radar

Domingo, 1 de noviembre de 2009

EL FUTBOL POR OSVALDO BAYER

El Bayer Munich

Mal jugador pero devoto seguidor, hincha primero de Colón de Santa Fe y después con una inclaudicable pasión por Rosario Central (donde la semana pasada bautizaron con su nombre la biblioteca del club), testigo de la renombrada Máquina de River en el ’39, admirador del Torito Aguirre (a quien considera mejor que Maradona) pero también fervoroso militante en el exilio contra el Mundial ’78, Osvaldo Bayer tiene una relación de larguísima data con el fútbol. La salida, hoy con el diario, de su libro Fútbol argentino y la edición hace poco en dvd del documental para el que realizó esa investigación, ofrecen la excusa perfecta para sentarse y hablar con él de esa pasión que tan en el candelero está últimamente.

 Por Angel Berlanga

Lo primero que muestra Osvaldo Bayer en su casa de Belgrano, El tugurio, es una pequeña escultura de El canaya, el hincha que dibujó Roberto Fontanarrosa para la camiseta de Rosario Central: la Secretaría de Cultura del club lo invitó el lunes pasado a dar una charla y le puso su nombre a la biblioteca del equipo que adoptó para su corazón. “Hasta ahora le han hecho homenajes a tres hinchas de Rosario: al Che Guevara, a Fontanarrosa y a mí”, dice Bayer. Está contento como un chico, y acaso en esa alegría esté el viaje hacia la otra punta de su tiempo, cuando era, justamente, un pibe, cuando las formaciones de los equipos podían decirse de memoria a fuerza de persistir, cuando la fidelidad del jugador a la divisa era o parecía ser la norma, cuando por la calle que está del otro lado de la ventana pasaba un carro cada veinte minutos y éste era un barrio con muchos alemanes y muchos descendientes de alemanes.

Días futboleros para Bayer: el mes pasado se editó en dvd Fútbol argentino, el guión que hizo para un documental, y hoy aparece junto a este diario el libro que, con el mismo título, contiene esa investigación adaptada. Bayer propone, también, un viaje a los orígenes de ese deporte aquí y una recorrida hasta 1986, cuando la Selección liderada por Maradona y dirigida por Bilardo ganó la Copa del Mundo tras derrotar en la final a Alemania. “En 1989 me llamó Lita Stantic a Berlín, y de pronto me dijo que iba a hacer una película de fútbol y que le gustaría que yo hiciera el guión –rememora Bayer–. Le dije: ‘¿Yo, de fútbol? De los viejos tiempos sí, puedo contar mucho, pero de los últimos no tanto.’ No le importó, quería que lo hiciera. Sobre la base del magnífico archivo histórico que había reunido la producción sumé mis recuerdos y mi propia investigación”. El documental, dirigido por Víctor Dinenzon, se estrenó al año siguiente. “Tuvo mucho éxito, se mantuvo varias semanas en los cines del centro –recuerda–. Y entonces vino Editorial Sudamericana y me ofreció publicar el guión. Yo les propuse reelaborarlo. Y ahí salió, con el prólogo que me hizo Osvaldo Soriano.”

“Me habría gustado ampliarlo y llegar hasta el 2009 –anota Bayer para esta nueva edición–. Pero me dije, no. Dejemos el fútbol como fue cuando me gustaba. Hoy ya no me llega. Todo es negocio. Los jugadores cambian de camiseta cada temporada. Todo es dinero. Las hinchadas son usadas y se basan en la agresión. Cuando Maradona se suena la nariz es más importante que el Premio Nobel de las búsquedas científicas. Un potentado ruso se compró el Manchester inglés y Berlusconi hace decir a otros que en cualquier momento vende el Milan. Antes me gustaba mucho, pero ahora casi ni lo miro.”

Antes, ¿cuándo?

