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Domingo, 7 de diciembre de 2014

VIDAS POCO NATURALES

DESPEDIDAS Comenzó a escribir novelas policiales después de los cuarenta años, tras una infancia de aires victorianos, con una vida difícil marcada por penurias económicas y un marido que volvió esquizofrénico de la Segunda Guerra Mundial. P. D. James murió la semana pasada, a los 94 años, en la ciudad de Oxford, donde había nacido, consagrada como una de las más importantes e innovadoras autoras del género, siempre interesada por los misterios de la vida, la violencia y la muerte.

 Por Claudio Zeiger

Cuando Phillys Dorothy James recordaba los días de su infancia, los colegios a los que había asistido, la escuela dirigida por su inflexible pero recto abuelo (director, además, del coro de niños), la vida en el pueblo y las ciudades pequeñas en las que habitó con su familia –Oxford, Ludlow, Cambridge–, los entretenimientos y las primeras lecturas, las comidas, los desayunos con melaza negra y a cup of tea (sin azúcar, of course), las misas y los sermones, no dudaba en sentir que esos años que iban de 1920 a 1930 y pico, estuvieron más cerca de una formación victoriana que de los tiempos actuales, mediados de los ’90, cuando recordaba todo esto en su libro de memorias La edad de la franqueza. Y su sentimiento no sólo era verdadero como tal, también respondía a la realidad. Quien luego sería conocida como P. D. James fue, en muchos sentidos, una mujer con formación, preocupaciones e imaginario victorianos. Lo que no quiere decir que no evolucionara con el paso de los años. Lo que no quiere decir que se colocara inmediatamente del lado de lo establecido, de la rigidez y la represión de los instintos, la moral y las buenas costumbres. Nada que ver. Pero siempre le quedó un resto de obsesión por la Ley y el Orden, por querer que las cosas no se precipitaran en el abismo del sinsentido así, sin más. Hay que decir que a pesar de que se suela recordar como algo sublime su eminente educación en la Cambridge High School for Girls y que haya terminado con algún título honorífico encima, P. D. James tuvo una infancia dura, una vida dura, fue una mujer que peleó por sí misma y su posición en el mundo y que nadie le regaló nada. La vida familiar –sus padres, ella misma, sus hijos– estuvo signada fuertemente por las dos guerras mundiales. Educó una hija bajo las bombas y el hambre, su marido volvió del frente esquizofrénico para morir finalmente en 1964 tras sucesivas internaciones. No fue fácil la vida de P. D. James, quien pronto descubrió su verdadera vocación: entender la muerte.

LA LEY Y EL ORDEN

Escribió en La edad de la franqueza: “Asistí a mi primera escuela, a la que debo haber ingresado a los cinco años acompañada no por mi madre, sino por un niño un poco mayor que yo que vivía cerca de nuestra casa. Mi recuerdo es ser arrastrada a un paso furioso por este acompañante reluctante pero amable. El aula era grande y cuadrada, con un enorme fuego de carbón encendido en invierno, rodeado por una alta pantalla. Era una habitación que revive en mi memoria cuando leo una descripción del aula de Lowood en Jane Eyre, aunque estoy segura de que ambos establecimientos no tenían absolutamente nada en común. No había baños dentro del edificio y recuerdo vívidamente el día en que, mientras estaba sentada en uno de los bancos de madera del galpón, de pronto se desplomó parte del cielo raso de yeso sobre mi cabeza. Rara vez íbamos directo a casa luego de la escuela. Mi pequeño guardaespaldas tenía una imaginación fértil y ligeramente morbosa (¿pero qué derecho tengo yo a quejarme de esto?) y me arrastraba al río con la esperanza de ver algún ahogado, que él parecía esperar cada día. Quedábamos decepcionados, pero recuerdo que me llevó a ver a un hombre que se había roto un brazo. Estaba sentado en el jardín trasero de su casa en una silla de cocina, acariciando su brazo y quejándose, y nosotros lo observábamos a través de una grieta en la cerca de madera, expectantes y fascinados, aunque era un sustituto muy pobre de un ahogado”.

