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Domingo, 7 de diciembre de 2014

CUESTIÓN DE TIEMPO

 Por Mariano del Mazo

Como enfatizaban esas publicidades antiguas: Si no lo tiene, ¡corra ya al kiosco! Hoy sale junto a este diario como parte del festejo por los cuarenta años. Se trata de algo muy serio: la fiesta en todo caso late agazapada debajo de una poesía espesa y una música sofisticada. Que parte del jazz, el folk, el beat y el tango para llegar a una experimentación radical en la que el estribillo queda herido de muerte. Melopea aún funciona como un faro viejo y noble. Grabado un par de meses antes de la muerte de Perón, cuando todavía López Rega y la Triple A no habían abierto la tiendita del terror ni mostrado los alcances reales de la cacería, el disco bautizado con una extraña palabra que significa “borrachera”, entre otras acepciones, es la obra maestra de Litto Nebbia. Una perla única en la fronda de su discografía. Un gesto de vanguardia y a su vez un reflejo encriptado de su época: melancólico, oscuro y complejo.

El baby face pionero que había triunfado con pegadizas canciones beat apenas algunos años atrás, con letras que remitían a fábulas infantiles como “El rey lloró” y “Viento, dile a la lluvia” o encrucijadas generacionales como “La balsa”, por sólo citar tres canciones famosas, ahora se encerraba en su casa con su pareja rodeado de discos de Astor Piazzolla, el Dúo Salteño, Miles Davis y Tom Jobim. Su pareja era una poeta increíble llamada Mirtha Defilpo. La sociedad produjo a cuatro manos decenas de canciones, ocho de las cuales se destacan en Melopea: un tsunami de metáforas y acordes construidos bajo las estrictas reglas de la libertad total. Manda mail Litto Nebbia: “Escribíamos de las dos maneras posibles. A veces Defilpo me daba un poema y yo lo musicalizaba. Otras grababa un tema terminado y ella ponía sus versos a la melodía. Lo interesante como disciplina creativa era que ninguno objetaba nada, ninguno cortaba nada de lo hecho por el otro. No existía que yo le dijera: ‘Cambiá esa frase porque no me entra la música’. O ella a mí: ‘Acortá la melodía porque no logro meter esta palabra...’. Esto no permitía que la canción tuviera un formato tradicional de estrofas con la misma extensión”.

Así salieron temas de una solidez extraordinaria, con una textura otoñal, de una belleza serena y triste. Si el disco tiene una canción que se destaque como “éxito” –una palabra o una idea totalmente desfasada del espíritu de Melopea–, ésa es “La ventana sin cancel”. No puede caber más desolación en una canción popular: la precisión poética de Defilpo produce una alquimia natural con la música de Nebbia. “Cuidado, Julieta: estás acumulando sombras en los vidrios / de tu ventana sin cancel”, arranca, para concluir cinco estrofas abajo: “No sueñes, Julieta: el infortunio sube por tu trenza / Y te despeinará, para enlutarte el corazón”. “Apelación de otoño” tiene arreglos de cuerdas de Rodolfo Alchourrón y un clima de época que sugieren versos como “Tengo un heroico castillo de naipes mal barajados” o “Tengo tan sólo un amigo, que no he podido encontrarlo /mil historias de tristeza, y un par de libros guardados”. Con su ropaje folk, “La lección del viajero” es otra postal del ’74 con una letra que desliza fuga y tragedia política: “El viajero me dijo que la boca se rompe / si uno come palabras. / Todo nuevo refugio es una antigua trampa”. Y termina: “Dijo el viajero que uno entierra sus muertos / para seguir matando”.

Melopea dialoga intensa o vagamente con otros LP editados ese año: Brumas de Aquelarre, Chimango de Roque Narvaja y hasta Instituciones de Sui Generis. Es curioso, porque Nebbia estaba alejándose del rock para volcarse a una idea de fusión. Es el segundo disco en el que tocó con la base de jazz integrada por Jorge González en contrabajo eléctrico y con arco y Néstor Astarita en batería, y en sus próximos discos reincidiría con la deconstrucción de lo que él mismo había inventado junto con Almendra, Manal, Tanguito, Moris y muchos otros. Los puentes que dinamitaba Nebbia se pueden entender como un crecimiento precipitado, una madurez adelantada. Así como sorprende que Paul McCartney haya compuesto “Yesterday” y John Lennon “In my Life” cuando no habían cumplido los 24, 25 años, Litto venía de escribir en su muy buen disco anterior (Muerte en la Catedral, de algún modo el hermano menor de Melopea) la canción más nostálgica del mundo: “El otro cambio, los que se fueron”.

Melopea fue la consumación de ese estado de gracia, de esa melancolía abismal. Un instante irrepetible de la música argentina. El jueves 11 Litto Nebbia recreará ese instante en el teatro 25 de Mayo de Villa Urquiza como parte de la celebración de los 40 años. Será una ilusión: hay cosas que no tienen tiempo. Va a ser raro y emocionante volver escuchar a Nebbia cantar “Cuestión de tiempo” y preguntar, una y otra vez, como en 1974, como siempre: “Si una fuera otro, ¿quién sería?”.

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