–Cuando era chico. En el año ’39 se inauguró River, vivíamos acá, en esta casa. Los equipos se mantenían durante años, todavía me acuerdo de ese River: Bossio; Juárez y Cuello; Malazzo, Minella y Wergfinker; Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau. Salvo por lesión, los jugadores no se cambiaban. Y ahora es cualquier cosa, hasta en los mundiales. Si vemos al equipo francés, en el último, tenía ocho jugadores extranjeros nacionalizados. Y en Alemania también: si les sirven, los nacionalizan en seis meses, por decreto. En cambio los otros, los ciudadanos comunes, necesitan ocho años. Y entonces ni siquiera es, ya, la representación de un país, sino futbolistas comprados, digamos. Se ha perdido el sentido: es puro dinero. Juegan seis meses en un equipo y por millones de dólares se van a otro. De esto hablé en el acto que me hicieron en Central: los jugadores mismos tendrían que volver a lo de antes, jugar para una camiseta. El comercio, que empezó con ventas masivas a Colombia primero y a Italia después, causó mucha decepción entre los viejos.

¿Y no disfruta con algún equipo o con algún jugador? ¿De Riquelme o Messi, por ejemplo?

–No, porque yo vi jugar a los grandes. Vi al mejor de todos, que fue el Torito Aguirre, en Rosario Central, un Maradona que jugaba los 90 minutos; porque viste que Maradona por ahí desaparecía del partido 15 o 20 minutos. Este era extraordinario todo el partido. Y vi a La Máquina de River, que fue el mejor equipo que he visto en mi vida, con esa delantera. Ahora veo mucha táctica, que hace perder brillantez al juego.

Puede que eso sea la evolución, dice Bayer, puede que el fútbol de ahora le gane al antiguo con esas tácticas, pero perdió belleza. “Varias veces me pidieron seguir con la historia, llegar hasta la actualidad, pero dije no, basta –apunta–. Me quedo con la época de gloria.”

Anarquistas y canayas

Y sí: hay mucho encanto en aquellas viejas imágenes en blanco y negro de los años ’30 y ’40, cuando la televisión todavía no había condicionado y/o formateado los movimientos de los jugadores. La publicidad era todavía un susurro, un actor muy de reparto en el espectáculo, un elemento ajeno a la épica. Hay tramos fabulosos del documental: un instructivo, por ejemplo, en el que se ve a un señor mostrando jugadas, el cabeceo, el shot, la marianela, la chilena, la bicicleta, fintas, amagues, gambetas, dominio de pelota, la agilidad. Lo que no debe hacerse: un tipo le pega una piña a otro en disputa por un lateral. Lo que debe hacerse: un tipo le entrega amablemente la pelota a otro porque reconoce que no le corresponde hacer el lateral. Una cronista de Radio Belgrano: “Tras el verde esmeralda, el fondo polícromo de la multitud. En la gramilla, 22 voluntades tras el esférico. Emoción profunda en las gargantas. Alegría. Temor. Esperanza. Y esa emoción ya tiene su marcha, señores: ‘La marcha del fútbol’. Canta, Roberto Mairal. En la gran orquesta del maestro Francisco Canaro”. Cuando los arqueros todavía eran goleros (en Uruguay siguen siéndolo): Fernando Bello, el Tarzán, de Independiente; Elías Yustrich, el Pez Volador, de Boca; Miguel Angel Bosio, el Gentleman, de River; Angel Capuano, el Temerario, de Estudiantes; Botasso, la Cortina Metálica, de Racing.

Pero el libro es mucho más que encanto por los tiempos pasados: Bayer entrelaza y relaciona las gestas y tropiezos de equipos y de la Selección Argentina con procesos políticos, sociales, gremiales: ahí está la huelga de futbolistas del ’48, los orígenes de los clubes y sus nombres, la utilización de las dictaduras y los poderes económicos. Y, también, clásicos nacionales e internacionales a lo largo del tiempo, saltos evolutivos en el juego y entrevistas a figuras como Francisco Varallo, Rodolfo Pedernera, Silvio Marzolini, Amadeo Carrizo o René Houseman. En los comienzos, cuenta Bayer, anarquistas y socialistas estaban alarmados e indignados por el fervor popular por el fútbol; cita, del diario La Protesta, un texto de 1917 contra “la perniciosa idiotización a través del pateo reiterado de un objeto redondo”. Pero luego se aggiornaron: “El socialismo decía que este era el juego más socialista, 11 jugadores que se unían para lograr el triunfo –dice–. Y cuando los anarquistas descubrieron que los curas atraían a los pibes a las iglesias con el deporte, empezaron a fundar clubes. Así nació El Porvenir, por ejemplo, y también Mártires de Chicago, que años después pasó a llamarse Argentinos Juniors.”

