donovan y T. Rex, según confesó en un tema curiosamente llamado “The Beatles”, incluido en su cuarto disco, el consagratorio Cripple Crow (2005). Pero esa mitad de camino en este tema clave de Lo que seremos, tal la traducción del título de su sexto opus, se encuentra entre el apolíneo día del folk norteamericano y la dionisíaca noche de la música latinoamericana.

“La idea en esa canción era simplemente la de capturar auralmente el paso del día a la noche”, asegura Devendra desde Los Angeles, usando un teléfono celular siempre con poca batería y propenso a apagarse. “Para mí esa primera parte es super día, todo está sucediendo entonces. Después aparece toda esa sangre latina, y te encuentras perdido de noche en un campamento, en un bar en el medio del bosque, tú sabes, donde hay fantasmas bailando el tango.” Cuando se le comenta que ese devenir parece resumir también sus influencias artísticas, se entusiasma y asegura que no debería estar tocando en vivo, porque está grabando un nuevo disco. “Pero si los Strokes te invitan a abrir su regreso en el Madison Square Garden, como me acaba de suceder, no les puedes decir que no. Y cuando te invitan a tocar en Latinoamérica, tampoco puedes negarte”, asegura el músico, que este martes y miércoles estará tocando en Buenos Aires (después de tocar en Chile, y antes de hacerlo en Brasil).

Latinoamérica le hace falta, asegura Devendra. Le hacen falta, enumera, los olores, los colores, la música, la gente. “Es una parte que tengo adentro”, afirma. “Siempre escucho música nueva, pero la mitad de la música que escucho diariamente es la de siempre. Y eso es música latina. Caetano Veloso, Atahualpa Yupanqui, Víctor Jara, Violeta Parra, Simón Díaz, Eduardo Mateo, Gilberto Gil. Toda esa gente”, asegura Devendra Banhart, un fan entusiasta devenido músico casi sin querer, neo hippie no tan neo ni tan hippie, profeta analógico del nuevo siglo, siempre con música recién hecha entre las manos.

NI HIPPIE NI NEO

Para entrevistar a Devendra alcanza con levantar el teléfono. O al menos para él sucede así. Puede estar de compras con su novia en el supermercado, tal como se hizo la primera parte de esta entrevista. Y también esperando que pase su abogado por una comisaría, porque lo han detenido por presunta ebriedad y cuando ha explicado que no está borracho sino haciendo entrevistas con Argentina, esa presunta ebriedad para los agentes del orden angelino no ha hecho más que confirmarse. Todo eso cuenta Devendra sin inmutarse, de la misma manera que responde preguntas y las corta para hablar con la cajera del súper, y luego retoma el hilo de lo que habla. Y siempre, pero siempre, sus respuestas son comprometidas o graciosas, y generalmente ambas cosas a la vez. Parece haber nacido para esto, para hacer música, responder entrevistas, regalar titulares y ser famoso a su manera. “No te creas que me es tan fácil”, comenta cuando se le dice que la historia de la música está llena de artistas que se perdieron atrapados en una burbuja, algo que a él no parece pasarle. “La verdad que los años entre que empecé y terminé de grabar mi anterior disco fueron los más perdidos de mi vida. Fueron años que estuve en una burbuja. Fue todo muy caótico, un poco loco. Había gente viviendo en mi casa y yo no lo sabía, una fan se intentó meter por mi ventana. Te confieso que un año más tarde, cuando terminó todo eso, pasé mucho dolor y mucha vergüenza. Porque me perdí, y es algo que puedo escuchar en ese disco.”

¿Por qué pasa eso? ¿Es culpa de Los Angeles, es culpa de la industria de la música?

–Tiene que ver con muchas cosas, pero más que nada creo que tiene que ver con un rito de pasaje. Hay un túnel, y me parece que hay que atravesarlo. Tiene mucho que ver con la fama, con la percepción que el mundo tiene de ti y con tu interacción con esa imagen. Lo que me pasó era que entonces había una caricatura muy fuerte de mí, una imagen que no era nada como soy yo, porque yo no soy hippie para nada.

No resulta fácil quitarle lo hippie a Devendra, el vagabundo que descubrió su barrio en una esquina musical de cada ciudad, donde siempre supo encontrar a sus iguales. Cuenta la leyenda que su primer disco se grabó en los contestadores automáticos de sus amigos, a los que llamaba para cantarles sus temas. Y su historia confirma que nunca le sacó el cuerpo a cada encuentro con sus ídolos, ya sean Os Mutantes o Vashti Bunyan, Bert Jensch o The Swans, y siguen las firmas. “Es que más que nada soy un fan, esto nunca fue para mí un ego trip o una cosa nepotista. Tuve mucha suerte, porque de muchos de estos artistas empecé siendo un fan y luego terminamos siendo amigos. Pero no sigo siendo más que eso, un fan.” Fanático de súbita fama, amigo de Beck y Caetano Veloso, su historia es ideal para imaginar una variación del rito iniciático de algunos indios norteamericanos, pero con la industria del espectáculo atiborrando a sus talentos de fama, sexo y drogas, mandándolos al desierto, a ver qué mensaje les transmite el destino. Devendra se ríe ante esta imagen, y dice que lo que le pasó –abandonó el frío de la creativa Nueva York para regodearse en la cálida y satisfecha California justo antes de grabar ese fallido quinto disco, Smokey Rolls Down Thunder Canyon (2007)– fue “un poquito así”. Y también insiste con que no es un hippie ni nada de eso. “Lo único más o menos hippie en lo que aún creo, es que todos estamos conectados. Creo en eso, en la Teoría de las Cuerdas, de la física cuántica. Es una idea tan bella, que es imposible no creer en ella.”

