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Domingo, 9 de octubre de 2011

CINE > LA RETROSPECTIVA DE SOKUROV EN EL DOCBSAS

La madre Rusia

Creador de un cine único, de vocación experimental y poética, que convoca tanto a admiradores como a detractores y suele sorprender a los críticos más curtidos, el director de El arca rusa, Aleksander Sokurov, es la estrella de la undécima edición del DocBsAs, la gran muestra internacional de documentales que empieza esta semana. El ciclo dedicado a él rescata una parte fundamental de su obra menos conocida por acá, en la que puede verse su asombrosa versatilidad, su rigor documental y su casi desconsolado amor por la sufrida vida de su país.

 Por Hugo Salas

Tanto para admiradores como detractores, resulta indubitable que Aleksander Sokurov se cuenta hoy entre los pocos, poquísimos, directores capaces de realizar un cine singular, distinto tanto de la industria como del estancamiento que acosa con un sesgo cada vez más marcado al circuito “independiente” o de festivales. Es también uno de los pocos que ha estado dispuesto a pagar el precio de no repetirse a sí mismo (basta recordar el penoso escándalo que se suscitó en Cannes cuando el núcleo corporativo de la crítica esperaba que Padre e hijo fuera una reversión masculina de Madre e hijo y en vez de eso se encontró con un potente film homoerótico). Lo que gran parte del público ignora es que el género documental no sólo fue el ámbito en que comenzó su carrera sino que funciona en su producción como un espacio de indagación constante, al que vuelve una y otra vez. Los avatares de esa historia constituyen el núcleo del foco integrado por quince de sus films inéditos en la Argentina, preparado originalmente para la Galerie Nationale du Jeu de Paume, que abarca desde el cortometraje El último día de un verano lluvioso (1978), sobre la vida cotidiana de una aldea rural en la Unión Soviética, hasta Necesitamos felicidad (2010), uno de sus últimos trabajos.

De manera fascinante, las piezas más tempranas permiten advertir hasta qué punto el documental sirvió a Sokurov para dar forma, paulatinamente, a un programa estético que amalgama fuentes por demás diversas, sin ceder a las configuraciones más predecibles. Así, por ejemplo, Sonata para Hitler (realizado en 1979, pero prohibido durante diez años) busca fusionar el problema de la representación de la historia reciente, convertida en mito, con la estética formalista de las vanguardias soviéticas (Eisenstein y en particular, Vertov). No obstante, allí donde esa misma tradición, por su basamento ideológico y decididamente propagandista, prescribiría un trato de escarnio o condena (el montaje paralelo de Kerensky con un pavo real en Octubre, por ejemplo), el director retrocede a una concepción decimonónica del efecto estético (es decir, una que todavía cree en la belleza como valor) para brindar, en cambio, un retrato lírico, descentrado y consecuentemente ambiguo. Se trata, sin duda, de un programa que avanzará hasta encontrar su forma más acabada hasta el momento en la trilogía conformada por Moloch (1999), Taurus (2000) y El sol (2004).

La indagación sobre el material de archivo, sobre el tipo de configuraciones estéticas que es posible darle, continúa en Sonata para viola (1981, en colaboración con Semyon Aranovich), Y nada más (realizada entre 1982 y 1987) y la monumental Una retrospectiva de Leningrado 1957–1990, serie de trece films en los que Sokurov compila y organiza, año a año, las imágenes de los noticieros producidos por la televisión de Leningrado (para los que él trabajó en algún momento) con el fin de contar una historia de la evolución del discurso político-ideológico del proyecto soviético. El ciclo avanza desde el optimismo de los años ‘50, en que la Unión Soviética, en su cenit, da forma a su propia versión proletaria del mito de prosperidad acunado por Estados Unidos (consecuencia indirecta, desde luego, de los beneficios que ambos países obtuvieron de la Segunda Guerra Mundial), al desencanto y la irritación de los últimos años, capaces de arrastrar consigo no sólo al sistema político sino también a ese tipo de discurso audiovisual que le servía de vehículo. Otra vez, a diferencia de la feroz crítica que podría esperarse (a fin de cuentas, Sokurov sufrió en numerosas oportunidades la censura del Partido y sus comités culturales), el ordenamiento del material se permite un libre ejercicio de la nostalgia por esa ciudad que, tras su cambio de nombre, no existe más, por aquella realidad donde una utopía sencilla, al menos en el lenguaje, era todavía posible, sin por ello ocultar (más bien, mostrando) todo aquello que ese discurso intentaba tapar.

La nostalgia, justamente, es la nota característica de una importante serie dentro de su obra, a la que dio inicio en 1984 con Elegía, un retrato del mítico bajo Fiodor Chaliapin (el mismo al que hace constante referencia Stanislavsky), que no pudo estrenarse en su momento porque aún no se le había “perdonado” oficialmente que decidiera emigrar luego de 1921. Elegía simple (1990), Elegía de Rusia (1992), Elegía de un viaje (2001) y Elegía de la vida (2006) habrían de continuar y reformular, de manera incesante, esta forma de documental abiertamente poético.

En esta ocasión, cierra la muestra Necesitamos felicidad (2010), retrato de dos mujeres residentes en Kurdistán, región autónoma de Irak, vistas a través del narrador de la película, un viajero ruso. Una de ellas es kurda, y jamás le dirige la palabra, sólo la mirada; la otra, Zveta, es una sexagenaria rusa que de muy joven emigró a la región siguiendo a quien fuera entonces su novio. La conjunción entre estas mujeres y sus circunstancias históricas, donde la guerra –esa gran obsesión temática del director– vuelve a hacer sentir su voz, le permiten a Sokurov problematizar de nuevo el procedimiento de la observación, que jugara un papel tan importante en Madre e hijo (1996) o el documental A Humble Life (1997), y en particular la extraña dualidad que abre en el cine entre distancia y proximidad. De esta forma hace gala de la vitalidad de un proyecto estético que, más allá de sus constantes, una y otra vez vuelve a preguntarse por el sentido y las formas de funcionamiento de sus materiales.


El ciclo dedicado a Sokurov, que incluye títulos largamente prohibidos en su país como Sonata para Hitler, y uno de sus más recientes trabajos, Necesitamos felicidad, así como su monumental Una retrospectiva de Leningrado 1957-1990, una exploración del discurso político soviético de la utopía de los ‘50 al desencanto del final, podrá verse en el marco de la 11ª edición del DocBsAs, que tendrá lugar del jueves 13 al 22 de octubre en la Sala Leopoldo Lugones, Av. Corrientes 1530, y en la Alianza Francesa, Av. Córdoba 946.
Programación completa con días y horarios en www.docbsas.com.ar y docbsas.blogspot.com

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