“Yo soy santafesino y al principio era de Colón –cuenta Bayer–. En Santa Fe están los tatengues de Unión, que vienen a ser los pitucos, y los sabaleros, de Colón, que tiene un origen más popular: el sábalo era el pescado más barato, el que comían los más pobres. En el ’39, cuando nos vinimos con nuestra familia a Buenos Aires, los equipos de Rosario fueron incorporados a la primera y los de Santa Fe a la segunda; pero como no había ascenso ni descenso, se quedaban ahí, en esas categorías. Y como me gustaban los partidos de primera y Central era, por origen popular, lo más parecido a Colón, me hice canaya. Porque la contra, Newell’s, fue fundado por los altos funcionarios ingleses del Ferrocarril.” Ahora hace muchos años que Bayer no va a un estadio pero acá cerca, en River, vio a su favorito, Aguirre, un jugador de extraña habilidad que estuvo nueve temporadas en Central y es, con 95 tantos, el goleador histórico del club. “Y qué tristeza la muerte que tuvo –cuenta–. Se jugó toda la plata, se dedicó al alcohol y vivía de las limosnas como un vagabundo, en un vagón de ferrocarril abandonado. Lo acusaron de haber secuestrado a una chica y la policía lo llevó a la comisaría, lo torturó, le saltaron encima y le provocaron la muerte, por heridas internas. Después apareció la chica y dijo que él no tenía nada que ver; los policías fueron condenados. Plena dictadura, año ’77. Así que propuse que le hicieran un recordatorio en el campo de deportes.”

Maradona y Max

Bayer cuenta que en el estadio de Central todavía hay una placa que recuerda que allí estuvo sentado Videla durante el partido contra Polonia, Mundial ’78, y que cuando el lunes pasado propuso que se quitara eso y se evocara, a cambio, la renuncia de Jorge Carrascosa a integrar aquel equipo, los 400 asistentes que fueron a verlo “aplaudieron a rabiar”. En aquellos años estaba exiliado en Alemania e hizo campañas para que los equipos europeos no se presentaran. “Tuvimos bastante repercusión, sobre todo en Holanda –rememora–. Pero lo viví como una gran derrota. Me acuerdo de que no miramos esa final. Y también sentimos bronca cuando la cúpula de Montoneros, Firmenich, sacó un comunicado de celebración. Y la ESMA ahí nomás, a 900 metros. Una vergüenza cómo se utilizó.”

En términos sólo futbolísticos Bayer prefiere, sin embargo, al equipo que dirigió Menotti en el ’78 por sobre el de Bilardo en el ’86. “Tenían un mejor juego de conjunto”, destaca, y pondera a Kempes. Maradona le parecía un jugador brillante: “Los ingleses se merecían la mano de dios, esa picardía argentina va a quedar”, dice, aunque le gusta más el otro que metió en ese partido, cuando hizo de barrilete cósmico. En su escala absoluta y personal Bayer insiste: el Torito Aguirre o el Charro Moreno eran mejores que el Diego. Otro jugador que le encantaba era Minella, centro half de River. En los últimos tiempos disfrutó de Oliver Kahn, el legendario arquero del Bayern Munich. Y además de Max Bayer, del SG Lühe, un half izquierdo que batió un record, dice, al meter tres goles en diez minutos: es uno de sus diez nietos. “Lástima que al partido siguiente lo echaron por darle un patadón a un contrario”, matiza. Entre la infinidad de libros, diplomas, revistas e ilustraciones que hay en este estudio se lo ve a Max, de espaldas, con la camiseta de Central. Bayer le va a llevar en noviembre, también, la que le acaban de dar, con la 11.

“A Maradona hay que aplaudirlo como jugador, quedará en la memoria como uno de los grandes, pero no hay que creer que es un sabio en todo –dice–. Para mí, no puede ser entrenador de un equipo de fútbol un hombre sin disciplina, sin conocimiento profundo del ser humano. El gran entrenador, sin ninguna duda, es Bielsa, un hombre que sabe de psicología, que ha estudiado a fondo las tácticas futboleras, y que mantiene una seriedad que queda un poco fuera del circo mediático. Es una especie de docente, además. Y en cuanto a esas declaraciones que hicieron tanto ruido, que los medios tomaron y exageraron, no es para alarmarse: Chiche Gelblung dice palabrotas diez veces peores en su audición por Radio Mitre y nadie dice nada. El papel y el tiempo que se gasta en si Maradona dijo una cosa u otra, en lugar de ocuparnos de las luchas de la gente por el trabajo, o de la miseria. Así nos va.”

