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Domingo, 28 de diciembre de 2003

SOBREDOSIS DE TV

Estrellita mía

Lejos del morbo, la tragedia personal y el momento emotivo, el gran hallazgo de American Idol –la versión norteamericana de Operación Triunfo– es volver a las raíces y limitarse a ser eso que la TV inventó hace décadas: un concurso de canto.

POR HERNAN FERREIROS

American Idol no es otra cosa que la versión norteamericana del show británico Pop Idol, que a su vez generó al español Operación Triunfo. “Las máquinas sólo producen máquinas”, escribió Jean Baudrillard acerca de los medios masivos. En efecto, a pesar de la invocación a la “realidad”, los conflictos y los resultados de la versión española de Operación Triunfo no fueron diferentes de los de, digamos, la Argentina. Previsiblemente, American Idol nos entrega más de lo mismo, aunque mucho más refinado. Es posible detectar en su factura cierta intervención sino humana por lo menos humanitaria, ya que se nos exime de todo el rosario de la televisión basura: aquí sabemos poco sobre la intimidad de los participantes, no se nos atraviesa en la garganta su tragedia personal, no nos revuelve el estómago la búsqueda despiadada de la cámara de un momento “emotivo”. (Llegar a decir que un programa es aceptable por todo lo que no hace es una prueba de cómo la TV sigue bajando nuestras expectativas.) American Idol tiene la síntesis, la urgencia y la poca tolerancia de un casting real. Los concursantes disponen de unos segundos para presentarse, inmediatamente interpretan apenas un verso y el coro de una canción elegida por ellos frente a un jurado, reciben la devolución de cada uno de los tres jueces sobre su performance y hacen su descargo en una frase. Contrariamente a como producen su efecto de “realidad” los reality –por la duración pantanosa de algo que en ninguna otra circunstancia podría ser considerado un evento–, aquí, con gran fidelidad a la pasión norteamericana de acortar el rango de atención del público, todo pasa rápido. Y esto se debe a que, aunque American Idol vino envuelto en la bruma de los reality shows porque era lo marketineramente correcto, en verdad, ¡qué sorpresa!, no es más que un concurso de canto, uno de los formatos más viejos y resistentes de la TV.
Aquellos que no se sientan interpelados por el boom latino obsesivamente representado en las versiones hispanas de formato encontrarán aquí cierto consuelo: correctos cantantes haciendo versiones de las Supremes, de Marvin Gaye, de Stevie Wonder, lástima que los participantes blancos insistan tanto con el country y las baladas del top forty. Afortunadamente, en la recta final (que sucede en estos días), las veladas son temáticas y, aunque cada participante elige su tema, está limitado por el rubro de la noche: hubo noches dedicadas al sello Motown –con la presencia del legendario compositor Lamont Dozier en el jurado– y a los éxitos disco –con Maurice White de Earth, Wind & Fire–.
La intervención de los jueces no define per se el destino de los concursantes, ya que sólo votan los espectadores, pero cumple un rol infaltable en la TV de cualquier lugar: quien indica al público qué debe opinar. El jurado está integrado por la ex diva Paula Abdul (la buena), el ejecutivo de BMG Simon Cowell (el malo) y el productor Randy Jackson (el feo). A diferencia de los jurados locales, con dificultades para expresar una opinión y, al mismo tiempo, observar reglas sintácticas, las intervenciones de estos jueces, especialmente las del británico Cowell quien se volvió una celebridad por su crueldad implacable y caprichosa, son relativamente ingeniosas, breves y nunca dejan de ser parte del entretenimiento –y están lejos de la pomposidad que tenía el juicio local–.
Los participantes son clase trabajadora de pueblo chico, como acá. Y el rasgo ganador (el final es inminente pero quien quiera saber quién es el –obvio– triunfador de AI no tiene más que entrar en la página web del programa) es el mismo en todos lados: los espectadores ejercen una caridad gratuita con su voto y dan el triunfo a quien cumple mejor el papel de persona buena y sencilla, ese modesto carisma pueblerino que convierte al portador en aquel que parece necesitar/merecer más el primer premio. En general, se atribuye la voracidad con la que se entregan los aspirantes a los programas que ponen a gente “real” en la pantalla a una combinación desafortunada entre la ausencia de una cultura que no sea televisiva –y en consecuencia, la victoria de sus valores: fama, fortuna, fitness– y el panorama desalentador que presenta el mundo del trabajo. Los canales, por su parte, se muestran “cerca”, abren sus puertas. Esta fantasía de una televisión inmediata, permeable, 100 por ciento interactiva anula toda distancia entre la escena y la sala, entre el sujeto y el objeto. Si los polos se tocan entonces, tal como señala Baudrillard, “uno entra en la pantalla sin obstáculo”, porque no hay distancia, no hay separación entre la propia vida y lo que muestra la TV. Hoy podemos actualizar la famosa boutade de Andy Warhol: en el futuro todos estaremos en televisión por 15 minutos, sin la excusa de tener que cantar, bailar o actuar. En ese momento, el mundo será Tlön.

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