Es precisamente un cuerpo flotando en el agua el que arranca el misterio en Muertes poco naturales, una novela de James que apareció en la fugaz colección Sol Negro dirigida por Ricardo Piglia, allá por los tempranos noventa. Se trataba de dar a conocer voces nuevas o poco conocidas de novelas de detective negras o seminegras, y entre ellos apareció este, uno de sus mejores textos. Poco después, las editoriales y distribuidoras que desembarcaban desde la Madre Patria traerían muchos otros de sus libros que ya estaban hace rato publicados en español, abriendo el juego de una obra muy consolidada, que contaba con títulos como Mortaja para un ruiseñor, Muerte en el seminario, Intriga y deseos, Poco digno para una mujer y dos detectives novedosos: Cordelia Grey (dicen los entendidos que se trata de la primera mujer investigadora profesional de la literatura policial) y Adam Dalgliesh, un comisario culto de Scotland Yard, lector de poetas ingleses, esos detectives con charme e ingredientes que el policial de nuestros días barroquizaría hasta la náusea snob. Lo cierto es que en pocos años, los seguidores del género no tuvieron dificultades para acceder a la obra de P. D. James y entender que se trataba de una de las autoras de peso, alguien a quien se podría señalar como equidistante entre los clásicos de la edad dorada –Dorothy Sayers, y por qué no Agatha Christie–, y representantes de una complejidad mayor del género (a veces hasta quedar en sus bordes) como Patricia Haighsmith y Graham Greene (este último, uno de los referentes explícitos de James, y una de sus “influencias” reconocidas junto a Jane Austen y Evelyn Vaugh).

Bastante se ha remarcado que entre las innovaciones de James en el género figura cierto rigor “forense” que sería resultado de su paso laboral por distintos puestos de la administración británica, en particular en el Departamento de Policía Criminal y el Servicio Científico de Medicina Forense. Ella misma reflexionó sobre este aspecto de su trabajo. “Muchos de los libros de la época dorada se leen hoy en día con placer, tal vez por cierta afición a la nostalgia, por una fascinación por la ingeniosidad del enigma o por añoranza de un mundo más homogéneo y pacífico con una moral más segura y confiable. Pero no es lo que se escribe en la actualidad. El novelista policial moderno no puede permitirse ignorar la medicina forense. El realismo, incluyendo el realismo científico, también ha sido fomentado por la preferencia moderna por los detectives profesionales, en oposición a la vieja confianza en el multitalentoso, excéntrico e idealizado amateur. Hoy la novela policial es más realista en lo que respecta al crimen, más violenta, más explícita sexualmente, menos segura en su afirmación de la ley y el orden oficiales.”

Pero ni en sus libros ni en sus reflexiones sobre el policial y la literatura se mostraría P. D. James una banal defensora del nuevo estatuto cientificista del género, ni proclive a eludir la verdadera dimensión importante de su quehacer, es decir, las motivaciones más profundas y oscuras del crimen y la muerte. Si ella misma admitía ser un poco morbosa desde la más tierna infancia, eso no la llevó al automatismo mecánico donde las pruebas de laboratorio vendrían a reemplazar a los acertijos cartesianos de los detectives ociosos. Estas preocupaciones la llevaron a invertir el ángulo en una novela muy elogiada y también llevada al cine, con la que se salió del policial para incursionar en la ciencia ficción distópica: en Hijos de los hombres la muerte es la obsesión por ausencia, porque lo que verdaderamente ocurre en el mundo es que ya no se producen más embarazos y, por ende, tampoco hay alumbramientos: nadie nace. No más vida nueva. Todos están suspendidos en el limbo de una muerte que ya no verá retornar el tranquilizador ciclo de la reproducción. (Esta novela tiene un encanto extra para nos, los nacidos en las Provincias Unidas del Sur: en la primera página se nos informa que el último ser humano nacido sobre la faz de la tierra, llamado José Ricardo, murió en la madrugada del 1º de enero de 2021 en un suburbio de Buenos Aires.)

Vida y muerte. Policial apolíneo y conjuros del desorden dionisíaco. Entre uno y otro paradigma, con más vigor y rigor que Agatha Christie pero en gran medida extremando lo que había en ella de oscuridad y pulsión de orden victoriano, P. D. James fue una de las mejores novelistas inglesas con detectives, crímenes y cierta clase de justicia. Dijo ella: “Siempre me imagino escribiendo una novela que no sea policial, de hecho he escrito dos, Sangre inocente e Hijos de los hombres, pero no puedo imaginarme escribiendo un libro que no incluya la muerte. La muerte siempre me ha fascinado, y aun de niña siempre fui consciente de la fragilidad de la vida”.

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