DE MENOR A MAYOR

Para alguien cuya música y actitud siempre parecieron un monumento a la libertad y la independencia, la noticia de que había firmado con una multinacional como Warner para la edición de What Will We Be no podía menos que provocar una polémica. Ya está libre de ese trato, asegura Devendra. Pero aclara que si llegó a trabajar con Warner fue porque lo trataron mejor que en una indie. “Las cosas han cambiado, y las líneas ya no están tan claras”, asegura, y cuenta que los nuevos cambios dentro del paradigma de consumo actual de la música han herido de gravedad al Goliat de la industria. Tanto como para que piensen en contratar a alguien como él. “El solo hecho de que me hayan firmado, implica que David le ganó a Goliat”, dijo por entonces. Lo cierto es que Devendra firmó antes con Elliott Roberts como representante, el mismo que tiene Neil Young, y una de las figuras más poderosas del mundo de la música norteamericana. Roberts siempre trabajó con Warner, y a ellos se dirigieron recién cuando –asegura– el disco ya estuvo terminado. “Las indies me trataron como majors, y las majors como indie”, cuenta Devendra, que asegura haberse divertido con la paradoja de que su disco más cuidado, pensado originalmente para una indie, haya terminado en manos del mainstream. “Hay amigos que aseguran que nunca firmarían con una major, y yo los respeto”, cuenta Devendra, que asegura que siempre quiso formar parte de K Records, el legendario sello del extremista indie Calvin Johnson, oriundo de Olympia. Y dice que lo sigue queriendo.

¿Te tatuaste el logo?

–¿Como Cobain? Sabes, yo sueño con Kurt todas las noches. Está siempre en mis sueños. Ahora voy a ir a México a tocar unos shows que no me gustan mucho, porque son para una cerveza. Me da mucha pena hacer eso, pero sólo lo estoy haciendo para poder comprarme una guitarra como la de Kurt Cobain.

Dos razones explican que haya firmado con Warner, revela. Primero, por este trato como en una indie. “No lo podía creer”. Y segundo porque fue una experiencia nueva, y quería saber qué se sentía. “Así he vivido toda mi vida. Cuando empecé, la mitad de mis shows los cantaba a capella, sin ningún instrumento. Sólo después de un rato tomaba la guitarra. Así que de ahí a tener un grupo hay una progresión natural. Pero ahora, cuando una progresión lógica sería ir hacia una cosa más grande, con más instrumentos y más músicos, yo quiero volver atrás. Para dar pasos hacia adelante, voy a tener que voltearme y ponerme donde empieza la línea.”

Pero ya no hay contestadores automáticos.

–Es verdad, ya no hay grabadores. Pero el lo-fi sigue existiendo. La filosofía nunca cambia.

Antes de este regreso a lo básico, nunca fuiste más lejos en el otro sentido como en el tema “16 & Valencia Roxy Music”, que suena como un tema clásico del rock de los setenta. ¿Ese era el desafío?

–Para nada. Porque no es mi estilo de canción. Pero pinta un dibujo muy honesto, del que estoy satisfecho. De ser joven, paseando por Castro, en San Francisco, escuchando a Roxy Music. Así era como me sentía en aquella época, y por eso lo incluí en el disco. Pero ahora quiero volver a grabar como cuando empecé. Así son las canciones que estamos haciendo ahora, aunque todavía no las vamos a tocar porque aún no están listas.

SEGUNDA VUELTA

Esta será su segunda visita a Buenos Aires, y apenas se recuerda su anterior viaje –para la fiesta previa al lanzamiento del Personal Fest, en el 2006– Devendra entra en furia y al mismo tiempo se deshace en disculpas. “Me acuerdo que me morí de pena”, asegura. “Porque me dijeron que íbamos a tocar en un festival, pero en realidad fue una fiesta privada para cinco ricos de mierda a los que no les importaba un coño lo que estábamos tocando. Mientras todos nuestros fans estaban afuera, sin poder pasar. Al menos cuando terminó el show fuimos a una casa y tocamos gratis para los que estaban afuera, pero aún me muero de vergüenza y me parte el corazón todo aquello”, recuerda el cantante, que es de esperar que esta vez toque ante su público, durante dos noches consecutivas en Niceto. Al menos, ante los fans que estén en condiciones de pagar la entrada. Pero, ¿no tiene ningún buen recuerdo de aquella primera visita porteña? “Bueno, me acuerdo que ahí fue donde compré mi cuatro venezolano, ni más ni menos. El mismo que desde entonces toqué en todos mis discos.”


Devendra Banhart & The Grogs tocan el martes y el miércoles a las 21, en Niceto, Niceto Vega 5522. Entrada: $ 200.

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Imagen: Ana Kraz
 
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