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Domingo, 9 de octubre de 2011

CINE > GIGANTES DE ACERO, LA NUEVA ROCKY

Tachín tachín

 Por Mariano Kairuz

Basada parcial y muy libremente en un cuento de Richard Matheson, la última producción de Steven Spielberg parece en principio destinada a capitalizar todo ese software de efectos invertido en los cacharros extraterrestres capaces de convertirse en autos clásicos de la millonaria serie Transformers. Con lo que es de imaginar que, de la misma manera en que durante dos décadas nos dieron de comer dinosaurios-de-computadora hasta en las señales de documentales, llegó la hora del autómata y al que no le gusta que cambie de canal. Sin embargo, si la saga basada en los dibujos animados que estaba basada a su vez en unos juguetes de los ‘80 es la expresión absoluta del sonido y la furia digitales, una propuesta casi de vanguardia en el límite mismo de lo no narrativo para el cine mainstream, a Gigantes de acero la anima el espíritu de los relatos más clásicos de competición, y si en lugar de sus robots dibujados perfectos la protagonizaran unos tipos en trajes de goma a la Power Rangers, no sería ni un poco menos divertida y convincente. Porque Gigantes de acero es una película sobre robots que boxean, pero es menos una película de robots que una de boxeo.

Y ya se dijo en estas páginas y se volverá a decir que las películas de cuadrilátero tienen algo, difícil de definir, que las vuelven infalibles: una cualidad visceral, una capacidad para hacer sentir los golpes del otro lado de la pantalla, un impacto sensorial más poderoso que cualquier sistema 3D, que en parte proviene del viejo y efectivo truco narrativo del “underdog”, el perdedor, el pobre tipo de los barrios bajos que triunfa a fuerza de tesón y perseverancia en las ligas de los grandes, los malos y los privilegiados. El Rocky Balboa de Stallone es el ejemplo perfecto y Gigantes de acero no es la excepción.

Ambientada en un futuro cercano en el que el boxeo ha quedado relegado enteramente al enfrentamiento entre robots controlados por humanos, en principio toda su idea de lucha “vicaria”, a través de avatares metálicos, parece destinada a fascinar a la generación de espectadores 2.0, de 10 años de edad tal vez; sin embargo, la misma película que propone esta posibilidad como espectáculo, la resiste (un poco) como concepto. El futuro de Gigantes de acero es un mundo igual de decadente y oxidado que nuestro ya viejo y gastado 2011, con la excepción de un par de consolas y celulares un poco más vistosos, y los autómatas en cuestión.

La película arranca en un circuito de rodeos por el que el boxeador retirado Charlie Kenton (Hugh Jackman) pasea su viejo cacharro para sacarle unos cuantos dólares por enfrentamiento, pintando en unas pocas escenas los ambientes populares (en este caso, filmados en Michigan) de los que salen este tipo de historias. A poco de andar y meterse en problemas, a Kenton le aparece un hijo de 11 años con el que no tiene ninguna relación, de una vieja ex novia que acaba de morir. Lo tendrá en custodia por un mes. El chico es fanático de los autómatas de lucha. Juntos rescatan, literalmente del barro, un robot viejo y algo destartalado que parece no dar para más, y lo ponen en acción. Es un robot de entrenamiento, no de pelea, un sparring; pero aprende rápido. El resto es su previsible pero no por eso menos disfrutable relato de ascenso.

Y el tema de la nobleza de lo viejo y duradero contra la prepotencia y el brillo fatuo y fugaz de lo ultramoderno está en el centro de esta fábula norteamericana que contó con asesoramiento de Ray “Sugar” Leonard y en la que bastante temprano su protagonista comenta que el principio del fin del boxeo de verdad fue el momento en el que los eventos boxísticos empezaron a durar apenas un minuto y medio, es decir, el tiempo que tardaba un hombre-máquina (Mike Tyson, digamos, aunque no se diga) en hacer besar la lona a sus rivales. “A la gente le gusta el espectáculo, chico”, le enseña el curtido Kenton a su hijo, mientras se encaminan a su objetivo mayor: el campeón de la liga de box robótico, un lustroso e invicto cachivache de diseño cool e ingeniería japonesa llamado Zeus. Por el camino, reafirmando su opción por los bajos fondos, los talleres y los clubes en bancarrota y las fábricas abandonadas en las que se llevan a cabo las peleas clandestinas, Gigantes de acero apuntala su historia de segundas oportunidades inventándole un personaje a Evangeline Lilly, la “pecosa” de Lost, en musculosa y ropa de trabajo. Los malos también tienen su chica: la rusa impiadosa Farra Lemkova (Olga Fonda, 28 años, rusa de verdad), que representa a Zeus. Ambas son perfectas poster-girls y están buenísimas, cada una a su manera, pero mientras que esta última, impoluta, brillante, a la que no se le mueve un pelo, encarna el dominio del deporte por el dinero y no por la pasión, la otra es la resistencia del viejo mundo, la belleza al natural, más corazón que odio.

Sí: cliché sobre cliché, lo que no hace otra cosa que volver a demostrar la eficacia inexorable de este subgénero, y su capacidad de arrancar lágrimas hasta con un final flagrantemente afanado a la primera Rocky (que, dicho sea de paso, este año cumplió 35: ¿dónde está su reestreno digital?). Un final en el que el hombre de hojalata encuentra su corazón y los espectadores nos encontramos con que, ahora que la de los simios inteligentes (y un hijo y su padre con Alzheimer) ya empezó a despedirse, la de los robots que se dan a lo bestia (y un hijo y su padre frustrado) es, no la mejor, puede ser, pero seguro que la más emocionante de las películas en cartel.

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