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Domingo, 28 de diciembre de 2003

SOBREDOSIS DE TV

Señora de las cuatro décadas

Ambientada en un Brasil paradisíaco, con fiestas, piscinas, cocktails, haciendas y caballos en la arena, Lazos de familia retoma una de las historias más antiguas del mundo: los conflictos que despierta una mujer llamada Helena. Pero en vez de una guerra de Troya, lo que se desata es una sorda guerra de envidias.

POR CLAUDIO ZEIGER

Es verano y es la hora de la siesta (14 horas en Argentina). Bien lejos de los desenfrenos pasionales de Soy gitano, las complejidades argumentales de Resistiré e incluso de su par brasileña El clon, se sitúa Lazos de familia, la telenovela más decontracté de los últimos tiempos. Poco y nada sobresalta a los protagonistas Helena (Vera Fisher) y Edu (Reynaldo Gianechinni). Y si algo los sobresalta, pronto va a diluirse en champagne, paseos por la playa, cabalgatas, fiestas y chapuzones en la piscina.
La trama gira alrededor de un conflicto mundano: la diferencia de edad entre los protagonistas. Ella tiene cuarenta y pico y él veintipico. Ella, claro, tiene un cuerpo espléndido y un rostro irresistible, además de un buen pasar. Él parece un Tom Cruise longilíneo, lindo y un tanto intrascendente. Se conocen en un accidente de tránsito. Él es médico y la atiende en el mismo momento en que ella le ha chocado el auto, y a partir de allí comienza una relación que, por estos días, se ha ido enriqueciendo con variadas tramas secundarias. Alma (tía y protectora de Edu ya que él, obviamente, es huérfano de padres) se convierte en la principal antagonista de Helena. El toque rústico lo aporta la infaltable hacienda donde se cocinan los “lazos de familia” del título, una finca del sur adusto que contrasta con la alegría brasilera; allí, el rudo vaquero Pedro (José Mayer) revuelve las hormonas de madre e hija y el padre de Helena, con el que la mujer está peleada, se muere lentamente. También hay un interesante centro dramático en la librería de Miguel (Tony Ramos), que tiene un hijo que ha sufrido un accidente y ha quedado disminuido físicamente, y una hija insoportable perdidamente enamorada de Edu. Hay una velada rivalidad proustiana entre “el grupito” que lidera Alma en su casa de la Barra donde hace fiestas que miden la lealtad de los amigos, y aquellos que como Helena viven en Leblon, con menos plata pero más onda. Todo es suave y ligero, como el trote de los caballos que, en esta cuidada telenovela de Manoel Carlos, son símbolo de riqueza y plenitud.
Al comienzo, el tema de la diferencia de edad era el gran leit motiv y único móvil dramático de Lazos de familia. Lo curioso es que a casi un mes de su arranque, la pareja “despareja” de Helena y Edu aparece bien constituida. Viajaron juntos a Japón para encontrarse con la hija de ella (enamorada de un japonés, otro toque mundano muy bien puesto en la trama carioca), se muestran abiertamente como novios y nada parece ensombrecer el futuro salvo el dictamen de una gitana, que la noche de Año Nuevo le dijo a Helena que una mujer joven iba a interponerse entre ellos. Arriesgamos, por ciertas miradas, que se trata de la mismísima hija de Helena.
Lo que uno aprende rápidamente tarde a tarde, capítulo a capítulo, siesta a siesta, es la fuerza malévola de la envidia. Sí: Lazos de familia es una telenovela estructurada alrededor de este mal que se suele combatir con cintas rojas. Obviamente, Helena es envidiada por todas las mujeres de la tira, mientras Edu es envidiado por el librero, un gran tipo, por cierto, pero que no puede evitar estar enamorado de Helena. La envidia aparece también desplegando su venenito en las subtramas y, finalmente, nos alcanza a nosotros en tanto espectadores argentinos de esta producción brasileña.
Difícil era envidiar a los habitantes de El clon, tan complicada, tan retorcida. O aspirar a vivir en el mundo asfixiante de Soy gitano. Pero en el mundo cristalino y soleado de Lazos de familia, donde cada conflicto tiende a desdibujarse como las huellas en la arena, los acordes desmenuzados del tema musical de Astrud Gilberto o los colores líquidos de la acuarela playera que abre la tira, no resulta extraño querer estar en ese mundo aunque más no sea por un rato, aunque más no sea como personaje secundario, cortando el pastito en la hacienda o atendiendo el barcito de Leblon donde Helena y Edu se van a hacer arrumacos. Mundana, sensual, zumbona, elegante, Lazos de familia, entre otros méritos, genera el deseo de querer estar ahí.

Lazos de familia va de lunes a viernes a las 14 por Telefé.

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