Dos partidos clave

Bayer destaca que se haya terminado con la Ley de Radiodifusión del Proceso y apoya rotundamente que se emitan los partidos por la televisión pública: “Para eso tiene que estar el juego, para que lo disfrute la gente, y no para que ganen dinero las grandes empresas”. Julio Grondona no sale tan favorecido en su análisis: “La AFA es una cosa que no tiene perdón –dice–. Que esté todavía este señor, que ascendió durante la dictadura, no puede ser: es el reino de la deshonestidad. En un deporte que tendría que ser bien popular. Sería hermoso que los jugadores se den cuenta de lo valioso de defender una divisa toda la vida: si ganan lo suficiente como para vivir bien, qué necesidad tienen de venderse a equipos de magnates. El fútbol es hoy el reino del capitalismo. El dinero estropea todo”.

¿Y usted qué tal era como jugador?

–Yo tengo una historia trágica. Cuando era chico se jugaba acá, en la puerta; ahora pasan por esta esquina seis líneas de ómnibus y hay doble mano de estacionamiento: a los pibes les queda la pantalla, nomás. Acá había un equipo, el de la calle Arcos, y se jugaba calle contra calle. Así como Belgrano R era un barrio de ingleses, éste era de alemanes. Pero en el equipo de acá eran todos pibes criollitos, bien argentinos; el capo era Eduardo Ricagni, que después fue un famoso jugador de Platense y luego pasó a Boca y Huracán. Se elegía pisándose los pies, pan y queso, pero a mí nunca me llamaban, era como si fuera sapo de otro pozo. Y una vez los de Arcos, en un partido contra Manuela Pedraza, eran diez: pasaban los minutos y no llegaba nadie más, así que era mi gran oportunidad. Ricagni, con enorme desprecio, me miró y con un gesto me mandó al arco. De arranque agarra la pelota el wing de ellos, no lo para nadie y mete un taponazo, como se decía antes: yo pongo las manos, me las dobla la pelota, me pega en la cabeza y caigo sentado: gol. Cuando me paro lo veo a Ricagni que viene a darme la biaba, porque creyó que lo había hecho a propósito. Ahí cometí el más grave error de mi vida: salí corriendo.

Se ríe, Bayer. Ricagni lo corrió sin alcanzarlo, y eso que era rápido. Cuando se paró, le gritó: “¡Alemán, culo de pan!” “Es el insulto más grande que he escuchado en mi vida –dice Bayer–. ¡Hijo de puta, racista! Me agarró un complejo. Vine acá, teníamos un espejo grande, y me bajé los pantalones y me di vuelta, para ver por qué me había dicho eso. ‘Si tengo igual que todos’, pensé. Nunca más me metí con los pibes.”

A la otra historia que conserva como jugador se la recuerda cada tanto su mujer, sobre todo cuando lo pesca ante el televisor viendo fútbol. Tras el secundario, mientras era estudiante, mientras todavía eran novios, jugó un partido con un grupo de muchachos. Años después, ya casados, ella le confesó que al mérito de ser el peor jugador del equipo le había descubierto y sumado, además, que era el menos elegante, con unas bermudas blancas que sobresalían entre los prolijos pantalones cortos de sus compañeros. “Me dijo: ‘Después de verte ahí, así, casi corto’ –la cita, Bayer–. Entonces me di cuenta de que conmigo, como futbolista, no pasaba nada.”

Compartir: 

Twitter
 

“En Europa, a los jugadores extranjeros que les sirven para sus selecciones, los nacionalizan en seis meses, por decreto. En cambio, los ciudadanos comunes necesitan ocho años. El equipo francés, en el último Mundial, tenía ocho jugadores nacionalizados. Eso no es, ya, la representación de un país.”
 
RADAR
 indice

Logo de Página/12

© 2000-2018 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Política de privacidad | Todos los Derechos Reservados

Sitio desarrollado con software libre GNU/Linux.